sábado, 11 de marzo de 2017

PRÓLOGO DE PEDRO ARTURO ESTRADA AL LIBRO ¿A DÓNDE VAN LOS DÍAS TRANSCURRIDOS?





En Winston Morales Chavarro prima el conocimiento, la conciencia de la poesía como llave de lo real, como única vía de aprehensión y comprensión de la vida en su oscuridad y su luz, su permanencia y su fugacidad, su eternidad y su continua deriva. La lista de sus libros publicados hasta el presente da fe de ese conocimiento, esa visión particular (cabe decir, iniciática), esa exploración a través del lenguaje, del mundo de los otros y de sí mismo en la pureza de la página en blanco —analogía de lo invisible–, donde toma cuerpo entonces la revelación del poema, última voz de las cosas, manifestación culminante de la belleza, de la verdad, del ser en su plenitud y soberanía.


El poema en Winston Morales Chavarro es corriente de imágenes, pulso del tiempo hecho palabra, corte trasversal de lo vivido, donde espejea lo absoluto y se convoca una visión, la accésis a realidades que de otro modo continuarían ocultas en nuestra sique. Desde el comienzo de su búsqueda, el poeta siempre estuvo interesado en ir más allá de los territorios aceptados, más allá de los límites meramente anecdóticos a los que la poesía parece inclinarse hoy. Porque para Winston Morales la poesía es ante todo desciframiento del mito, anagnórisis en torno del origen y la esencia de lo humano proyectado en la historia y manifestado en la naturaleza tanto como en el ser mismo del hombre. Toda la obra poética de Winston Morales puede decirse que ha girado hace más de  veinticinco años en torno a los grandes mitos de la historia del mundo y de América. Pero no ha sido lo suyo sólo un registro erudito refundido en metáforas banales, y aunque no sabemos qué impulso secreto lo ha llevado a explorar desde la juventud ese complejo universo mitológico y simbólico a partir de fuentes y escrituras sagradas como los Vedas, la Biblia, el Corán, el Kibalyon, el Tarot,  los códices americanos y la tradición hermética de oriente y de occidente, se comprende que es a sus lectores a quienes corresponde tratar de seguirlo en esa aventura del espíritu que a la postre define su propuesta poética.   


Por cierto que pocas veces la poesía colombiana ha hecho suya esta clase de exploraciones, para  para muchos, extrañas o bien, esotéricas. Quizá, como el mismo Winston Morales lo apunta en su libro Poéticas del Ocultismo, sólo Carlos Obregón en su momento es el mejor antecedente. Yo agregaría a Raúl Henao y a Gabriel Arturo Castro, poetas contemporáneos cuyas obras comparten el mismo interés por el misterio, lo onírico y aun el gusto por lo secreto y lo místico.


No obstante, Morales Chavarro es un poeta esencialmente terrestre, tan próximo al hombre  como a la naturaleza; en sus libros están siempre presentes sus elementos, sus escenarios, sus fenómenos pero también los anhelos, los sueños, las desazones y los deseos humanos. No hay separación entre estas dos dimensiones de la realidad. Por ello, sus poemas recientes parecen regresar a las  preocupaciones e incertidumbres existenciales, aquellas que proceden de la conciencia del devenir, de la visión profunda, dolorosa que del tiempo y la mortalidad, de una u otra manera, todos compartimos. En tal sentido, podemos decir ahora que ¿A dónde van los días transcurridos? , galardonado con el Premio David Mejía Velilla por la Universidad de la Sabana en 2014, es quizá el libro más conmovedor, más íntimo y personal del autor, sin desconocer la altura simbólica y poética de sus libros anteriores.







¿A dónde van los días transcurridos? marca, sin duda, un giro definitivo en la poética de Winston Morales Chavarro. Este es un libro en el que la voz del poeta –refinando experiencia y expresión– expone lo esencial, lo medular mismo del trasunto vital, donde para encarar, como advertimos, esa compleja experiencia en torno a la finitud, la fugacidad de la vida, la incertidumbre del ser frente al tiempo y la muerte, la afrenta del dolor y la miseria del mundo, sólo es posible la sobriedad en yunta con la intensidad sostenidas sobre la claridad y la musicalidad de un lenguaje de gran factura que el lector finalmente reconocerá y agradecerá.    


Sin menoscabo de esas calidades antes señaladas estos textos confrontan entonces una temática sin duda más oscura y próxima al pathos, al orden de las preocupaciones sensoriales más íntimas en un tono de gran pureza lírica, sin que olvidemos ni por un instante, que quien habla es alguien que ha recorrido ya un buen trecho de la existencia y sabe, conoce a fondo el peso de cada día vivido, el significado profundo de cada imagen y cada palabra aquí evocadas, salvadas por y para la poesía:


¿A dónde van los días transcurridos?
¿Aquellas pequeñas sombras de lo que un día fue sol?
¿Por qué nos es tan esquivo eso que llaman mañana?
¿Eso que asomaba detrás de las montañas como  porvenir?
La piel se cuaja,
Los huesos se quiebran
Y los días corren como briznas de paja en ojo ajeno.

Sin embargo, no es este un libro desesperanzado o pesimista. Diríamos más bien que es un libro lúcido, consciente de los límites de la existencia cuya belleza sólo puede celebrarse siempre por ser en efecto pasajera, fugaz, mortal. La índole de estos poemas nos remite a lo mejor de la poesía metafísica, venida de antiguo, desde los mismos presocráticos tan atentos al devenir de las cosas y del hombre, como Heráclito, como Demócrito, como Diógenes, y por poetas como el ya citado Anacreonte,  o clásicos romanos como Horacio y Ovidio, hasta llegar al persa Omar Kayyam, al inglés John Donne, a nuestro inolvidable Francisco de Quevedo, pasando por ensayistas como Miguel de Montaigne hasta esa pléyade de escritores y poetas que en la modernidad han abordado la conciencia contradictoria de la vida, plena de maravillas y al mismo tiempo de decepciones y terrores sin cuento.  Ecos de tales seres, de muchos poetas y pensadores insignes resuenan en estas páginas, lo cual en ningún momento desdice de la originalidad de la propia voz del poeta y en cambio sí la respalda, la enriquece profundamente, como debe ser.






Al leer estos poemas uno  encuentra sobre todo una voz que aunque escéptica y melancólica por momentos, no llega a convertirse en queja depresiva y alcanza a iluminar en cambio nuestra propia incertidumbre, nuestra oscuridad.


La poética de Winston Morales Chavarro seguramente seguirá ahondando en las visiones que de suyo definen el estilo y la verdad de una obra verdadera, como corresponde a un poeta auténtico, fiel a la verdad de la poesía y de sí mismo.



Pedro Arturo Estrada


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