sábado, 17 de diciembre de 2011

LA FEALDAD DE LA BELLEZA


Rimbaud, el niño terrible de Francia, hace más de doscientos años advirtió: “senté a la belleza en mis rodillas y la encontré amarga”.


La belleza es por antonomasia amarga, agregaría yo. Después de saborear sus ambrosías, luego de beber de un sorbo sus sustancias, sus néctares, sus licores, la belleza se torna como esos jarabes que nos daban en la infancia; acaso el catártico repugnante, nauseabundo con el que se amenazaban de un tajo a las lombrices y a otro tipo de parásitos.


La belleza, diría Dostoievski, “no es sólo una cosa terrible, sino también misteriosa. Aquí el Diablo lucha con Dios, y el campo de batalla es el corazón de los hombres”.


Nada más terrible que lo bello, nada más siniestro, más perverso que aquel (o aquella) que conoce su belleza y se ufana y jacta de ella. La belleza perfecta (o nuestra noción de ella) es la de un cadáver; sólo es absolutamente agraciado, perfecta y tristemente bello, quien no razona, desconoce su belleza, sus atributos físicos y espirituales. 


Por eso, Narciso fue bello hasta el momento precedente al acto de mirar su rostro en las aguas. Una vez supo lo que poseía, se volvió amargo, razonó la belleza, la elevó al rango de categoría. Entonces, dejó de ser una belleza fresca, natural; se volvió objeto, producto, mercancía. La belleza no es tan bonita como la pintan. Casi siempre va de la mano de la vanidad y la sedición.


Pocas veces he conocido a un feo vanidoso (No creo que además de feo, ignorante). No obstante, conozco el caso de muchos feos –y de eso doy constancia mas no fe- que hacen menos fea su belleza con una buena conversación, un perfecto sentido del humor, un gusto desmedido por cosas más trascendentales. 


Muchas veces, la belleza no necesita de nada más: es bella y con eso le basta. Después se arroja sobre los laureles. Pese a esto, existen incontables excepciones. Sé de muchos ángeles –a pesar de lo que dijera el poeta Rilke: “Todo ángel es terrible”- que se revisten de un excelente sentido del humor (para mí no hay un atributo mejor en una mujer que el buen sentido del humor), son mejores conversadoras, inmejorables amantes, grandes bailarinas, gozan de una agudeza sin par que desbaratan-desbaratarían a cualquier “macho”, y, para colmo de males, son suspicaces, veloces, dignas hijas de Palas Atenea, la de los ojos de lechuza. Entonces la belleza se vuelve peligrosa –además de bonita, inteligente, diría un amigo que ostenta el epíteto de misógino-.


Nada peor para la suerte de un hombre que una mujer inteligente (esto sobrepasa cualquier belleza). Y es muy fácil –gracias a la catarsis femenina- que sean muchas las que estén por encima de los hombres. Nada más fácil para una mujer moderna que estar por encima de 87 kilos de músculo y ausencia cerebral. El hombre se ocupa de muchas cosas banales –una de ellas, perseguir mujeres agraciadas a la usanza del modelo occidental-.

La inteligencia, ese otro tipo de belleza, escasea, no es tan frecuente. Y si bien es cierto que la inteligencia, en sociedades machistas como las nuestras, resulta tan peligrosa como la desnudez de una doncella, prefiero ese tipo de belleza, esa belleza centrada en la palabra, en la crítica, en la reflexión. Nada mejor que una mujer que lo haga reír a uno, nada mejor que aquella que sorprenda con suspicacia y elocuencia –no sólo bibliográfica sino también musical, vivencial, humana, amorosa-. Esas son las mujeres dignas para un buen viaje –ojalá el de la vida-, las mujeres que no estarán detrás de todo gran hombre sino delante de él o, por lo menos, a su lado.

sábado, 10 de diciembre de 2011

PENSAMIENTO SEMINAL VS. PENSAMIENTO RACIONAL

Winston Morales Chavarro


No hay nada más estúpido que los extremos. El pensamiento seminal, aquel que identificaba a nuestros abuelos, a nuestros antepasados aborígenes, unifica el mundo, las situaciones, los contextos históricos, erradica los antagonismos, la dualidad: el Tao para los chinos.

El hombre moderno, en cambio, además de rodearse de una serie de creencias artificiales y ataviarse de tradiciones inventadas, apela a los extremos, a las polaridades, a los antagonismos. De allí que exista un dios único y verdadero: Belcebú para los satánicos, Jehová para los cristianos, Alá para los musulmanes: «No hay dios más que Alá y Mahoma es su profeta», dicen los árabes. Los otros dioses, los indígenas, los del antiguo Egipto, los chinos, los celtas, han sido paulatinamente anulados, relegados, sacrificados.

Desde la noche de los tiempos ha existido el expansionismo, el deseo de globalizar al otro. Eso no es reciente, no nació con Margaret Thatcher, con George Bush, padre, (no sé quién de los dos es más estúpido).

El hombre de las cavernas, los griegos, los persas, los romanos, los rusos, los alemanes, han aspirado a anular al otro, a imponer su lengua, su religión, sus costumbres, su dios. Lo hicieron los españoles con los indígenas, los moros con los reinos cristianos, los sajones con los britanos. Es algo inherente al ser humano, al hombre como sujeto, como individuo que aspira al poder -todos aspiramos al poder, sea desde el hogar, la calle, la academia, la política, el género, la sexualidad-.

Muchos creen que nuestros indígenas fueron perfectos, altruistas, que no sacrificaban, que tenían a la mujer en el centro y no en la periferia, que no cultivaban las castas, los abolengos, que no poseían esclavos. Qué yerro: los mexicas (aztecas), se llamaron a sí mismo Pueblo Elegido por provenir de Aztlán, un lugar mítico situado posiblemente al norte de lo que hoy en día es México. Fueron expansionistas, invadían pueblos, saqueaban, sacrificaban e imponían sus costumbres.

Lo propio hicieron los incas, los mayas, lo suyo los tlaxcaltecas, quienes aliándose a los ibéricos destruyeron el imperio de los mexicas; nuestros indígenas demostraron su gran capacidad de adaptación y realizaron un auténtico sincretismo entre sus creencias y las de los españoles. Cristo, la Virgen María y los santos pasaron a regir las actividades que antes favorecían Quetzalcóatl, Xipe Tótec y los demás dioses. No obstante, sean mexicas, zapotecas, chichimecas, incas, taironas, caribes, chibchas, no estaban exentos de enfermedades y de vicios, pensar lo contrario es legitimar un pensamiento racional, occidental, en palabras de Stern, un pensar causal, de inteligencia y mundos visibles.


Sin embargo, uno de los atributos de nuestros indígenas es ese pensar seminal, el de la visión global del mundo, un pensar afectivo, que buscaba la trascendencia.

El hombre real, el americano de hoy, oscila entre el pensamiento seminal y el racional, el de la trascendencia y el de la causa y efecto, el de la realidad total y el de la realidad fragmentada, reducida.

sábado, 3 de diciembre de 2011

EL FIN DEL MUNDO

El fin del mundo

WINSTON MORALES CHAVARRO






No sé si quien esto escribe feneció bajo las llamas aquel no lejano 7 de septiembre (cuando nació un ángel terrible), o si, por el contrario, es la voz y la escritura de un fantasma,- el lenguaje tácito de la muerte, la imagen de un hombre que no termina de diluirse en la memoria del espejo.
No saberse uno vivo, creer, en nuestro ego y arrogancia, que estamos respirando, que todo cuanto nos rodea es tangible a nuestras manos, que los besos, las caricias, los abrazos son tan reales como esa misma certidumbre de la resurrección y el abandono.

¿Y si el fin del mundo es un hecho? ¿Si ese 666 del que tanto nos hablan algunos hombres es posible, y entonces todo lo que creemos como vida y permanencia no es otra cosa que nostalgia, apego, obstinación a la partida? ¿Y si hace mucho tiempo estamos muertos? ¿Si lo que concebimos como cuerpo y alma no es otra cosa que resonancia, susurros del tiempo y el espacio, reflejos de lo que alguna vez fuimos o de lo que pudimos llegar a ser?

