domingo, 12 de junio de 2011

A manera de exordio: El misterio de la existencia o la estética de incertidumbre

A manera de exordio:
El misterio de la existencia
o la estética de incertidumbre

Emilio Ballesteros Almazán



Todo ES por el recuerdo, todo se debe, se restablece, se configura en la masa esotérica de un numen sideral —nos dice en una de sus reflexiones el protagonista de la novela. Y como si esa declaración de principios revertiera sobre el propio artificio del relato, la subjetividad va a marcar el desarrollo de los hechos. Con el contrapunto objetivo de las cartas encontradas en la maleta de la muchacha muerta y un par de anotaciones al margen de la narración en primera persona del protagonista (la nota de prensa de la agencia S en Bogotá y el pasaje en que se constata la experiencia del agente F. Muñoz en Villa M y su recuerdo de un servicio en Algeciras en el que el azar lo libró de la muerte que esperaba a sus compañeros a manos de la guerrilla), toda la novela se sustenta sobre los recuerdos y las reflexiones del protagonista. Lo que viene a redundar en las propias ideas de éste, que no valora tanto los hechos objetivos, discutibles en su "realidad", cuanto las propias interiorizaciones de los mismos.

La vida como juego de espejos (los mismos por los que desaparece el piquero de patas azules o en los que el protagonista no se refleja, como si de un vampiro o un espectro se tratase). Universos paralelos que se cruzan, dimensiones extrañas en las que el espacio—tiempo se curva y el niño X, asesinado por el propio narrador sin que el hecho ocasione el más mínimo eco en su entorno, se confunde con su sucesor x (niño también y parecido al anterior) como "amadrinado" y amante de la vieja profesora de matemáticas o con el propio amante de la esposa del protagonista al que éste consiente en secreto sus relaciones… La realidad confundiéndose y cruzándose, cambiando siempre como los cuantos de energía y supeditada al enfoque del sujeto que observa. Tal como diría la moderna física cuántica, es el principio de incertidumbre el que rige todo y nada puede ser analizado al margen del que observa que, necesariamente, influye en lo observado. Y no olvidemos que, al fin y al cabo, tal y como Frijot Capra explica en su libro "El tao de la física", la ciencia occidental está empezando a descubrir (por una vía diferente) cosas que en Oriente las distintas místicas ya sabían hace mucho tiempo: el tao, el zen o el sufismo (la mística que más ha influido en el pensamiento occidental, como demuestran autores como Asín Palacios, Robert Graves o Idries Shah, aunque occidente, prisionero de sus prejuicios racionalistas y prepotentes, haya desvirtuado muchos de sus conocimientos aprendidos)

Realidad al límite, que pone en cuestión el propio sentido de la existencia y acude al valor supremo de la muerte como camino y transición, y también como culmen de la vida (el orgasmo cósmico en que se fusionan la oscuridad y la luz, en palabras del protagonista). Límite incluso en las relaciones sexuales, repletas de morbidez, que incluyen desde el adulterio consentido hasta la necrofilia y el sexo con el cadáver de 70 años de la que fue su amante en vida (y ésta tenía cuarenta años más que él). Experiencias anómalas en un mundo sin certidumbres en el que una chica joven y hermosa que yace en La Morgue guarda en su maleta discos (todos de Coldplay) y cartas a su padre escritas desde Irlanda en las que habla de William Butler Yeats o del abatimiento que le ha producido un atentado terrorista en Bogotá, apenas unos días antes de morir ella y que el narrador (y protagonista, no lo olvidemos) ve en ella a otra chica que murió a su vez víctima de otro atentado en Villa M. La realidad cotidiana, de nuevo, más incompresible, más irracional, más incierta que el extraño mundo de misteriosas "otras orillas", supramundos y universos paralelos en el misterio de la existencia.

Sinestesias que superan lo racional (Mi padre aseveraba que el hombre de antaño poseía una extraña fusión de sentidos cuyo propósito final se confinaba en un sentido suprasensorial que captaba el lenguaje cifrado de las cosas). Escatología en sus dos acepciones: la relacionada con la trascendencia y la que se refiere a lo repulsivo. Ambiente gótico, barroquismo en el que a veces brilla un pincelazo de Calderón (la muerte como sueño, el sueño como muerte y ambos como vida), o uno del existencialismo de Camus (el destello del revolver hace recordar en cierta ocasión El extranjero), pero es, en conjunto, una narración inquietante y compleja que se adentra en los terrenos tanto de la psicología profunda como de la física moderna (la relatividad, la física cuántica…) y que, como en la ciencia más actual, tiene su paradigma principal en la incertidumbre y su fuerza singular en el misterio.



