sábado, 1 de abril de 2017

CAMINO A ROGITAMA: DE LO MITOLÓGICO A LO HUMANO




CAMINO A ROGITAMA: DE LO MITOLÓGICO A LO HUMANO


JUAN CARLOS URANGO OSPINA
Docente Programa de Lingüística y Literatura
Universidad de Cartagena
 


Rogitama es un lugar de pervivencia, un inmenso nicho de especies que, para las ciencias, plegadas a la racionalidad, están extinguidas; o, peor, jamás existieron. El camino a Rogitama, el tránsito por sus adentros, nos permite, por tanto,  corroborar la certeza de la imaginación.

Rogitama –sin que esto sea una paradoja- es, a la vez, un universo antiquísimo y reciente. En él, hay evidencias de los primeros mundos, de las criaturas que saborearon los soles fundacionales. Pero sólo hasta ahora –y por eso es reciente- logramos comprender que esas criaturas no fueron objeto de nuestras alucinaciones.

Todo eso descubrió Winston Morales Chavarro en su tránsito por Rogitama. Junto a los arácnidos milenarios, a las aves iniciales, a los árboles de todos los siglos, encontró –trasladados en su totalidad- a los dioses, semidioses y humanos del universo olímpico.  

Allí están, vivos como siempre, habitando esta suerte de Olimpo que es Rogitama, los más humanos –es decir, los menos míticos- de todos los seres mitológicos. Winston nos los presenta en su dimensión más dolorosa, en la que los poderes, los ilimitados poderes que representan, sucumben ante la más primaria de todas las fuerzas: la del amor.

Todo en el poemario, como en la vida, como en los simulacros de vida, está cruzado por el amor. Principio creador, forma de despojo y de renuncia, fuerza humanizante. Por él, los dioses supremos –Cronos, Zeus, Apolo, Poseidón, Dionisos, Hércules- aparecen sin el peso que les impone su deidad, sin la majestuosidad de sus voces tronantes. La voz poética en el mundo de Rogitama se escucha, por el contrario, susurrante, suplicante y confesa. Así, Zeus, el todopoderoso, la deidad de las deidades, se duele:


Me pesa esta sentencia de ser dios y padre del Olimpo,
Acumulador de nubes, escanciador del rayo,
Y no poder llegar a la simpleza de tus glúteos,
A la sencillez insoportable de tus espaldas.






El Zeus del poema –como todos los dioses del poemario- soporta la sentencia que su condición les impone. Sufre, en consecuencia, el dolor, la sentencia, el castigo, que parecía reservado para los irreverentes, para los soñadores: Sísifo, Prometeo, Ícaro, Teseo.

Winston logra que, en Rogitama, dioses y humanos aparezcan unidos por los mismos dolores y evocaciones, por las mismas renuncias y búsquedas. Y crea un círculo perfecto que se abre y se cierra en el mismo sitio -¿qué lugar de Rogitama?- y con los mismos personajes: Odiseo, el héroe que retorna, y Circe, la hechicera de hermoso canto. En Rogitama, entonces, se pretende el canto y el hechizo; o lo que es mismo, el amor del que se reniega en principio, pero se busca (y regresa) siempre. De ese modo, se escucha en el canto, en el hechizo de Circe, que cierra el poemario:



El amor regresa siempre,
Recorre los caminos
Por donde una vez anduvo.
¿Qué es el amor sino el tiempo recobrado?
Aquel que nunca ha doblado los relojes
Viene sobre esta playa cuyas olas carecen de circunferencia:
Aquí de nuevo el amor.


En Rogitama, espacio de supervivencia, el mundo se renueva como piel de serpiente. Y todo se vuelve natural. Los dioses se humanizan y los humanos se descubren como tales. El mito recobra el vigor de su palabra y las especies que parecían extinguidas –los dioses de la tierra recién creada- reposan después de muchas penitencias.




