martes, 12 de junio de 2012

BALÁM-QUITZÉ


XXVI




El Príncipe Balám-Quitzé

Ha venido a verme.

Dice llamarse tenebroso, inconsolable.

Trae consigo el laurel de los espejos,

Mientras el hexagrama de sus ritos

Pende en la escalada de la muerte.

El Chamán de la torre derruida

El brujo,

El Poseso último y primero,

Busca en mí no sé qué palacios, qué doncellas,

Qué muchacha de la Décima Octava Dinastía.

El Príncipe de la casa nueve

Llamado por Tepeu, “El Gran Ausente”,

Ha venido de nuevo a mi estrella y a mi árbol,

Ha traído hasta mi casa los macizos de Tulum,

El oro diluido, su última exégesis.

La muchacha que lo ama, Cahá-Paluná

Viene con el viento.

Su figura alta, farragosa,

Le contempla desde lejos.

“El es el otro”, dice,

Él es el que ama a la que habita más allá de estos palacios.

El Príncipe de la tarde,

Balám-Quitzé,

Se pasea por los picos de Chichén Itzá.

En la noche de su tumba

Se pregunta sobre la putrefacción de la materia

Sobre la Serpiente Verde que nos aguijonea

Sobre la rosa que ha encontrado la cruz en el desierto.

El Príncipe de la tarde

Ha venido a verme

Estoy preparado para recibirlo,

Estoy desnudo como la tierra negra, como el sol negro,

Como el cinabrio y la música que aquieta los perfumes.

















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