Emilio Ballesteros Almazán

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El tiempo suspendido. Sobre Dios puso una sonrisa sobre su rostro de Winston Morales Chavarro, por Francisco Javier Cubero

El tiempo suspendido.

Sobre Dios puso una sonrisa sobre su rostro de Winston Morales Chavarro,

por Francisco Javier Cubero




Siempre que algo parte encuentra una mirada
que lo persigue hasta su último destello.
María Zambrano

Quien ha superado el miedo puede creerse inmortal;
quien no lo conoce, lo es.
E. M. Cioran.



Ha escrito Gilberto Triviños un breve y muy interesante trabajo titulado "La metamorfosis de la muerte en la poesía de Darío, Huidobro y Parra"(1), y empiezo citándolo porque me parece un buen contrapunto que contrasta con la esencia de la novela de Winston Morales Chavarro y porque tomo de sus citas dos fragmentos que Triviños presenta en un contexto de tradición occidental matizada con una selección de textos latinoamericanos: el primero es la frase de Cioran que precede este párrafo; el segundo, es el fragmento de Amado Nervo que reproduzco a continuación:

Y aquel fantasma negro, que miraba temblando
yo antes, blandamente se fue transfigurando...
En la pálida faz del espectro, indecisa
como un albor naciente, brotaba una sonrisa;
brotaba una sonrisa tan cordial, de tal suerte
hospitalaria, que me pareció la Muerte
más madre que las madres; su boca, ayer horrible,
más que todas las bocas de hembras apetecible;
sus brazos, más seguros que todos los regazos...
¡Y acabé por echarme, como un niño, en sus brazos!

"Tanotófila"

Sirven las dos citas para una primera aproximación, casi en negativo fotográfico, de lo que supone el texto de un poeta que no abandona su oficio al abordar la novela, sino que la enriquece con un aura poética sobre la que más adelante se tendrá que insistir. Winston Morales Chavarro asume un riesgo claro, se aleja de la tradición occidental de la muerte, de las representaciones apocalípticas, del lenguaje del miedo; esta novela nos habla de la muerte, sí, pero de la vida de la muerte, de una presencia intangible que no ha de alcanzar definición concreta en tanto no puede ser delimitada. "Más madre que las madres" para un narrador insólito muy cercano a ese "niño [que se arroja] en sus brazos".



Silencio a través de la música, o viceversa

La música irrumpe en la narración desde el primer momento, desde la misma cubierta de una obra orquestada con diversos materiales que se encuentran en un ritmo, con un nombre: Coldplay. Una primera tentación para el lector, compartir un espacio y un tiempo cifrado en una música concreta que, por otra parte, no es condición imprescindible para la lectura. Y no lo es, aunque dibuje rasgos importantísimos de la muchacha muerta y de su ambiguo narrador, porque el sonido no lo es "porque sea perceptible [...] el sonido es por la memoria". Sin embargo, queda abierta la posibilidad de escuchar la música nostálgica del grupo británico para volver a comprobar como la música se funde en el silencio, o lo construye, un silencio medido por recuerdos que configurarán el espacio desnudo de la morgue.

La música, por otra parte, guarda una estrecha relación con los números y los números aparecen explícitamente en la novela, el tres en especial, no limitado a la simbología de una cultura concreta, sino abierto a distintas tradiciones y a distintas percepciones que no pretendo acotar en esta divagación lectora. Al abordar el texto de Winston Morales Chavarro vuelvo a reconocer mi reticencia hacia los estudios académicos al uso, hacia las opiniones fundamentadas en "alguna autoridad" que proponen lecturas unívocas o que diseccionan un cuerpo vivo en el ejercicio de autopsias homicidas. Prefiero dejarme llevar, no explicar nada, sino intentar complementar el texto con sensaciones de lector y no de crítico.

Mientras leía, entre las sensaciones, tracé una conexión con "otra" metamorfosis, la de Kafka, a través de dos lectores con (y en) circunstancias muy distintas: Vladimir Nabokov y Juan Diego Incardona.

Recordé a Nabokov por su acertada apreciación de que el número tres era especialmente importante en La metamorfosis, pero también por la afirmación "procuro siempre no exagerar el valor de los símbolos; porque una vez que separamos un símbolo del núcleo artístico del libro, perdemos todo sentido de la fruición [...] los símbolos pueden originales, o pueden ser trillados y estúpidos. Pero el valor abstracto de un logro artístico no debe prevalecer nunca sobre su vida hermosa y ardiente".(2)

La música de Coldplay y la presencia de ciertas cifras en la novela de Winston Morales Chavarro tienen un indudable valor abstracto que, por supuesto, no debería prevalecer sobre el conjunto de la obra.

