jueves, 11 de octubre de 2007

La búsqueda de lo cifrado

(1)


La búsqueda de lo cifrado


Más allá del Cosmos, del Tiempo, del Espacio,
en todo cuanto se mueve y cambia, se encuentra
la Realidad Substancial, La Verdad Fundamental.

El Kibalion




Sin ser cabalmente filosofía –en el sentido exacto de la palabra o la percepción masculina de las cosas- la poesía es inherente a todo saber filosófico. Su principio o unidad mental subyace en los terrenos de un saber trascendental, una búsqueda de absoluto que por eso mismo la convierte en el género que más se aproxima a la conquista de la verdad o a lo que creemos de ella.

La poesía es el ejercicio que permite un develamiento de lo “real”, no necesariamente “la realidad” del “aquí” y del “ahora”, pues ella puede significar la apertura de una puerta “otra”, donde no tiene unidad la verdad de las apariencias, de los sentidos, de lo tangible, sino aquella cuyo único o mejor lenguaje está cifrado en lo “invisible”.

Al estar marcado por la estría trágica de la palabra, el poeta –cualquiera sea su instrumento de crear o buscar arte- se ve, de manera inexorable, conectado al cordón de lo divino –no desde lo religioso, aunque muchas veces suceda de esta manera-, lo que significa un comenzar a ver las cosas desde los espejos de lo improbable, las aguas de lo inexplicable, la orilla inescrutable del saber oculto o hermético.

Eso fue, es y será la poesía. Desde la noche de los tiempos la poesía ha significado el tratar de aproximarse, el allegarse, el abordar, el rodear, la trasgresión de formas aparentes, la contemplación de un sujeto todo. Desde esa lógica los escritores buscan otro proceso de raciocino, un razonar que se escape –de allí que su realidad sea la fuga permanente- de lo homogéneo, de la universalización de un pensamiento ordinario, máxime en estos días cuando la materia parece negar, anular y omitir otra realidad que no sea la suya.


Ciencia y filosofía



Antes de categorizar el mundo y antes de sistematizarlo, la poesía era la única ciencia y también la única religión. Podemos afirmar que la poética estaba inmersa en saberes tan antiguos como la astrología y la alquimia, madres de la astronomía y la química modernas.

La poesía nace como una forma de explicar el mundo, como una manera de interpelar al otro, así este otro sea invisible –la poética significaba una comunión con fuerzas extraterrenas y extracorporales-, un apelar a la escritura para narrar no sólo las cosas de la lógica humana, sino aquellas que escapaban a toda explicación racional o simbólica.

En este orden de ideas, la poesía se instaura como un mecanismo pre-científico –en esa necesidad de descubrir y develar el cosmos-, una filosofía trascendental, una religión que no acudía a representaciones simbólicas, sino que, por el contrario, se ocupaba de lo “intangible”, de lo “inamovible”, de lo “inmaterial”, de todo lo que no estaba expuesto a los estragos del tiempo, el espacio y la muerte.

Desde ese locus puede entenderse porqué la poesía antecede a la ciencia y a la filosofía en muchas consideraciones de orden natural o artificial, porqué la poesía se anticipa a teorías de carácter mecánico o termodinámico, a postulados de origen físico, a explicaciones de origen ideológico, a elucidaciones religiosas.

Fenómenos que no podían abordarse desde lo pre-científico fueron contemplados desde el discurrir de un pensamiento poético. La muerte, por ejemplo, comenzó a revestirse de un lenguaje que la superaba, la sobrepasaba, la cercaba; cantarla era una forma de negarla, era una manera de mantenerla lejos. Lo mismo ocurrió con la vida, el dolor, el amor. Ninguna ciencia, ninguna filosofía, ninguna religión se aproxima de manera tan substancial como lo hace la palabra, la escritura poética.

Allí nace el ocultismo o saber trascendental.

La necesidad de descifrar un mundo que está más allá de los sentidos contribuye en gran medida a la formulación de un pensamiento que permita la resolución de cientos de preguntas que escapan a la lógica imperante, pero, sobre todo, a la necesidad de comunión con un algo supremo –de donde proviene el hombre- y al regresar a una tierra de la que se había salido desde muy temprana edad. En consecuencia, El ocultismo se constituye en un lenguaje “otro”, lenguaje que va, por su naturaleza propia, incorporado a la lengua del espíritu y a las expresiones de lo sub (lo subterráneo, lo submental, la subescritura, la subjetivad-objetiva). Allí la búsqueda de lo cifrado, el lenguaje obscuro e inaudible de un todo metafísico que ha sido acallado por el ruido nauseabundo de las cosas:

Correspondencias

La naturaleza es un templo en que los vivos pilares
Dejan en ocasiones escapar confusas palabras;
El hombre pasa a través de los bosques de símbolos,
Que le observan con mirada familiar.

Como largos ecos que a lo lejos se confunden
En una tenebrosa y profunda unidad
Vasta como la noche y como la claridad,
Los perfumes, los colores y los sonidos, se contestan.

Hay perfumes frescos como carne infantil,
Dulces como oboes, verdes como praderas,
-Y otros, corrompidos, ricos y triunfantes.

Teniendo la expansión de las cosas infinitas,
Como el ámbar, el musgo, el benjuí y el incienso,
Que cantan los transportes del espíritu y los sentidos.


Charles Baudelaire
Spleen e ideal, IV


Tal como lo afirma Baudelaire, la naturaleza posee ese lenguaje cifrado, esa comunicación extraterrena, ese halo subterráneo. El poeta es una especie de receptor, un embudo humano por donde entran las cosas del universo y establecen una comunicación abierta con el cuerpo del hombre.

Cada elemento del macrocosmos está conectado de manera inexplicable –para los ojos de lo racional- con cada partícula del microcosmos (lo humano). El vate es una especie de traductor, de conciliador, de olfateador de esencias, substancias, átomos, corpúsculos que no pueden ser husmeados por la totalidad de los seres (excepto los animales). Y esto no quiere decir que el poeta sea una especie de semidiós (¿la sola escritura no le da esta categoría?), esto comprueba que ese razonar en extremo el mundo ha sesgado el principio suprasensorial que nos componía y que hemos reducido nuestros órganos físicos y mentales, a las taras de la lógica y lo cotidiano.

La correlación entre lo natural –principio fundamental de todas las especies- y los átomos de los seres terrestres, constituía un maridaje entre ecosistema-poesía, poética-creencia, elementos que no podían desprenderse, mutilarse, inmolarse. El hombre que se situaba por encima de un espacio concreto, de un piso razonado era capaz de interpretar el mundo, de leer sus simbologías, sus señales, sus ideogramas, y a partir de esas lecturas inventar el mundo, reinventar su religiosidad, sus dioses, sus presencias.

El lenguaje que venía de las piedras, de los cristales, de los minerales, de los entes aéreos eran captados en su totalidad por un oído extrasensorial, por un olfato extraespacial que perseguía la comprensión de un infinito –en concomitancia con lo finito-, el vinculo entre lo “real” y lo que poseía otras apariencias. De tal modo que la naturaleza es uno de los primeros libros, la anatomía de donde procede otras consideraciones como la metafísica, el esoterismo, la filosofía hermética, abrazadas, todas ellas, en el estro literario.

Follow by Email