jueves, 6 de febrero de 2014

LA TIERRA PROMETIDA DE WINSTON MORALES CHAVARRO





La tierra prometida de Winston Morales Chavarro

Por Lilia Gutiérrez Riveros


Hace unos días Winston Morales me dijo: -¿conoces Schuaima? Allí siempre llueve, hay verdes de todas las plantas y el canto polifónico de muchas aves-.
Por el tono de su voz y la pausa al pronunciar ese nombre intuí que la tierra prometida de su calidad poética residía en ese mágico espacio donde toda abundancia es posible para los ojos, los oídos el olfato y la piel de quien camina y empieza a recoger la cosecha de los universos concentrados en las páginas donde fluye la lluvia cristalina, rítmica y amorosa de Schuaima.
Había visto su calidad narrativa en Dios puso una sonrisa sobre su rostro, la novela ganadora del Premio IX Bienal de novela José Eustasio Rivera, donde la imagen y el vuelo poético se lanza a cualquier espacio y distancia. Se tiene la impresión a veces de que los personajes logran atrapar al mago del vuelo para que regrese a tierra firme. El embrujo de entrar en universos paralelos, el macro y el microcosmos y, como parte de lo tridimensional encontrar lo cotidiano. El amor y la muerte en estrecha relación. La muerte, las múltiples muertes que afloran cuando se está frente a un cadáver: La muerte ronda al hombre, camina por los pensamientos que creemos nos hacen libres de ella.
De hecho, se escoge a la muerte...Después, cuando suena ese disco Politik, sobre el que surge esta expresión: ¿qué son cinco minutos con dieciocho segundos para un organismo viviente como el hombre? Todo y nada. En esa percepción de tiempo se cierran todas las puertas posibles de la materia, pero se abren los postigos ultraterrenos de un supratiempo que lo abarca y lo comprende todo... Y luego el personaje de la hija que escribe desde diversos lugares de Irlanda estableciendo el lazo que une esos universos.
Con Winston y sus personajes coincido en los gustos musicales, en los contemporáneos y muy especialmente con los compositores de todos los tiempos: Wagner, Mozart, Rachmaninov y otros cuantos que se instalan en mitad del corazón. Yo también creo que la vida sin música no vale. Coincido en su manera de ir al deleite del silencio, aquel que comparten las hojas y los tallos que elevan sus dones acompañando los caminos; al silencio que se abstiene de la discusión, que de antemano sabe de una batalla perdida, desgastante y absurda; al silencio capaz de abstraerse del ruido de las horas del tiempo alquilado; al silencio sagrado, al sagrado silencio que permite el encuentro de la expresión fresca y libre.
Oigo una vez más a Winston y me contagia de ese amor sin límites por ese espacio donde logra el máximo encuentro con la palabra. De inmediato me sorprende.
Desde Schuaima llega Summa poética con el subtítulo antología personal, entonces me cuenta que es Comunicador social y periodista con un Magíster en estudios de la Cultura, mención Literatura Hispanoamericana, Universidad Andina Simón Bolívar, Quito; que ha ganado los concursos de nacionales de poesía de las universidades del Quindío, en el 2000, el de la Universidad de Antioquia en el 2001 y el de la Tecnológica de Bolívar en el 2005.
Entro en sus páginas y confirmo su gran dedicación y constancia. Entonces es posible leer y escuchar la poesía, porque el ritmo, la cadencia, el vuelo y la expresión de Winston alcanzan dimensiones que solo se lograrían en la “tierra”
La antología está integrada por Aniquirona, Memorias de Alexander de Brucco. Por alguna razón que me llama desde la abundancia de ese paraíso me quedo en De regreso a Schuaima, y recito este poema:

LA LLUVIA

Siempre llueve en Schuaima
Siempre ese precipitarse de los cielos a la Tierra.

Me abrazo a los chorros monocordes de los ríos
Y los cansancios de mi cuerpo se mitigan
Por el beso polimorfo de estas lluvias.

Siempre llueve en Schuaima
Y los follajes de los fresnos
-igual que los patos en parvada-
Bajan cantando por el ayuntamiento y sus orillas
Y los sinsontes se pegan a mi boca
Como los hilos luminosos de una estrella.

Siempre llueve en Schuaima
Y uno aprende a querer esta lluvia estrepitosa
Uno se acostumbra a su desnudez de ropas
A su delirio de doncella
A sus pezones grises,
De donde mana un agua inescrutable
Que moja y contagia de pureza
Hasta los precipicios de la muerte.

Siempre llueve en Schuaima
Y uno sumerge la cabeza contra el viento
Y la lluvia llega como un tumulto de palomas
A anidar en nuestras ramas los próximos veranos.
Siempre llueve en Schuaima
Siempre los espejos y cristales
Descendiendo de las noches desarmadas
Y un resplandor inamovible
Se deposita en nuestros hombros
Y una queja luminosa
Llamea por los bosques
Y unos pájaros de agua
Proclaman la grandeza de esta Terra.

Antes de terminar de releer el libro tengo el morral listo porque mañana, antes que el sol empiece a vigilar los caminos emprendo mi viaje a Schuaima, la tierra prometida, el espacio sagrado que Winston Morales encontró para la poesía.



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