Por otro lado, Juan Diego Incardona al comparar La metamorfosis y América señala:

"Creo que los personajes kafkianos han sido condenados a vagar en la eternidad por una zona intermedia. La zona que he denominado frontera, línea de tensión copulativa y disyuntiva a la vez. Y si alguna salida hubo en estas obras fue la muerte de Gregor Samsa-animal. Sin embargo, no creo que la muerte sea una salida. Creo que la muerte es la muerte".(3)

La afirmación final queda atenuada por un "creo que" inevitable ante la idea de la muerte y ante la intuición de esa "zona intermedia" en la que no sólo viajan los personajes de Kafka, sino también los personajes del autor de Dios puso una sonrisa sobre su rostro. Sin embargo, existe una diferencia esencial entre esta novela y las obras citadas de Kafka, en aquéllas existe un viaje, un cambio de estado que implica un proceso temporal; en ésta el proceso carece de tiempo, su zona intermedia se ubica en el espejo o en la memoria, la imagen reflejada o transmitida, frontera una vez más; aunque no necesariamente como lugar de paso, sino como "realidad al límite, que pone en cuestión el propio sentido de la existencia", según señala Emilio Ballesteros en una de las primeras aproximaciones a esta obra.

La música en la morgue es parte de una memoria colectiva, es un espacio común en el tiempo suspendido, es el silencio en el límite de nuestra realidad oscura.



Tres miradas

A pesar de lo comentado en párrafos anteriores, es inevitable hacer referencia al tríptico estructural de géneros que articulan la narración: monólogo, poesía y epístola. Los tres modos de escritura son trenzados para expresar realidades complementarias que señalan puntos de confluencia reconocibles. El monólogo del protagonista ordena una experiencia propia a través de la memoria y de un tiempo cifrado en cartas escritas por una adolescente muerta que contienen, entre otras reflexiones, fragmentos de poesía inglesa. Los tres géneros implican soledad y unas miradas que no rehuyen la subjetividad en la expresión. En los tres vive la muerte y vibra un presente sin solución de continuidad, "lo que sucede una vez, sucede para siempre", o está siempre sucediendo. Las tres visiones de la realidad no son la realidad, pero la realidad está presente en referentes comunes. Neiva es el destino de las cartas, la ciudad de la morgue, el escenario de la violencia, la ciudad que tuvo cuatro ríos y ha sido "capaz de destruir tres".

La fragmentación en tres géneros para expresar tres formas de mirar o de abordar lo que se contempla, se amplia en la segmentación interna y numerada de cada uno de los capítulos, pero las continuas regresiones, los cambios de escena o las elipsis no se ajustan a la estructura de los párrafos. La disposición formal recuerda la relación que se establece entre las distintas obras de una misma exposición en una galería de arte, piezas breves cuyas composiciones o tonalidades ofrecen su "impresión" y al mismo tiempo provocan una "expresión" del conjunto. Piezas estróficas de un poema mayor convertido en novela, yuxtapuestas más que subordinadas, de un collage en suspensión armónica.



Los espejos

Pero la realidad puede no reflejarse en el espejo, o atravesarlo, puede viajar al "otro lado". Porque la realidad acaba siendo un múltiple conjunto de percepciones únicas, una suma de tiempos y de espacios de engañosa nitidez. Por eso es precisa la mirada "desde las aguas oscuras de los vidrios", el prisma que descompone la luz "blanca" en los colores del espectro, esas gotas de lluvia, aguas oscuras de los vidrios. "Todo eso puede ser la realidad, pero también un vacío lleno de resonancias":

"Toda muerte va seguida de una lenta resurrección, que comienza tras el vacío irremediable que la muerte deja"(4).

El relato no sólo es un collage de percepciones y de géneros, sino también una fragmentación medida en instantes refractados como la luz, unos se reflejan y otros no, pero todos son parte de la luz blanca y "¿qué es la muerte sino exceso de luz?", nos dice el protagonista.

La luz, tradicionalmente, se vincula al nacimiento en ese "dar a luz" que se "completa" en la oposición de esa mano que cierra los párpados del muerto. Pero dice María Zambrano: "sólo da vida lo que abre el morir"(5), y Winston Morales Chavarro no pone o quita luz, abre los ojos, mira con atención, propone reflexionar serenamente. El "exceso de luz" no es paradoja, es una nueva invitación a revisar nuestras ideas sobre lo verdadero, porque "la nueva verdad se encuentra en los límites de lo inteligible"(6).