Winston lleva a Rogitama y a sus personajes en la sangre. En algún rincón de ese lugar está inscrito su apellido; la genealogía de ese universo empezó con el árbol de su estirpe. Acaso, entonces, todo lo que ha escrito, todos los personajes que pueblan Rogitama, son una sola voz –la suya- habitada por todas las creaciones y todas las fuerzas de la naturaleza. En especial, por las fuerzas del amor. Habrá que leer a Winston –al poeta, al ser humano- para comprender que cada palabra, que cada título y que cada ser que evoca es un modo de evocarse a sí mismo.

En síntesis, y esto pudo evitar las tres páginas de esta presentación, Camino a Rogitama, el nuevo poemario de Winston Morales Chavarro, escritor opita, profesor de la Universidad de Cartagena y amigo de tertulias en el Café de Freddy, resume los senderos deambulados por la literatura y por su literatura. Al tiempo que nos revela lo cerca que hemos estado de los mundos en donde empezó la creación.





domingo, 26 de marzo de 2017

El indómito Winston Morales Chavarro, prólogo de Edgar Artunduaga al libro La Bella despierta y otros textos.



Era casi un niño. Winston se ganó un concurso que hicimos en Huila Stereo para ocupar la vacante de locutor de la noche, el turno más duro de la radio, de 10 PM a 6 de la mañana. Alguna vez le llamé la atención porque en el programa desapareció la música. Convirtió el espacio en una tribuna social que contra todos los pronósticos disparó la audiencia.
El sábado aquel que contrajo su primer matrimonio, paralizó a Neiva por cuenta de un desfile interminable de taxis, que pitaron hasta que todo el Huila supo el motivo.
Estuvo unos meses en la emisora, porque su afán de comerse el mundo lo llevó a escribir en los periódicos locales, a hacer periodismo en distintos medios, a acometer poesía, a trabajar en la Universidad Surcolombiana, a tener dos hijos, a convertirse en poeta, profesor y escritor laureado, traducido y aplaudido en el país y en el mundo, a viajar sin parar.
Tal vez donde menos lo exaltan es en su tierra (como suele suceder), al punto que nos llegan noticias de sus éxitos, que celebran especialmente en la Universidad de Cartagena, donde ejerce como profesor de tiempo completo.
Mientras el gran periodista Juan Gossaín me confiesa –casi con vergüenza- que ha escrito poesía, pero que no es tan valiente como para publicarla, este paisano –que camina despacio, con desgano, con cierta abulia contemplativa- no sólo se ha proclamado poeta hace varios años sino que publica libros de poesía, ganadores en concursos competidos a nivel internacional.
Winston se ganó el primer puesto del concurso nacional de poesía de la Universidad de Antioquia (2001) y también uno convocado por la Universidad del Quindío. Poemas suyos aparecen en revistas y publicaciones de España, México, Ecuador y otros países. Aniquirona, De regreso a Schuaima y Memorias de Alexander de Brucco han sido traducidos a varios idiomas.
En una entrevista para el periódico El Mundo, de Medellín, a propósito del día mundial de la poesía, dice que sólo escribe de lo que le apasiona, que todo parte de una motivación interior.
“Mis preocupaciones (y las de mis otros) han sido las mismas siempre: el tiempo, la muerte, la noche, el viaje, el camino. Las palabras más repetidas en mi poesía son: muerte, camino, luz (lux), viento”.