Dicen que de cada cinco estrellas que contemplamos en el cosmos una es un sistema solar como el nuestro. Dicen también, que muchas de esas estrellas hace mucho dejaron de existir y lo que observamos de ellas no es sino el reflejo de una luz que no termina de llegarnos. ¿Qué tal que seamos sólo eso, reflejos, meros reflejos, el brillo de otro espejo, el eco de una voz y una memoria cósmica que reverdece en la cabeza de algún dios?

En nosotros se cumple el principio de Heráclito (nadie se baña en el mismo río dos veces). De igual manera, el bañante nunca será el mismo. La mujer que beso, sus labios de ayer, no serán los mismos de hoy. Sus manos, su sexo, su cintura, su cabello serán siempre nuevos para mí, que de igual modo seré otro hoy, distinto al de mañana.

Entonces la virginidad será siempre posible. La mujer que se entrega con calor a mi boca, así haya sido amada por cien hombres, será limpia y transparente en el hoy, pues el río de Heráclito le da la potestad de ser nueva y renovarse con la llegada de la noche. ¿Cuántas de nuestras células mueren hoy y cuántas se regeneran o renacen mañana? Por eso un beso nunca será el mismo -una virtud del amor-, un abrazo nunca será el mismo, las explosiones e implosiones del amor tienen la facultad del ahora, del presente, del aquí. Allí está la eternidad, lo perfecto, lo inconmensurable. El ser humano es inmortal, renovación, calcinación, putrefacción, fuego vivo.

El fin del mundo es todos los días. Todo lo que sube necesariamente tiene que bajar, todo lo que llega pasa, todo muere, todo se transforma.
Al margen de escrituras apocalípticas, de noticias catastróficas, de episodios bíblicos el ser humano se mueve entre el Eros y el Tánatos. La vida no es posible sin la muerte y viceversa. Esa complementariedad es innegable y de hecho necesaria. Por eso, creo que el fin del mundo está en el hombre, en sus venas, en su arteria henchida de sangre. La muerte está en nosotros desde que nacemos, la llevamos en nuestras manos, como una grafía, como una cicatriz. Desde que nacemos llevamos la muerte sobre nuestros hombros, es y será el último traje, el último trago, nuestra última bebida. La muerte es el fin, pero también el principio

lunes, 28 de noviembre de 2011

EL EFECTO MARIPOSA

El efecto mariposa



Dicen los más entendidos en asuntos de misticismo que el aleteo de una mariposa en Sacramento, Estados Unidos, puede provocar un tsunami en el Japón. Este principio, llamado comúnmente Ley de Causa y Efecto, tratado generosamente por la filosofía hermética a comienzos de la historia egipcia, pierde un poco de solidez ante la teoría de incertidumbre o principio de indeterminación, planteada en 1927 por el físico alemán y premio Nobel a los 31 años de edad, Werner Heisenberg.

El principio de incertidumbre, entre otras cosas, sostiene: «...es imposible medir simultáneamente de forma precisa la posición y el momento lineal de una partícula, por ejemplo, un electrón. El principio, también conocido como principio de indeterminación, afirma igualmente que si se determina con mayor precisión una de las cantidades se perderá precisión en la medida de la otra, y que el producto de ambas incertidumbres nunca puede ser menor que la constante de Planck, llamada así en honor del físico alemán Max Planck...»

Pese al principio de incertidumbre -y dando fe a la Ley de Causa y Efecto, trazada por Hermes Trismegisto-, podemos afirmar que todo lo que está aconteciendo en el globo terráqueo: los tsunami, los Wilma, los Katrina, el fenómeno del niño, los terremotos en Pakistán, en México, el que tarde o temprano (si el tiempo circular de los mayas es inexorable: los sucesos tienden a repetirse) ocurrirá en Neiva; las sequías, las inundaciones, el fenómeno de invernadero, etc., etc., etc., son el efecto de causas bien conocidas: La contaminación ambiental, las pruebas nucleares, el exterminio de algunas especies, el holocausto judío, la guerra en Irak, el jugar a los dados con el universo -para la física cuántica todo está vivamente interconectado- .

El hombre juega a ser Dios y en ese juego, donde trata a la naturaleza como objeto y no como sujeto, negándole su función de madre pensante, reflexiva, extirpa de ella (como si fuera un aborto) las bondades del petróleo, explota los recursos desmedidamente, le quita la tierra, la de ellos, a los indígenas del Cauca, destruye la capa de ozono, hace prácticas submarinas, causantes, tal vez, de los 22 huracanes que van registrados en la temporada última.

La Tierra, el planeta Tierra, como organismo vivo y pensante, en medio de sus intentos de equilibrio y ordenamiento, tal como lo hace el cuerpo humano cuando padece insuficiencias cardiacas o sufre desequilibrios en el sistema nervioso, trata de acomodarse, de autorregularse, de allí los temblores, los terremotos, los maremotos, el calentamiento global; ya ni siquiera en Cartagena es posible determinar el clima por simple observación.





Lo más apremiante, hablando de nuestra Colombia, es preguntarnos si las ciudades del país están preparadas para un terremoto, para inundaciones futuras, para incendios, para escasez -como en la Península de Yucatán- de agua, de suministro eléctrico.

Nuestra ventaja -y también desventaja- es estar cerca y lejos del mar. Sin embargo, cuando se rompe el cielo, cuando llueve con la furia de Poseidón y Eolo juntos, como ha ocurrido en los últimos días, Colombia se inunda, parece un río, se vuelve navegable. ¿Está Colombia preparada para El Efecto Mariposa, para el aleteo de un cucarrón?

domingo, 20 de noviembre de 2011

PASEOS DE OLLA






Extraño los paseos de olla, aquellos periplos al río, en donde lo común era la comitiva, el almuerzo de barrio, la compra colectiva de gallina, yuca y arroz. Eran los años de nuestra puericia, el encuentro fortuito con nuestra vecina de cuadra, aquella muchacha que, como diría Marcel Proust, estaba a flor de piel, se encontraba en sus años mejores, cuando su cabello parecía una enredadera de perfumes y sus curvas fragorosas provocaban tantos accidentes en nuestro humano vehículo.

Rememoro también, esas comitivas a las alturas del barrio Calixto, en donde hermosos chaparros nos resguardaban con su sombra y hacían más apacibles nuestras conversaciones, casi todas acompañadas de escenas concupiscentes, donde lo normal era el temblor, el mucho temblor, el sudor, la humedad. Les van a brotar pelos de las manos, recuerdo que sentenciaba, con cierta ironía, la abuela Isabel.

La creatividad se nos salía de la ropa. Eran los días del “importaculismo”, en donde cobrábamos sueldos de hijos y después de desayunar quedábamos desocupados. Ninguna preocupación nublaba nuestro cielo: no existía el X-box, el Internet, la tele por cable. Entonces leíamos a Kaliman, Arandú, El Santo, Superman, El hombre araña. Jugábamos al soldadito libertador, al teléfono roto –allí supe, lastimosamente, que una vecina había perdido su virginidad-, al ponchado, la 21, el escondite americano (donde el premio consistía en un ansiado beso a la niña más agraciada del sector).

Hoy por hoy, los paseos de olla –por lo menos en las modernidades periféricas- han sido remplazados por una canasta virtual (el teléfono celular, el computador, el Internet, las agendas digitales, la música en formato Mp3) y los centros comerciales. Entonces la gente se apiña en El Éxito; el Éxito parece un mar, un océano de automóviles y motos. ¿Dónde cabrá tanto individuo? -me pregunto-, mientras una estela de llantas y espejos se difumina en la distancia. Ese paseo de domingo se ha traslado al Caribe Plaza (Cartagena), al Perisur (Ciudad de México), al San Pedro Plaza (Neiva); la gente tiene la ventaja de resumir todas sus aspiraciones y expectativas en quinientos metros cuadrados. Allí se encuentra desde una llanta hasta un granizado de café, desde una bicicleta para bajar de peso, hasta una memoria usb. Cosa seria, La Caverna de José Saramago se ha quedado pequeña. Ese No Lugar en donde todo el mundo se encuentra (incluso el viejo elefante de izquierda hace sus compras allí, mientras ostenta una camiseta que dice: ¡abajo el TLC!, y se ufana de odiar el imperialismo), nos hace más fácil las cosas, nos resume la felicidad, nos garantiza el bienestar y el confort.