Hablar de la muerte, citar a María Zambrano, parece sugerir un entorno filosófico concreto, no es así. La novela avanza con un tema central controvertido, pero no deja ser novela en ningún momento. Las reflexiones del protagonista abren paso a una trama que atrapa al lector, por sus interrogantes, pero también por la multiplicación de la vida en los espejos, o de la muerte a través de ellos.



Cotidiano mundo extraño

Dejo la ambigüedad de los personajes y de sus acciones intacta para el lector. La omnipresencia e intangibilidad del protagonista nos conduce a "un estado de conciencia", son palabras del propio autor. La preponderancia del sentido de la vista nos habla de un mundo de imágenes capturadas por una cámara fría que lo recorre todo con su objetivo implacable en medio de un silencio impuesto por el volumen de la música. Los auriculares nos aíslan parcialmente, descontextualizan la visión, seccionan la realidad.

En 1912 aparecía Morgue y otros poemas, de Gottfried Benn, rotura espiritual de una tradición clásica y humanística a manos de un expresionismo que cuestionaba definitivamente los conceptos tradicionales de belleza o de verdad. El arte ya había iniciado mucho antes su alejamiento de la estética decorativa que imponía el mundo burgués, pienso en las pinturas negras de Goya, también en sus Desastres de la guerra. Gottfried Benn veía publicado su libro dos años antes de la primera gran guerra del siglo XX, pero la guerra ya estaba en el ambiente. En "La novia del negro" se percibe esa cámara fría que recorre la morgue de Neiva:

Y ahí, sobre cojines de sangre oscura, descansaba
la nuca rubia de una mujer blanca.
El sol le ardía en los cabellos,
ascendía lamiéndole los muslos blancos,
se arrodillaba ante sus pechos más morenos,
todavía no desfigurados por vicio y partos[...](7)


No creo que la sugerente novela de Winston Morales Chavarro, abierta a mil lecturas, pueda separarse del contexto bélico que asola no sólo la vida colombiana, sino también otros muchos frentes abiertos en esta fragmentada y continua guerra de guerrillas que es el terrorismo internacional. No se trata de una novela sobre la guerra, sino sobre la vida (o la muerte, si se quiere diferenciar), pero el estado de conciencia que late en sus líneas tiene mucho que ver con este ciclo bélico. El de un mundo en un tiempo suspendido que deberá revisar las periodizaciones, porque el Romanticismo no ha concluido todavía, Dios puso una sonrisa sobre su rostro es una obra romántica —en el mejor sentido literario—, rebelde y llena de sugerencias, con algunos trazos rotos que, sin duda, la hacen aún más humana, más interesante.

Para concluir esta breve e incompleta suma de sensaciones incluyo un fragmento de "Nada hay que lamentar", poema de Gottfried Benn escrito en 1956, del que transcribo la segunda mitad. Por supuesto, será imprescindible que lean la novela de Winton Morales Chavarro, después hablamos...

Llevamos en nosotros la semilla de todos los dioses,
el gen de la muerte y el gen del deseo:
quién las separó: las palabras y las cosas,
quién los mezcló: los tormentos y la cama
sobre la que estos encuentran su fin, madera con arroyos de lágrimas:
por unas horas, hogar miserable.

Nada hay que lamentar. Demasiado lejos, demasiado extenso,
demasiado inasibles la cama y las lágrimas,
ni sí ni no,
nacimiento y dolor del cuerpo y fe,
un borbotar sin nombre, un deslizarse fugaz,
algo supraterrenal, que surgió en sueños,
conmovió la cama y las lágrimas...
¡Duérmete!





NOTAS

(1)Triviños, Gilberto. "La metamorfosis de la muerte en la poesía de Darío, Huidobro y Parra". Disponible en:

http://www.uchile.cl/cultura/parra/estudios/metamorfosis.html

(2)Nabokov, Vladimir. Curso de literatura europea. Barcelona: Ediciones B, 1987.

(3)Incardona, Juan Diego. "América y La metamorfosis: Dos viajes kafkianos hacia la frontera". Disponible en:

http://www.eldigoras.com/eom03/2003/tierra19jdi05.htm

(4)Zambrano, María. El hombre y lo divino. México: FCE, 1973.

(5)Zambrano, María. Claros del bosque. Barcelona: Seix Barral, 1977.

(6)Zambrano, María. Hacia un saber sobre el alma. Madrid: Alianza editorial, 1987.

(7)Benn, Gottfried. Antología poética. Edición bilingüe de Arturo Parada. Madrid: Cátedra, 2003.

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