En el Huila nos deleitó por varios años con sus columnas en los periódicos locales, hasta cuando se aburrió de hacerlas, no tuvo tiempo para ese esfuerzo no remunerado, o simplemente porque se le volvió problema aplastar con sus palabras convertidas en puñales –como lo hizo muchas veces- a gobernantes corruptos y hermafroditas, que saqueaban al Huila mientras pronunciaban discursos moralistas.
Las élites políticas y culturales (los Calderón Molina) comenzaron a considerarlo “repelente” cuando Winston comenzó a satirizar sobre una tal “huilensidad” que nos querían imponer desde los púlpitos oficiales. Obviamente los burócratas o publicistas que la promovieron no tenían argumentos ni voz propia para discutirlo en público.
“No logro ubicarme en mi identidad cultural, en esa bonita palabra –huilensidad- que se inventaran, discursos aprendidos, diría alguien por allí, algunos científicos sociales.
He indagado seriamente ese origen, el de la palabra y el mío. Y les soy sincero, con la pena del mundo: me siento desarraigado, excluido, relegado de mi contexto monocultural.
¿Será que las subculturas juveniles (el rock, el punk, el rap) no pueden formar parte de la huilensidad? ¿Dónde dejar a las clases populares que en lugar de escuchar Espumas o El barcino escuchan Por tu maldito amor, de Vicente Fernández, o La feria de las flores, de Cuco Sánchez? ¿Dónde situar a los (las) adolescentes universitarios que escuchan Coldplay, Manu Chao, Sex pistols o a Nirvana?”
Neiva, Ciudad Villamil: ¿Queda algo de eso, además de una veintena de adefesios que no se sabe, como diría Marco Fabián Herrera, si nos cantan o nos gritan? Neiva, Ciudad Reggeton. Neiva Yankee. Creo que estos nombres son mucho más funcionales.



Morales no vive en las nubes, ni se extravía en el universo de lo poético. Extraña los paseos de olla, las especulaciones de la política regional y a veces pregunta por aquella colega periodista o locutora con la que apenas se cruzaron miradas, pero no hubo tiempo para nada más.
Morales resultaba abrumador para cualquier contradictor mediocre, en un medio donde la dádiva resuelve discusiones o el disparo silencia en definitiva la discusión, como le pasó al extraordinario periodista Guillermo Bravo Vega, baleado en su pequeño apartamento.
A lo mejor se aburrió de la medianía que nos caracteriza. Quizá de hablar solo, sin que nadie respondiera con seriedad a sus críticas ante tanto descuido por el ser humano en Neiva, “el ciudadano crítico, pensante, reflexivo, conectado con los rigores y las exigencias de una ciudad heterogénea, dinámica, hablante”.
Winston se esfuerza por provocar al opita dormido, al huilense en general, y sentencia un día sobre el celibato, “un acto inhumano”. Y se mete en otra columna con los vallenatos, sin que nadie le conteste siquiera con un madrazo, para establecer una discusión.
-No entiendo –escribió- por qué nadie se pronuncia al respecto, por qué razón la gente de Neiva soporta cuatro horas seguidas de la delincuencia sonora de Silvestre Dangond, el terrorismo soterrado de Pipe Peláez, el grito deshumanizador de los malos trovadores contemporáneos.
A Winston no se le escapa la clase emergente, que le aburre, aquellos señores venidos de la nada y del vacío con ínfulas de conde o baronesa. Señoritos (as) que de forma milagrosa y de la manera menos sospechada logran “ubicarse” en puestos de alto turmequé.



Morales habla de la Universidad Surcolombiana, “la zona rosa del norte”. Se pregunta qué tiene Pitalito que le arroja tantos hijos ilustres al Huila.
Habla en extenso de Neiva (“a la que odio y amo”), destaca a los profesores Édgar Machado, Antonio Iriarte y Jaime Salcedo. Exalta a Guillermo Plazas Alcid y se refiere a Delimiro Moreno como ese bicho raro: “Es como si su máquina de escribir fuera un instrumento musical; en lugar de cansar alienta la vejez, la soledad, el peso de los años”.
Con excepción de Delimiro Moreno (a quien Winston admira y yo he comenzado a querer, pero que siempre he respetado profesionalmente) no hay otro periodista, columnista y menos poeta que resulte más contundente, ameno y demoledor –para bien o para mal- que Morales Chavarro, hoy “extraditado” porque en el Huila no hubo espacio para él. Por eso, la mejor pluma opita está en Cartagena.
Las columnas escritas por Winston Morales Chavarro constituyen la historia del Huila, la pluma más vigorosa y brillante del departamento, así no lo reconozcan muchos, así lo desprecien otros.
Celebro la publicación de este libro, que resume diez años de columnas publicadas por Morales, cuya ausencia deben extrañar los buenos lectores y quienes hoy desprecian las páginas de opinión por tanto áulico de lenguaje barato y escasa mollera.