Qué curioso, los centros comerciales, como el río, no son excluyentes. Allí convergen hombres de izquierda y de derecha, se cruzan el ateo, el agnóstico, el cristiano. El río nos ofrecía sus aguas, el centro comercial su océano de mercancías. En los dos, lo que importa es la entrega, la disposición a desnudarnos.

En el río quedábamos a merced de la corriente, en el centro comercial en manos del consumo y la compra. En el río deseábamos SER, en este último deseamos Tener –y entre más, mejor-. Parece que esa sentencia del viejo Heráclito de Éfeso está más vigente que nunca. Si antes decíamos Nadie se baña dos veces en el mismo río, hoy debemos decir: Nadie compra la misma mercancía dos veces: el valor nunca será el mismo, el comprador tampoco. Todo es movimiento y cambio, cambio y movimiento en las aguas de la historia.

domingo, 13 de noviembre de 2011

RÍO DEL ORO (RÍOLORO)

Río del Oro


WINSTON MORALES CHAVARRO

A falta de uno, tuvimos cinco. A falta de agua, como en los desiertos o ciertas regiones tórridas del país, tuvimos litros de agua, «toneladas» de agua, cristales de agua, pléyades de agua, bocas de agua, pechos de agua, cabelleras de agua.
Neiva es una de las pocas poblaciones -acaso la única del mundo- que nació y creció rodeada de cinco ríos. El río del Oro (Rioloro, Ríooloroso, Río loro, como quiera llamarse); El Magdalena (Yuma: Río amigo); Las Ceibas; la quebrada Curíbano -no sé si sea la misma Toma-; el Arenoso, a las afueras de la ciudad, en la vía que de Neiva conduce a Campoalegre.

En menos de 50 años, los pobladores del Valle de las Tristuras -los españoles debieron llamarnos Villa Agua- han acabado con cuatro ríos y se empecinan en destruir el último -el Magolo, como jocosamente lo llama el poeta Esmir Garcés-.
Hace medio siglo, el Río del Oro -para hablar solamente de uno- llegó a ser una importante ruta para la pesca, la caza, la diversión, como lo fue en su momento el Magdalena, que ahora es solamente navegable en el tramo próximo a su desembocadura.

Mi abuelo, Misael Morales, fue muchas veces -aunque ustedes no lo crean- uno de los tantos damnificados del Río del Oro (ya ni siquiera Las Ceibas poseen tales crecientes). Cuando el Río del Oro, llamado así porque muchas eran las personas que buscaban oro en sus cuencas, se crecía, desbordaba su cauce, buscaba muchachas hermosas -en sus adentros estaba el Mohán- todos los pobladores de sus riberas, ahora habitantes de Quebraditas, Pozo Azul, Santa Isabel, Barrio Bogotá, entre otros, tenían que abandonar sus pequeñas habitaciones, sus casas y buscar terrenos secos y sólidos para comenzar una nueva vida.

Mi abuelo habitaba en lo que ahora es la carrera 13 con calle 1. Poseía una flota de burros -cinco en total- a la que los vecinos del lugar llamaron Flota Cagajón -tremendos celos debieron sentir los propietarios de Coomotor-. En esa pequeña escuadra de pollinos, el abuelo, en compañía de Alfredo (mi padre) y Rodolfo Morales Trujillo, mi tío, cargaban arena, piedras, cemento, los cuales eran vendidos a los maestros de la construcción, los mismos que levantaban, por aquella época, las puertas y ventanas de una ciudad que florecía.

El Río del Oro, mirado ahora con desprecio y sin ningún tipo de contrición, era motivo alegre para la realización de paseos, comitivas, almuerzos de río, enamoramientos. En sus charcos (Charco de la virgen, Charco azul, de las pelotas, de los carabineros, de la piedra, Charco de los cajones) fueron muchos los que se ahogaron, pero también muchos los que nacieron -allí debió hacerse el primer censo de la ciudad-, se divirtieron, nadaron, comieron, procrearon, crecieron y fenecieron.

Ahora Neiva no tiene agua, muere de sed, se retuerce de calor. La temperatura de la ciudad, a veces equiparable a los 45 °C de cualquier desierto (y esto a la sombra) nos agobia, nos flagela, nos bautiza con el apelativo de Celios (¿qué poeta puede escribir bajo el sol de las dos de la tarde? Ahora imagínenlo haciendo el amor).
De cinco ríos nos queda uno: el Magolo. De cinco, uno se muere paulatinamente. Los demás dan tristeza. Ceibas sin ceibos, Arenoso sin arena, Río del oro sin oro, La Toma cargada de excremento y concupiscencias humanas.

Cabelleras de viento, bocas de viento, pechos de viento. Ni una sola gota de agua, ningún río, escasa corriente para navegar desnudos montados en la belleza del paisaje, en las doncellas del agua que alguna vez nos sedujeron.

sábado, 13 de agosto de 2011

SOBRE LA CIUDAD DE LAS PIEDRAS QUE CANTAN



LA CIUDAD DE LAS PIEDRAS QUE CANTAN
PEDRO ARTURO ESTRADA.

La poesía de Winston Morales Chavarro recobra el aliento de nuestros orígenes en cantos, más que poemas a la manera tradicional, plenos de armoniosa solidez, enigma y memoria ancestral. Poesía inscrita en la milenaria visión mítica sagrada de los grandes pueblos que precedieron nuestra historia.
En esta escritura se exalta y se revela sin embargo, la permanencia del espíritu humano, la naturaleza y “sobrenaturaleza” de su ser cósmico siempre vigente más acá de los avatares del tiempo y su devenir histórico. Poesía que rebasa el canon intimista y acoge de nuevo la voz profunda de una humanidad que aún no ha olvidado su ascendiente celeste y desentraña en las piedras, los muros, la selva, el polvo de los siglos, la olvidada melopea solar de sus dioses.

domingo, 12 de junio de 2011

A manera de exordio: El misterio de la existencia o la estética de incertidumbre

A manera de exordio:
El misterio de la existencia
o la estética de incertidumbre

Emilio Ballesteros Almazán



Todo ES por el recuerdo, todo se debe, se restablece, se configura en la masa esotérica de un numen sideral —nos dice en una de sus reflexiones el protagonista de la novela. Y como si esa declaración de principios revertiera sobre el propio artificio del relato, la subjetividad va a marcar el desarrollo de los hechos. Con el contrapunto objetivo de las cartas encontradas en la maleta de la muchacha muerta y un par de anotaciones al margen de la narración en primera persona del protagonista (la nota de prensa de la agencia S en Bogotá y el pasaje en que se constata la experiencia del agente F. Muñoz en Villa M y su recuerdo de un servicio en Algeciras en el que el azar lo libró de la muerte que esperaba a sus compañeros a manos de la guerrilla), toda la novela se sustenta sobre los recuerdos y las reflexiones del protagonista. Lo que viene a redundar en las propias ideas de éste, que no valora tanto los hechos objetivos, discutibles en su "realidad", cuanto las propias interiorizaciones de los mismos.

La vida como juego de espejos (los mismos por los que desaparece el piquero de patas azules o en los que el protagonista no se refleja, como si de un vampiro o un espectro se tratase). Universos paralelos que se cruzan, dimensiones extrañas en las que el espacio—tiempo se curva y el niño X, asesinado por el propio narrador sin que el hecho ocasione el más mínimo eco en su entorno, se confunde con su sucesor x (niño también y parecido al anterior) como "amadrinado" y amante de la vieja profesora de matemáticas o con el propio amante de la esposa del protagonista al que éste consiente en secreto sus relaciones… La realidad confundiéndose y cruzándose, cambiando siempre como los cuantos de energía y supeditada al enfoque del sujeto que observa. Tal como diría la moderna física cuántica, es el principio de incertidumbre el que rige todo y nada puede ser analizado al margen del que observa que, necesariamente, influye en lo observado. Y no olvidemos que, al fin y al cabo, tal y como Frijot Capra explica en su libro "El tao de la física", la ciencia occidental está empezando a descubrir (por una vía diferente) cosas que en Oriente las distintas místicas ya sabían hace mucho tiempo: el tao, el zen o el sufismo (la mística que más ha influido en el pensamiento occidental, como demuestran autores como Asín Palacios, Robert Graves o Idries Shah, aunque occidente, prisionero de sus prejuicios racionalistas y prepotentes, haya desvirtuado muchos de sus conocimientos aprendidos)

Realidad al límite, que pone en cuestión el propio sentido de la existencia y acude al valor supremo de la muerte como camino y transición, y también como culmen de la vida (el orgasmo cósmico en que se fusionan la oscuridad y la luz, en palabras del protagonista). Límite incluso en las relaciones sexuales, repletas de morbidez, que incluyen desde el adulterio consentido hasta la necrofilia y el sexo con el cadáver de 70 años de la que fue su amante en vida (y ésta tenía cuarenta años más que él). Experiencias anómalas en un mundo sin certidumbres en el que una chica joven y hermosa que yace en La Morgue guarda en su maleta discos (todos de Coldplay) y cartas a su padre escritas desde Irlanda en las que habla de William Butler Yeats o del abatimiento que le ha producido un atentado terrorista en Bogotá, apenas unos días antes de morir ella y que el narrador (y protagonista, no lo olvidemos) ve en ella a otra chica que murió a su vez víctima de otro atentado en Villa M. La realidad cotidiana, de nuevo, más incompresible, más irracional, más incierta que el extraño mundo de misteriosas "otras orillas", supramundos y universos paralelos en el misterio de la existencia.

