sábado, 10 de diciembre de 2011

PENSAMIENTO SEMINAL VS. PENSAMIENTO RACIONAL

Winston Morales Chavarro


No hay nada más estúpido que los extremos. El pensamiento seminal, aquel que identificaba a nuestros abuelos, a nuestros antepasados aborígenes, unifica el mundo, las situaciones, los contextos históricos, erradica los antagonismos, la dualidad: el Tao para los chinos.

El hombre moderno, en cambio, además de rodearse de una serie de creencias artificiales y ataviarse de tradiciones inventadas, apela a los extremos, a las polaridades, a los antagonismos. De allí que exista un dios único y verdadero: Belcebú para los satánicos, Jehová para los cristianos, Alá para los musulmanes: «No hay dios más que Alá y Mahoma es su profeta», dicen los árabes. Los otros dioses, los indígenas, los del antiguo Egipto, los chinos, los celtas, han sido paulatinamente anulados, relegados, sacrificados.

Desde la noche de los tiempos ha existido el expansionismo, el deseo de globalizar al otro. Eso no es reciente, no nació con Margaret Thatcher, con George Bush, padre, (no sé quién de los dos es más estúpido).

El hombre de las cavernas, los griegos, los persas, los romanos, los rusos, los alemanes, han aspirado a anular al otro, a imponer su lengua, su religión, sus costumbres, su dios. Lo hicieron los españoles con los indígenas, los moros con los reinos cristianos, los sajones con los britanos. Es algo inherente al ser humano, al hombre como sujeto, como individuo que aspira al poder -todos aspiramos al poder, sea desde el hogar, la calle, la academia, la política, el género, la sexualidad-.

Muchos creen que nuestros indígenas fueron perfectos, altruistas, que no sacrificaban, que tenían a la mujer en el centro y no en la periferia, que no cultivaban las castas, los abolengos, que no poseían esclavos. Qué yerro: los mexicas (aztecas), se llamaron a sí mismo Pueblo Elegido por provenir de Aztlán, un lugar mítico situado posiblemente al norte de lo que hoy en día es México. Fueron expansionistas, invadían pueblos, saqueaban, sacrificaban e imponían sus costumbres.

Lo propio hicieron los incas, los mayas, lo suyo los tlaxcaltecas, quienes aliándose a los ibéricos destruyeron el imperio de los mexicas; nuestros indígenas demostraron su gran capacidad de adaptación y realizaron un auténtico sincretismo entre sus creencias y las de los españoles. Cristo, la Virgen María y los santos pasaron a regir las actividades que antes favorecían Quetzalcóatl, Xipe Tótec y los demás dioses. No obstante, sean mexicas, zapotecas, chichimecas, incas, taironas, caribes, chibchas, no estaban exentos de enfermedades y de vicios, pensar lo contrario es legitimar un pensamiento racional, occidental, en palabras de Stern, un pensar causal, de inteligencia y mundos visibles.


Sin embargo, uno de los atributos de nuestros indígenas es ese pensar seminal, el de la visión global del mundo, un pensar afectivo, que buscaba la trascendencia.

El hombre real, el americano de hoy, oscila entre el pensamiento seminal y el racional, el de la trascendencia y el de la causa y efecto, el de la realidad total y el de la realidad fragmentada, reducida.

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