Por: Édgar Artunduaga Sánchez




sábado, 18 de marzo de 2017

PROLOGUE ¿WHERE DO THE ELAPSED DAYS GO?





PROLOGUE




Knowledge is prime in Winston Morales Chavarro‘s poetry, awareness is key to the real, as the only way of enduring and understanding life in its dark and unique light; its permanence and fugacity, its eternity and continuous drift. The list of his published books to this date attests to this knowledge and his particular view (which should be said, initiatory), his exploration through language, through the worlds of others and himself alone upon the purity of the blank page -analogy of the invisible-, where the poem’s true revelation takes shape, the lasting voice of things, highest expression of beauty and truth; fullness and sovereignty of the being.

The poem in Winston Morales Chavarro’s poetry is a flowing of images, time’s pulse made of words, a transversal cut upon lived life where the absolute is mirrored and evocated in a vision; set of rules to facts that otherwise would continue hidden in our psyche. Since the beginning of his journey the poet was always interested in going beyond the accepted paths, far away from the purely anecdotic limits to which poetry seems inclined today. Because for Winston Morales poetry is primarily to decipher the myth; anagnorisis about the origin and essence of all human activity projected in history and manifested in nature as well as in our own self. It can be said that for more than twenty-five years all his poetic work has gravitated around the great myths of America and the world. But his work isn’t about a consolidated scholar registration on useless metaphors, and although we ignore what secret impulse let him to explore from his early years that complex mythological and symbolical universe of sources and sacred scriptures such as the Vedic, the Bible, the Koran, the Kybalion, the Tarot, the American Codices, and the hermetic traditions of East and West, we understand it’s his readers’ task to try and follow him throughout this spiritual adventure which is his poetic endeavor.






Certainly, very seldom Colombian poetry has taken this kind of exploration, strange for many, or even esoteric to a degree. Perhaps, as Winston Morales put it himself in his book Poetic of the Occultism, only Carlos Obregón is the best immediate reference. I would also add Raúl Henao and Gabriel Arturo Castro, contemporary poets whose works share the same interest about mystery and dreams, and even the taste for secrecy and mysticism.

However, Morales Chavarro is essentially a terrestrial poet, as close to mankind as nature itself; his own elements are always present in his books, his scenery, his phenomena including hopes and dreams, hardships and human desires. There is no distance between these two dimensions of reality. Therefore, his most recent poems seem to return to the concerns and existential uncertainties that come from the consciousness of becoming; an insight, painful at times, as time and mortality itself; something which, in one way or another we all share. In that sense we can say now that Where do the elapsed days go? Awarded with the David Mejía Velilla Award from De La Sabana University in 2014, is perhaps the most moving, intimate and personal book from the author, while recognizing the symbolic and poetic height of his previous books.  
                                    
Where do the elapsed days go? Is truly the definitive shift in the poetic work of Winston Morales Chavarro. This is a book in which the poet’s voice -with refined experience and expression- exposes the essential, the vital core of the transcript where we face, as noted, this complex experience on finitude, on life’s fugacity; the uncertain fate of the being against time and death, the affront of pain and the world’s misery, all this made possible with intense sobriety sustained upon a clear and grand musical language that the reader will recognize and appreciate.   
Without diminishing the qualities outlined above these texts then confront a darker thematic closer to the Pathos, the order of the most intimate sensorial concerns in a tone of great lyrical purity, not forgetting, not even for a moment, that the speaker is someone who has already come and lived a long way, and knows the burden of every day lived, the deeper meaning of each image and each word here evoked, saved by and for poetry:





  
Where do the elapsed days go?
Those little shadows of what once was the sun?
Why is it so elusive that what is called tomorrow?
That looming coming from behind the mountains as the future?
Skin curdles,
Bones break

And the days run like straws in someone else’s eye.