Sinestesias que superan lo racional (Mi padre aseveraba que el hombre de antaño poseía una extraña fusión de sentidos cuyo propósito final se confinaba en un sentido suprasensorial que captaba el lenguaje cifrado de las cosas). Escatología en sus dos acepciones: la relacionada con la trascendencia y la que se refiere a lo repulsivo. Ambiente gótico, barroquismo en el que a veces brilla un pincelazo de Calderón (la muerte como sueño, el sueño como muerte y ambos como vida), o uno del existencialismo de Camus (el destello del revolver hace recordar en cierta ocasión El extranjero), pero es, en conjunto, una narración inquietante y compleja que se adentra en los terrenos tanto de la psicología profunda como de la física moderna (la relatividad, la física cuántica…) y que, como en la ciencia más actual, tiene su paradigma principal en la incertidumbre y su fuerza singular en el misterio.



Emilio Ballesteros Almazán

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El tiempo suspendido. Sobre Dios puso una sonrisa sobre su rostro de Winston Morales Chavarro, por Francisco Javier Cubero

El tiempo suspendido.

Sobre Dios puso una sonrisa sobre su rostro de Winston Morales Chavarro,

por Francisco Javier Cubero




Siempre que algo parte encuentra una mirada
que lo persigue hasta su último destello.
María Zambrano

Quien ha superado el miedo puede creerse inmortal;
quien no lo conoce, lo es.
E. M. Cioran.



Ha escrito Gilberto Triviños un breve y muy interesante trabajo titulado "La metamorfosis de la muerte en la poesía de Darío, Huidobro y Parra"(1), y empiezo citándolo porque me parece un buen contrapunto que contrasta con la esencia de la novela de Winston Morales Chavarro y porque tomo de sus citas dos fragmentos que Triviños presenta en un contexto de tradición occidental matizada con una selección de textos latinoamericanos: el primero es la frase de Cioran que precede este párrafo; el segundo, es el fragmento de Amado Nervo que reproduzco a continuación:

Y aquel fantasma negro, que miraba temblando
yo antes, blandamente se fue transfigurando...
En la pálida faz del espectro, indecisa
como un albor naciente, brotaba una sonrisa;
brotaba una sonrisa tan cordial, de tal suerte
hospitalaria, que me pareció la Muerte
más madre que las madres; su boca, ayer horrible,
más que todas las bocas de hembras apetecible;
sus brazos, más seguros que todos los regazos...
¡Y acabé por echarme, como un niño, en sus brazos!

"Tanotófila"

Sirven las dos citas para una primera aproximación, casi en negativo fotográfico, de lo que supone el texto de un poeta que no abandona su oficio al abordar la novela, sino que la enriquece con un aura poética sobre la que más adelante se tendrá que insistir. Winston Morales Chavarro asume un riesgo claro, se aleja de la tradición occidental de la muerte, de las representaciones apocalípticas, del lenguaje del miedo; esta novela nos habla de la muerte, sí, pero de la vida de la muerte, de una presencia intangible que no ha de alcanzar definición concreta en tanto no puede ser delimitada. "Más madre que las madres" para un narrador insólito muy cercano a ese "niño [que se arroja] en sus brazos".



Silencio a través de la música, o viceversa

La música irrumpe en la narración desde el primer momento, desde la misma cubierta de una obra orquestada con diversos materiales que se encuentran en un ritmo, con un nombre: Coldplay. Una primera tentación para el lector, compartir un espacio y un tiempo cifrado en una música concreta que, por otra parte, no es condición imprescindible para la lectura. Y no lo es, aunque dibuje rasgos importantísimos de la muchacha muerta y de su ambiguo narrador, porque el sonido no lo es "porque sea perceptible [...] el sonido es por la memoria". Sin embargo, queda abierta la posibilidad de escuchar la música nostálgica del grupo británico para volver a comprobar como la música se funde en el silencio, o lo construye, un silencio medido por recuerdos que configurarán el espacio desnudo de la morgue.

La música, por otra parte, guarda una estrecha relación con los números y los números aparecen explícitamente en la novela, el tres en especial, no limitado a la simbología de una cultura concreta, sino abierto a distintas tradiciones y a distintas percepciones que no pretendo acotar en esta divagación lectora. Al abordar el texto de Winston Morales Chavarro vuelvo a reconocer mi reticencia hacia los estudios académicos al uso, hacia las opiniones fundamentadas en "alguna autoridad" que proponen lecturas unívocas o que diseccionan un cuerpo vivo en el ejercicio de autopsias homicidas. Prefiero dejarme llevar, no explicar nada, sino intentar complementar el texto con sensaciones de lector y no de crítico.

Mientras leía, entre las sensaciones, tracé una conexión con "otra" metamorfosis, la de Kafka, a través de dos lectores con (y en) circunstancias muy distintas: Vladimir Nabokov y Juan Diego Incardona.

Recordé a Nabokov por su acertada apreciación de que el número tres era especialmente importante en La metamorfosis, pero también por la afirmación "procuro siempre no exagerar el valor de los símbolos; porque una vez que separamos un símbolo del núcleo artístico del libro, perdemos todo sentido de la fruición [...] los símbolos pueden originales, o pueden ser trillados y estúpidos. Pero el valor abstracto de un logro artístico no debe prevalecer nunca sobre su vida hermosa y ardiente".(2)

La música de Coldplay y la presencia de ciertas cifras en la novela de Winston Morales Chavarro tienen un indudable valor abstracto que, por supuesto, no debería prevalecer sobre el conjunto de la obra.

Por otro lado, Juan Diego Incardona al comparar La metamorfosis y América señala:

"Creo que los personajes kafkianos han sido condenados a vagar en la eternidad por una zona intermedia. La zona que he denominado frontera, línea de tensión copulativa y disyuntiva a la vez. Y si alguna salida hubo en estas obras fue la muerte de Gregor Samsa-animal. Sin embargo, no creo que la muerte sea una salida. Creo que la muerte es la muerte".(3)

La afirmación final queda atenuada por un "creo que" inevitable ante la idea de la muerte y ante la intuición de esa "zona intermedia" en la que no sólo viajan los personajes de Kafka, sino también los personajes del autor de Dios puso una sonrisa sobre su rostro. Sin embargo, existe una diferencia esencial entre esta novela y las obras citadas de Kafka, en aquéllas existe un viaje, un cambio de estado que implica un proceso temporal; en ésta el proceso carece de tiempo, su zona intermedia se ubica en el espejo o en la memoria, la imagen reflejada o transmitida, frontera una vez más; aunque no necesariamente como lugar de paso, sino como "realidad al límite, que pone en cuestión el propio sentido de la existencia", según señala Emilio Ballesteros en una de las primeras aproximaciones a esta obra.

La música en la morgue es parte de una memoria colectiva, es un espacio común en el tiempo suspendido, es el silencio en el límite de nuestra realidad oscura.