However, this is not a hopeless and pessimistic book. We’d rather say it’s a lucid book, aware of the limits of our own existence which beauty can be celebrated for been in fact temporary, fleeting, mortal. The nature of this poems bring us to the best of the metaphysical poetry from old times, from the pre-Socratic Wise men so attentive to the course of things and men like Heraclitus, Democritus, Diogenes, and the already mentioned Anacreon, or the classic Romans Horace and Ovid, till the Persian poet Omar Khayyam, the Englishman John Donne, and our unforgettable Francisco de Quevedo, through essayists like Michel de Montaigne and a distinguished group of contemporary writers and poets that have addressed the contradictory consciousness of life, full of wonders and at the same time with countless disappointments and terrors. Echoes of such beings, so many poets and thinkers resonate in these pages, which at no time belies the originality of the poet’s own voice but instead supports it, improving it deeply, as it should be.      
Reading these poems one finds mainly a voice that although skeptical and gloomy at times, fails to become a depressive complain and instead transform itself into a shining light upon our own uncertainty, our darkness.   
The poetic work of Winston Morales Chavarro will surely continue deepen into his own style and vision, which define a true master piece and befits an authentic poet, faithful to poetry and faithful to himself.   



Pedro Arturo Estrada
New York.













sábado, 11 de marzo de 2017

PRÓLOGO DE PEDRO ARTURO ESTRADA AL LIBRO ¿A DÓNDE VAN LOS DÍAS TRANSCURRIDOS?





En Winston Morales Chavarro prima el conocimiento, la conciencia de la poesía como llave de lo real, como única vía de aprehensión y comprensión de la vida en su oscuridad y su luz, su permanencia y su fugacidad, su eternidad y su continua deriva. La lista de sus libros publicados hasta el presente da fe de ese conocimiento, esa visión particular (cabe decir, iniciática), esa exploración a través del lenguaje, del mundo de los otros y de sí mismo en la pureza de la página en blanco —analogía de lo invisible–, donde toma cuerpo entonces la revelación del poema, última voz de las cosas, manifestación culminante de la belleza, de la verdad, del ser en su plenitud y soberanía.


El poema en Winston Morales Chavarro es corriente de imágenes, pulso del tiempo hecho palabra, corte trasversal de lo vivido, donde espejea lo absoluto y se convoca una visión, la accésis a realidades que de otro modo continuarían ocultas en nuestra sique. Desde el comienzo de su búsqueda, el poeta siempre estuvo interesado en ir más allá de los territorios aceptados, más allá de los límites meramente anecdóticos a los que la poesía parece inclinarse hoy. Porque para Winston Morales la poesía es ante todo desciframiento del mito, anagnórisis en torno del origen y la esencia de lo humano proyectado en la historia y manifestado en la naturaleza tanto como en el ser mismo del hombre. Toda la obra poética de Winston Morales puede decirse que ha girado hace más de  veinticinco años en torno a los grandes mitos de la historia del mundo y de América. Pero no ha sido lo suyo sólo un registro erudito refundido en metáforas banales, y aunque no sabemos qué impulso secreto lo ha llevado a explorar desde la juventud ese complejo universo mitológico y simbólico a partir de fuentes y escrituras sagradas como los Vedas, la Biblia, el Corán, el Kibalyon, el Tarot,  los códices americanos y la tradición hermética de oriente y de occidente, se comprende que es a sus lectores a quienes corresponde tratar de seguirlo en esa aventura del espíritu que a la postre define su propuesta poética.   


Por cierto que pocas veces la poesía colombiana ha hecho suya esta clase de exploraciones, para  para muchos, extrañas o bien, esotéricas. Quizá, como el mismo Winston Morales lo apunta en su libro Poéticas del Ocultismo, sólo Carlos Obregón en su momento es el mejor antecedente. Yo agregaría a Raúl Henao y a Gabriel Arturo Castro, poetas contemporáneos cuyas obras comparten el mismo interés por el misterio, lo onírico y aun el gusto por lo secreto y lo místico.