Tres miradas

A pesar de lo comentado en párrafos anteriores, es inevitable hacer referencia al tríptico estructural de géneros que articulan la narración: monólogo, poesía y epístola. Los tres modos de escritura son trenzados para expresar realidades complementarias que señalan puntos de confluencia reconocibles. El monólogo del protagonista ordena una experiencia propia a través de la memoria y de un tiempo cifrado en cartas escritas por una adolescente muerta que contienen, entre otras reflexiones, fragmentos de poesía inglesa. Los tres géneros implican soledad y unas miradas que no rehuyen la subjetividad en la expresión. En los tres vive la muerte y vibra un presente sin solución de continuidad, "lo que sucede una vez, sucede para siempre", o está siempre sucediendo. Las tres visiones de la realidad no son la realidad, pero la realidad está presente en referentes comunes. Neiva es el destino de las cartas, la ciudad de la morgue, el escenario de la violencia, la ciudad que tuvo cuatro ríos y ha sido "capaz de destruir tres".

La fragmentación en tres géneros para expresar tres formas de mirar o de abordar lo que se contempla, se amplia en la segmentación interna y numerada de cada uno de los capítulos, pero las continuas regresiones, los cambios de escena o las elipsis no se ajustan a la estructura de los párrafos. La disposición formal recuerda la relación que se establece entre las distintas obras de una misma exposición en una galería de arte, piezas breves cuyas composiciones o tonalidades ofrecen su "impresión" y al mismo tiempo provocan una "expresión" del conjunto. Piezas estróficas de un poema mayor convertido en novela, yuxtapuestas más que subordinadas, de un collage en suspensión armónica.



Los espejos

Pero la realidad puede no reflejarse en el espejo, o atravesarlo, puede viajar al "otro lado". Porque la realidad acaba siendo un múltiple conjunto de percepciones únicas, una suma de tiempos y de espacios de engañosa nitidez. Por eso es precisa la mirada "desde las aguas oscuras de los vidrios", el prisma que descompone la luz "blanca" en los colores del espectro, esas gotas de lluvia, aguas oscuras de los vidrios. "Todo eso puede ser la realidad, pero también un vacío lleno de resonancias":

"Toda muerte va seguida de una lenta resurrección, que comienza tras el vacío irremediable que la muerte deja"(4).

El relato no sólo es un collage de percepciones y de géneros, sino también una fragmentación medida en instantes refractados como la luz, unos se reflejan y otros no, pero todos son parte de la luz blanca y "¿qué es la muerte sino exceso de luz?", nos dice el protagonista.

La luz, tradicionalmente, se vincula al nacimiento en ese "dar a luz" que se "completa" en la oposición de esa mano que cierra los párpados del muerto. Pero dice María Zambrano: "sólo da vida lo que abre el morir"(5), y Winston Morales Chavarro no pone o quita luz, abre los ojos, mira con atención, propone reflexionar serenamente. El "exceso de luz" no es paradoja, es una nueva invitación a revisar nuestras ideas sobre lo verdadero, porque "la nueva verdad se encuentra en los límites de lo inteligible"(6).

Hablar de la muerte, citar a María Zambrano, parece sugerir un entorno filosófico concreto, no es así. La novela avanza con un tema central controvertido, pero no deja ser novela en ningún momento. Las reflexiones del protagonista abren paso a una trama que atrapa al lector, por sus interrogantes, pero también por la multiplicación de la vida en los espejos, o de la muerte a través de ellos.



Cotidiano mundo extraño

Dejo la ambigüedad de los personajes y de sus acciones intacta para el lector. La omnipresencia e intangibilidad del protagonista nos conduce a "un estado de conciencia", son palabras del propio autor. La preponderancia del sentido de la vista nos habla de un mundo de imágenes capturadas por una cámara fría que lo recorre todo con su objetivo implacable en medio de un silencio impuesto por el volumen de la música. Los auriculares nos aíslan parcialmente, descontextualizan la visión, seccionan la realidad.

En 1912 aparecía Morgue y otros poemas, de Gottfried Benn, rotura espiritual de una tradición clásica y humanística a manos de un expresionismo que cuestionaba definitivamente los conceptos tradicionales de belleza o de verdad. El arte ya había iniciado mucho antes su alejamiento de la estética decorativa que imponía el mundo burgués, pienso en las pinturas negras de Goya, también en sus Desastres de la guerra. Gottfried Benn veía publicado su libro dos años antes de la primera gran guerra del siglo XX, pero la guerra ya estaba en el ambiente. En "La novia del negro" se percibe esa cámara fría que recorre la morgue de Neiva:

Y ahí, sobre cojines de sangre oscura, descansaba
la nuca rubia de una mujer blanca.
El sol le ardía en los cabellos,
ascendía lamiéndole los muslos blancos,
se arrodillaba ante sus pechos más morenos,
todavía no desfigurados por vicio y partos[...](7)


No creo que la sugerente novela de Winston Morales Chavarro, abierta a mil lecturas, pueda separarse del contexto bélico que asola no sólo la vida colombiana, sino también otros muchos frentes abiertos en esta fragmentada y continua guerra de guerrillas que es el terrorismo internacional. No se trata de una novela sobre la guerra, sino sobre la vida (o la muerte, si se quiere diferenciar), pero el estado de conciencia que late en sus líneas tiene mucho que ver con este ciclo bélico. El de un mundo en un tiempo suspendido que deberá revisar las periodizaciones, porque el Romanticismo no ha concluido todavía, Dios puso una sonrisa sobre su rostro es una obra romántica —en el mejor sentido literario—, rebelde y llena de sugerencias, con algunos trazos rotos que, sin duda, la hacen aún más humana, más interesante.

Para concluir esta breve e incompleta suma de sensaciones incluyo un fragmento de "Nada hay que lamentar", poema de Gottfried Benn escrito en 1956, del que transcribo la segunda mitad. Por supuesto, será imprescindible que lean la novela de Winton Morales Chavarro, después hablamos...

Llevamos en nosotros la semilla de todos los dioses,
el gen de la muerte y el gen del deseo:
quién las separó: las palabras y las cosas,
quién los mezcló: los tormentos y la cama
sobre la que estos encuentran su fin, madera con arroyos de lágrimas:
por unas horas, hogar miserable.

Nada hay que lamentar. Demasiado lejos, demasiado extenso,
demasiado inasibles la cama y las lágrimas,
ni sí ni no,
nacimiento y dolor del cuerpo y fe,
un borbotar sin nombre, un deslizarse fugaz,
algo supraterrenal, que surgió en sueños,
conmovió la cama y las lágrimas...
¡Duérmete!





NOTAS

(1)Triviños, Gilberto. "La metamorfosis de la muerte en la poesía de Darío, Huidobro y Parra". Disponible en:

http://www.uchile.cl/cultura/parra/estudios/metamorfosis.html

(2)Nabokov, Vladimir. Curso de literatura europea. Barcelona: Ediciones B, 1987.

(3)Incardona, Juan Diego. "América y La metamorfosis: Dos viajes kafkianos hacia la frontera". Disponible en:

http://www.eldigoras.com/eom03/2003/tierra19jdi05.htm

(4)Zambrano, María. El hombre y lo divino. México: FCE, 1973.

(5)Zambrano, María. Claros del bosque. Barcelona: Seix Barral, 1977.

(6)Zambrano, María. Hacia un saber sobre el alma. Madrid: Alianza editorial, 1987.

(7)Benn, Gottfried. Antología poética. Edición bilingüe de Arturo Parada. Madrid: Cátedra, 2003.

sábado, 4 de junio de 2011

APROXIMACIONES A LA POESÍA DE WINSTON MORALES CHAVARRO

Temps era temps
o las infinitas formulaciones
de una misma pregunta
sin respuesta


Rodolfo Lara Mendoza



La búsqueda de alguna verdad o cualquier dicha (la torre que en las palabras del poeta nos pertenece, pero que ahora se encuentra derruida), la búsqueda de respuesta a una siquiera de nuestras incontables preguntas: ¿Quién trazó el mapa de esta geografía? ¿Qué extraño daimón interpuso la violencia entre sus ruinas? , así como la búsqueda de un culpable ante esta solapada guerra, tienen en común una dificultad que se deriva de la inmediatez, de lo cotidianas que nos resultan ser estas cosas, de esa cercanía que nos mantiene cegados, y el temor de reconocer el mundo (lo que ha sido, lo que es y lo que será) como el más fiel reflejo nuestro, la consecuencia más terrible de nuestro accionar.

Quizá por eso, en el poema de Winston Morales Chavarro, ese mundo se nos revela como una eternidad de fiesta, de crimen y escarnio, reflejada sobre el espejo cambiante de un río, "Un río universal que Viene -como nos lo enseña el poeta- por debajo de los pisos, Y nos recuerda que estamos hechos Sino de las mismas cosas Sí del mismo elemento". Y es ese elemento que fluye -muy a pesar de nuestro desconocimiento de su origen y su desembocadura- el mismo que a ratos finge también quedarse detenido; pero que incluso así, como en Temps era temps que descansa en tres grandes lagos, sus aguas en apariencia tranquilas mantienen bajo su superficie un desatado furor.

Un furor de mundo que el poema nos descubre hecho de herrumbre.

Un furor de hombres que el poema nos enseña hecho de sombra.

Y otro de destino que, hecho de herrumbre y de sombra, nos recuerda aquel tropiezo primero, aquella primera caída donde todo se quiebra y tras la cual el cielo se oscurece y sangra, y donde la Erinia nos reclama por aquella palabra o gesto, esbozados en qué lejana mañanía: la inocencia de haber perdido la inocencia, de haberle disputado algo a la divinidad.

Divinidad que en el poema es fiesta "algarabía de un río profundo que."

Divinidad que en el poema es eco "historia de un olvido que." y emperatriz-demiurgo que teniendo en sus manos la cara del cosmos, baraja infinitas formulaciones para una misma pregunta sin respuesta, para cada "qué" y su terrible consecuencia.

Pero esta fiesta, este eco y este ensimismamiento de la sacerdotisa ante el altar, este todo que el poeta nos descubre presente en una siquiera de sus partes, ya en el número limitado de la baraja, o circulando por los trazos invisibles de una mano enferma (acaso la propia mano del poeta); todo esto nos lo enseña además, contagiosamente infectado de divinidad, y pronuncia las palabras "carne", "aurora", a sabiendas de que a espaldas de ellas pervive, agazapada, una misma realidad. El gesto de un hombre que son todos los hombres, la caída de uno -diría Borges- padecida por toda la humanidad.

Porque en Temps era temps, se mira reflejado un mundo, que extasiado en esa contemplación, resbala hacia a un abismo donde el tiempo, las edades, se funden y confunden en un inabarcable presente en el que flotan por igual lo antiguo y lo moderno y lo clásico, en conjunción con este miedo padecido al descubrir -gracias al poema o por su culpa- que el río de Heráclito el oscuro, aun cuando en apariencia no fluya, aun cuando alguna vez se revele detenido, refleja siempre los contornos de su cauce, la maravilla que resbala sangrante desde sus riberas: espejo para impedirnos ver el fondo, el mito entre los mitos, el delirio de no saber qué es el tiempo, desde qué colina lejana se desprenden sus aguas, qué extensiones salobres alimenta, así como alimentamos nosotros nuestra angustia al sospechar, que somos tan sólo una ficha más del juego que el demiurgo se disputa en solitario, y pierde.



Rodolfo Lara Mendoza



Winston Morales Chavarro:
de visita a un universo

Ronald Carvajal Vanegas
Especial La Nación



Los seres humanos viven a menudo profundas metamorfosis como la sucedida a Gregorio Samsa, el personaje lleno de dudas y búsquedas de la novela La Metamorfosis, de Franz Kafka.

En esa búsqueda interminable, los hombres febriles se lanzan motivados por una fuerza espiritual trascendente a encontrar algún significado que adquiera un valor auténtico para su existencia; eso ha representado la literatura para el escritor Winston Morales Chavarro, quien ha visto pasar sus años literarios en medio de las inseguridades y rupturas de la sociedad colombiana contemporánea.

A pesar de esas revelaciones literarias que en la actualidad han convertido a Winston Morales Chavarro en uno de los más reconocidos escritores de la región y de Colombia, hay que valorar el hecho de que todo nace o se origina desde su infancia tranquila en Neiva, en donde a los cinco años, mientras dormía bajo el regazo de sus padres, se había despertado inquieto y encontró a un gato negro bebiendo plácido los orines de la bacinilla de porcelana y luego de alertar con su presencia al animal vio cómo este se esfumaba por la rendija del lavaplatos sin poder dar explicación alguna, así lo afirma Winston mientras Borges, Rimbaud y otras fotos de poetas alimentan el espíritu literario de su vieja, pero bien conservada casa en el centro de Neiva.

Esa experiencia casi metafísica y onírica marca una nueva sensibilidad y curiosidad permanente en él que acaba de develarse con la lectura de autores como Stevenson, Verne, Salgari, Fleming o las viejas colecciones de El Santo, Arandù, Kalimán y muchos otros comics que su padre comprara casi de manera pervertida. A partir de ese descubrimiento busca nuevos rumbos y escribe a sus diez años un cuento muy peculiar llamado "Roberto El Loro", recordado por el escritor con una estruendosa carcajada, muy bufonesca y relajada.

Esta revelación infantil, que se asume con el paso del tiempo, es premonitoria para hablar del paso febril que vivió el hombre de Schuaima (Schuaima Sapiens) sobre su cicla o caballito de acero, al decidir abandonar el ciclismo, en el cual logró algunos premios departamentales, para dedicarse a la música y la mirada serena de los libros de literatura. Quizás su carrera como figura del ciclismo huilense terminó en la adolescencia, pero sin ninguna duda, esa aventura sobre los pedales le dejó un extraño sabor a victoria.

Así como el tiempo avanzó sin dudar, Winston se lanzó a explorar otros universos distintos a los de la literatura; su gusto por la radio y en especial por el Rock en español lo llevaron a conformar a finales de los ochenta un grupo llamado Ciegos y Vampiros. Por su habilidad para proyectarse a otras esferas, el escritor encontró el espacio para ser primero operador de radio y al poco tiempo vincularse como locutor de algunas estaciones de FM que en ese momento traían los nuevos aires de la música juvenil. Winston habla de sus preferencias por grupos como Los Toreros Muertos o cantantes como Claudio Baglioni.

De su experiencia como estudiante, Winston Morales no habla mucho; hace mucho énfasis en sus estudios de Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Jorge Tadeo Lozano o en la Escuela Inpahu. Allí Winston Morales nos explica que empezó a incursionar de manera definitiva en el campo de la literatura, motivado por su maestro Enrique Serrano y atraído por su admiración hacia escritores como William Blake, William Yeats, Oscar Milosz, Kafka, Camus y Joseph Conrad, pero que motivos económicos obligaron a su regreso a Neiva. Por eso en 1995 se vincula al recién fundado programa de Comunicación Social y Periodismo —del que prefiere no hablar— en la Universidad Surcolombiana con el ánimo de terminar una carrera profesional.

La vinculación formal con la academia confrontada con su terquedad e insistencia por construir un mundo literario en un laboratorio de "Científicos Sociales" lo hizo enfrentar a situaciones adversas con los docentes; por esas razones el escritor se adentra en el mundo de la poética , camino que lo conduce a la búsqueda metafísica y humana, a la subjetividad-objetiva, como él dice, al encuentro del yo que le permitiera expresar una revelación llena de imágenes y metalenguajes poéticos. Por esa insistencia nace Aniquirona, su primer libro publicado. En este libro, Winston Morales Chavarro nos transmite una especie de sabiduría primaria basada en el resurgimiento de la naturaleza como utopía y una vieja obsesión por el lenguaje onírico que lo había marcado desde aquel encuentro mágico con el enigmático gato negro.

El espíritu competitivo de Winston lo empuja a confrontar su obra en varios concursos de poesía y cuento para ganar confianza y a su vez compromiso nacional con la literatura: "Es una forma de abrirse al mundo, un mecanismo de pasar a lo supraregional", manifiesta con seguridad. Por eso Winston ha logrado ganar concursos como el José Eustasio Rivera, los Concursos regionales del Ministerio de Cultura o el Concurso Nacional de poesía de la Universidad de Antioquia y el de la Universidad del Quindío. Además, acaba de ser galardonado con una mención honorífica en un Concurso Internacional de Poesía en Palma de Mallorca (España), y anteriormente había sido condecorado en el Miguel de Cervantes, de Armilla (España).

Winston aspira a ver sus libros en grandes librerías del país y del exterior y más allá de ser un escritor famoso, desea que sus textos circulen y sean leídos para que se descubra una intención libre de lo ultraterreno y develar fuerzas espirituales superiores que lo han convertido según él en un "Ser en constante cambio, que muere y renace todos los días, así como el Ave Fénix que resurgía de su propia sangre y cenizas".