No obstante, Morales Chavarro es un poeta esencialmente terrestre, tan próximo al hombre  como a la naturaleza; en sus libros están siempre presentes sus elementos, sus escenarios, sus fenómenos pero también los anhelos, los sueños, las desazones y los deseos humanos. No hay separación entre estas dos dimensiones de la realidad. Por ello, sus poemas recientes parecen regresar a las  preocupaciones e incertidumbres existenciales, aquellas que proceden de la conciencia del devenir, de la visión profunda, dolorosa que del tiempo y la mortalidad, de una u otra manera, todos compartimos. En tal sentido, podemos decir ahora que ¿A dónde van los días transcurridos? , galardonado con el Premio David Mejía Velilla por la Universidad de la Sabana en 2014, es quizá el libro más conmovedor, más íntimo y personal del autor, sin desconocer la altura simbólica y poética de sus libros anteriores.







¿A dónde van los días transcurridos? marca, sin duda, un giro definitivo en la poética de Winston Morales Chavarro. Este es un libro en el que la voz del poeta –refinando experiencia y expresión– expone lo esencial, lo medular mismo del trasunto vital, donde para encarar, como advertimos, esa compleja experiencia en torno a la finitud, la fugacidad de la vida, la incertidumbre del ser frente al tiempo y la muerte, la afrenta del dolor y la miseria del mundo, sólo es posible la sobriedad en yunta con la intensidad sostenidas sobre la claridad y la musicalidad de un lenguaje de gran factura que el lector finalmente reconocerá y agradecerá.    


Sin menoscabo de esas calidades antes señaladas estos textos confrontan entonces una temática sin duda más oscura y próxima al pathos, al orden de las preocupaciones sensoriales más íntimas en un tono de gran pureza lírica, sin que olvidemos ni por un instante, que quien habla es alguien que ha recorrido ya un buen trecho de la existencia y sabe, conoce a fondo el peso de cada día vivido, el significado profundo de cada imagen y cada palabra aquí evocadas, salvadas por y para la poesía:


¿A dónde van los días transcurridos?
¿Aquellas pequeñas sombras de lo que un día fue sol?
¿Por qué nos es tan esquivo eso que llaman mañana?
¿Eso que asomaba detrás de las montañas como  porvenir?
La piel se cuaja,
Los huesos se quiebran
Y los días corren como briznas de paja en ojo ajeno.

Sin embargo, no es este un libro desesperanzado o pesimista. Diríamos más bien que es un libro lúcido, consciente de los límites de la existencia cuya belleza sólo puede celebrarse siempre por ser en efecto pasajera, fugaz, mortal. La índole de estos poemas nos remite a lo mejor de la poesía metafísica, venida de antiguo, desde los mismos presocráticos tan atentos al devenir de las cosas y del hombre, como Heráclito, como Demócrito, como Diógenes, y por poetas como el ya citado Anacreonte,  o clásicos romanos como Horacio y Ovidio, hasta llegar al persa Omar Kayyam, al inglés John Donne, a nuestro inolvidable Francisco de Quevedo, pasando por ensayistas como Miguel de Montaigne hasta esa pléyade de escritores y poetas que en la modernidad han abordado la conciencia contradictoria de la vida, plena de maravillas y al mismo tiempo de decepciones y terrores sin cuento.  Ecos de tales seres, de muchos poetas y pensadores insignes resuenan en estas páginas, lo cual en ningún momento desdice de la originalidad de la propia voz del poeta y en cambio sí la respalda, la enriquece profundamente, como debe ser.






Al leer estos poemas uno  encuentra sobre todo una voz que aunque escéptica y melancólica por momentos, no llega a convertirse en queja depresiva y alcanza a iluminar en cambio nuestra propia incertidumbre, nuestra oscuridad.


La poética de Winston Morales Chavarro seguramente seguirá ahondando en las visiones que de suyo definen el estilo y la verdad de una obra verdadera, como corresponde a un poeta auténtico, fiel a la verdad de la poesía y de sí mismo.



Pedro Arturo Estrada


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