"La mejor poesía abunda en desencuentros; nace en medio de contradicciones y, en no pocas ocasiones, las hace más hondas, produciendo estupor y consuelo a la vez: venir a este mundo valía la pena, después de todo, si puede embellecerse tanto!". Estas palabras del escritor Enrique Serrano configuran la idea fundamental de la obra de Winston Morales Chavarro; un trabajo que pese a la dificultad de elaborar poesía de calidad y que satisfaga el gusto de los críticos se ha destacado por su empuje en medio de las dificultades económicas que conlleva el dedicarse a un oficio lleno de humanismo y sensibilidad.

En estas circunstancias, Winston ha combinado su trabajo poético con empleos como coordinador de Radio, TV. Y Prensa de Cultura Municipal o Director Editorial del Periódico Neiva, trabajos que perdió hace más de veinte meses por culpa del fantasma de la reestructuración oficial y la burocracia de turno, como si Mefistófeles esperará con paciencia la muerte del Dr. Fausto, pero las circunstancias han jugado a su favor y después de los premios ha empezado a vivir gracias a la literatura, concluyendo su carrera de periodista, de la cual jamás ha estado orgulloso, y preparándose para un exilio inducido a tierras europeas o mexicanas.

Winston y su personalidad avasallante en todos los sentidos han trascendido fronteras, constituyéndose en uno de los escasísimos escritores huilenses que ha logrado obtener reconocimientos en otras regiones y que ha podido publicar con empresas editoriales de Europa, sin someterse a lo real insular de nuestra sociedad y de los textos pretenciosos provincianos de los autores del viejo terruño, mientras atiende con frases solícitas a cada una de las mujeres bellas que asoman hasta el atardecer en el querido y amado Café y Letras. No sé, hasta qué punto, esa transubstanciación de espíritus que tanto invoca en sus palabras me recuerdan el alma del famoso Giacomo Casanova.



Ronald Carvajal Vanegas




ANIQUIRONA O DEL CÁNTICO
DE LA NATURALEZA

Daniuska González
Poeta cubana
Dra. En Licenciatura Latinoamericana
Universidad Simón Bolívar-Caracas
Revista Ateneo-Venezuela



La Poesía es un camino sobre la vida. Siempre forastero, el poeta va cantando los paisajes del recorrido vital, amasándolos en la palabra íntima de la forma. Y como camino que se dibuja en las sensaciones del tiempo y en los sonidos del espacio, la poesía es, sobre todo, búsqueda, tierra fértil para la semilla de la revelación y para el hallazgo de un cosmos, a veces trascendental, otras, espejismo.

De esa búsqueda existencial vienen los poemas de Aniquirona. La naturaleza se hace, además de tránsito, poética, y el sendero infinito que la atraviesa, permite el re-nombramiento de sus elementos. Ya las piedras, las creaturas animales o el perfil del sol sobre las hojas, se despojan de su opaca realidad y surgen como imágenes de luminosidad mágica: los "pájaros que vuelan por las nubes/ disfrazados de árboles y ríos" y las "mañanas/ cuando llueven estrellas", y "la brisa y la lluvia de los tallos".

Una antigua sabiduría va tejiendo el recorrido, como una savia que fluye hasta el medular de la naturaleza. Para el poeta, hacedor de los cantos iniciáticos, "hay una aproximación entre el lenguaje de los árboles/ y el mío". La poesía vuela hacia las ramas festejadas por los mirlos, escapa al "aire azul" y desciende como "las hojas que corretean presurosas". Sólo la naturaleza posibilita la identificación interior, en ese "silencio musical" del camino, fundido, paradójicamente, "de palabras y de voces" y donde el "chasquido de paisajes" resulta "otra forma de ascenso".

Pero la naturaleza cobija también la desintegración de sus elementos. A la tierra regresan los cuerpos, la luz final de la materia, las sombras. La muerte acecha y sobrecoge al poeta, y éste sabe que su tránsito es un puente tanto hacia la vida como hacia su término. Schuaima, la aparente clausura del recorrido, constituye el pretexto para describir una ruta vital, porque él presiente que el lugar, como destino, no existe, sino que es él mismo, todos los hombres, sobre el camino. Y que el único ritual frente a esa muerte vigilante, nace de su palabra.

Aniquirona: poesía, afluente hacia el misterio, deidad de los sonidos y de la lengua, que puede transmutarse en mujer, en magia o en el fuego de las cosas, pero que será, por esencia, cántico de la naturaleza. ¿Qué río vadear, entonces, para llegar a la orilla, a lo trascendente? Viajar con el poeta por los bosques "de vientos y madreselvas" y de "viejísimos castaños", uncirse en "la ceremonia de las flores" y cortejar la luz "en la respiración del aire". Dejar que para siempre "la voz continua de la lluvia" golpee el camino y abandone al hombre en "la savia de los árboles", a la sombra ancestral de la poesía.



Daniuska González



ANIQUIRONA:
MUJER Y MITO

Guillermo Martínez González
Poeta, librero y ensayista
Revista Índice de Literatura



Fiel a la consigna de Huidobro que dice que el poeta es un pequeño Dios y debe crear de nuevo el mundo, Winston Morales es un ser encantado que cree en las apariciones y deslumbramientos. Como escriba de un ignorado génesis o de un desconocido libro de aguas y de bosques, anota con pasión sus sueños; cree en los encuentros y las premoniciones que cambian el destino; inventa su propio mito: Aniquirona, mujer y reino, carne e imaginación, voz y silencio, que crece desnuda e incontenible a través del poema:

Con la misma intensidad
Con la que se honra las alturas
Honraré tu sabio cuerpo Aniquirona
Como se honra un muelle
Una collera
O un océano nocturno
En los plácidos ámbitos del tiempo.

Schuaima es la región donde habita el personaje, mundo que trasciende los limites de la cotidianidad y lo mediocre; espacio al que se accede por los desdoblamientos del yo, por la búsqueda febril y tortuosa de las palabras, del lenguaje que se transfigura en el fondo de las obsesiones y las raíces de la noche:

Sé que allí
En el silencio obscuro del espejo
Está el sonido orquestal de otra mañana,
mi cabeza se agita con el viento
y llueve,
llueve y he sabido con la lluvia
el diccionario abierto del camino.

Extranjera, presencia de fuego y perturbación, Aniquirona es la Criatura que inquieta por sus cualidades de crisálida: invisible y corpórea, desconocida y tangible entre los bosques y el mar, es la mujer. Es decir, el erotismo y el deseo, pero también la poesía, los símbolos de la
imaginación. Arquetipo en el que se funde la necesidad del todo, de eliminar el tiempo y las fronteras de la muerte y la vida:

Aniquirona
Démonos una cita
En la orilla amarilla de la muerte.

En una vela, en una brisa, quizás en una ola
Cruzaremos nuestras manos
Y danzaremos antes de que el sol
Cante con su cabellera elástica
Y el hijo del polvo
Niegue la realidad de esta intransitada puerta.

Todo para decir que este libro en su ansiosa búsqueda de viento y sombra, es un homenaje a la poesía. Inaugura la presencia de un nuevo poeta que sorprende por la exaltada convicción de su voz y de los poderes del sueño y la imaginación.

Guillermo Martínez González



ANIQUIRONA, EL POEMARIO
DE LA MUERTE BELLA.

Héctor Ocampo Marín
Escritor y periodista
El Nuevo Siglo - Febrero de 2000.




Winston Morales Chavarro, es un joven intelectual huilense; poeta, cuyas obras han obtenido notables distinciones en concursos literarios nacionales. La lectura de uno de sus poemarios más recientes, Aniquirona, nos revela que en realidad estamos o hemos estado frente a un poeta que apremia, en su dúctil verso libre, nuevas y originales concepciones; que sabe descorrer cortinajes pocas veces descorridos; que descubre aristas poéticas incógnitas; que es capaz de mirar, dentro de una sorprendente torsión estética, un nuevo universo poético.

Su secreto primero y último puede estar por los predios del "pensamiento complejo" de Edgar Morin. Que la poesía está siempre en forma integral a nuestro alrededor como lo piensa Artaud; poesía avalada por el poder de la imaginación y de la visión del sutil William Blake.

Y estoy buscando las voces del camino
Para traducirlas
Seguro llevarán tu nombre
He aprendido a interpretar la voz del viento
esa misma que arrulla
las hojas entreabiertas de tu árbol.
¡Aniquirona, Aniquirona!
Te llama el río
Y en las gotas frenéticas del aire
Va tu aliento prendido a las veletas.

Aquí el misterio musical de las palabras, Aniquirona, la unción del viento romero, el rumorar de las hojas del bosque espiritualizado y del río que pasa, la poesía pura.

Apenas sé cómo te llamas
Me lo ha contado el río
Y se que Aniquirona
Es el Umbral de otros caminos...

Aniquirona
Cuando bajo las escaleras de la casa
Pienso que esta es otra forma de llegar a Schuaima
-el reino del gran más allá-
puede que descender
sea otra forma de ascenso...

¡silencio, silencio!
Voy prendido al viento
Floto y me doy cuenta que la muerte es música
Y a la muerte hay que escucharla
Con los oídos despiertos...

Tú sabes que allí en la ingravidez sonora de tu río
Mis pálpitos se hacen notas musicales
Que convergen con la corriente sudorosa de tu bosque...

Poesía inexcusable ésta, tranquila y evidente en el entorno, en las manos de la amada, en la sombra del árbol del amor, en el río y en la fresca humedad del bosque.

Allí te amo
Como tú lo propusiste
Sin ni siquiera desnudarnos
Sin escuchar tu respiración
Sin escuchar la mía...

Busco la muerte
Y camino desnudo entre las piedras
Busco esa voz
¿Acaso distante? ¿acaso cercana?


Esta, poesía de muy alto nivel, de una tierna belleza por mucho tiempo desconocida, surge plena en todas las páginas del muy denso poemario de Winston Morales Chavarro.

Antes de que cayeran las hojas de los árboles
Antes de que el viento dibujara otro reloj con las estrellas
Estaba en Schuaima
Desprovisto de mi antigua ropa,
Desnudo,
Con los ojos abiertos
Entregado a la pasividad,

Al permanente transcurrir
Por el valle de las tristezas...

Una poesía con personalidad, poesía que gravita con una enorme carga de limpia originalidad y de elemento puramente poético.

Aniquirona
Morir no implica ningún riesgo
La muerte es una puerta
Y el tiempo una ventana
Por donde mis pasos presurosos
Perciben otros cosas, otros mundos...

Aniquirona
Muchachita hecha de luz
De ojos luminosos que me miran desde lejos
Quizás desde el otro lado de la noche...

Esta es la ceremonia de las flores
Entra y gózate la fiesta
Entra y gózate la vida
Ven a festejarme
todavía hay vida en estas manos
Tómalas
Estas manos que aún escriben
Poemas de amor para mujeres solitarias...

Esta es la gran poesía de ella como árbol y de él como otro árbol. Es la poesía del tiempo, del "infante tiempo". La poesía, la dulce poesía de los olvidos y de la muerte bella.

Y finalmente, ¿Quién es Aniquirona? Un nuevo personaje de la poesía colombiana. Es la bordadora de sueños, "de poemas que aún no germinan"... ¿Y dónde queda Schuaima? "Schuaima es la nación donde todos los que se fueron han llegado"

Héctor Ocampo Marín



LA CONSTANTE DE LA MUERTE
COMO PROCESO VITAL
EN LA OBRA POÉTICA DE
WINSTON MORALES CHAVARRO

María del Pilar Ferro
Profesora de Literatura
Revista Región y Cultura No 15




Tal vez nunca como ahora había sentido el artista moderno una necesidad tan imperiosa de representar el mundo con todo el caos en que se ha sumergido, anteponiendo cordura, ternura y profundidad a tanta banalidad, vértigo e intrascendencia. Este parece ser uno de los objetivos que se ha propuesto el poeta colombiano Winston Morales Chavarro.

Sin los medios para acceder a los círculos elitistas que determinan la actividad literaria en el país, ha empeñado su vida en un trabajo que a pocos procura gloria y fortuna. Y, sin embargo, sorprende la fuerza de su obra poética, el lenguaje exuberante y sonoro, las imágenes límpidas y vivaces que le otorga brillantez a sus versos. El trabajo febril que ha desarrollado en los últimos seis años le han merecido primeros lugares en los concursos "Casa de poesía", en 1996, "José Eustasio Rivera", en 1997 y 1999, "Concursos Departamentales del Ministerio de Cultura", en 1998 y los más recientes, el Concurso "Euclides Jaramillo Arango, del departamento del Quindío y el "Ciudad de Chiquinquirá", en el año 2000.

Winston Morales ha construido su vida desde la poesía. Ella es la esencia y fundamento de sus pensamientos, sueños y acciones, utilizando para expresarlos "Las casas de su entorno, las imágenes de sus sueños y los objetos de sus recuerdos", aproximándose a la visión de Rilke en Cartas a un joven poeta. El permanente ejercicio de introspección que devela sus sueños nos sumerge en una poesía bella y profunda, que cuestiona verdades absolutas, recordándonos que somos viajeros fugaces de la vida, pero que el retorno siempre es posible si existe la poesía.

En su poemario se entrecruzan dos vertientes: por una parte, el mundo onírico del que extrae a Schuaima y Aniquirona y por otra, el sustrato religioso que revela gran dominio e interpretación en la desmitificación de los personajes bíblicos.
Estas dos vertientes no se contradicen, por el contrario, se nutren mutuamente a través el uso del lenguaje y la constante de la muerte proceso vital.

Es frecuente encontrar en sus versos el tema de la muerte en esa dualidad de temor y fascinación que se ha manifestado en la historia cultural de la humanidad; a ella sólo se anteponen el arte y la cultura como instrumentos de materialización, de utopías y medios para trascender hacia la posteridad. "Como se piensa la muerte, se piensa la vida" nos plantea Cruz Kronfly al respecto, y explica cómo cada sociedad expresa sus ideas, miedos y tabúes sobre la muerte a su manera y según la época. Y dado que la presentación de la muerte en la cultura occidental ha variado significativamente en las últimas épocas, también para los artistas adquiere otra dimensión.

Seguramente este novel poeta encontró en sus delirios oníricos la respuesta al dilema de vivir para morir o morir para vivir(utopía del hombre moderno), fundiendo vida y muerte en una simbiosis perfecta que sólo puede realizarse mediante la poesía:

Extranjera
Amo la vida
Amo la muerte
En realidad no sé distinguir una de la otra...

Aquí la fibra de su sentimiento individual experimenta una muerte diferente, una "Muerte viva" que lo lleva al reino de Schuaima (¿Es esta la gloria prometida?):

Gracias a la muerte
Estoy en Schuaima...

He abierto los ojos a la vida
Luego del viaje inexorable
Después del paso transitorio por el sueño...

Schuaima es la visión onírica del Edén perdido, la encarnación femenina del paraíso: cruzada por numerosos ríos, poblada de volcanes, aire azul y piedras que hablan, de música húmeda y silencio musical, allí la naturaleza se confabula, con el poeta para hablar un solo lenguaje, de la poesía. Y aunque es el reino de la muerte, allí nada está inerme, nada es oscuro; por el contrario, el entorno exhibe una refrescante vitalidad:

Llueve
Llueve minutos
La carretera adversa,
Va el camino
Contragolpeando este chasquido de paisajes...

Un árbol de pájaros azules
El río de los caracoles...

Voy prendido al viento
Floto
Y me doy cuenta
Que la muerte es música
Y a la muerte hay que escucharla
Con los oídos despiertos

La muerte le coquetea, lo seduce, le aprisiona. Basta dormir, cruzar cuantas veces quiera el umbral hacia Schuaima para escuchar otras voces(¿otros poemas?) y resucitar en cada metáfora, en cada verso:

Yo no te busco forastera
Llevo en mis bolsillos
El mapa transparente de tu tierra
Y puedo cruzar cuando me parezca...

Todo ese proceso creativo se desencadena a partir de un ser único: Aniquirona. Ella es la llave de entrada al mundo del más allá; sabia mujer-palabra, "hembra suave y sudorosa... me diluyes como un río que desciende por la muerte/ hasta constituirse en poesía". Con ella emprende el viaje, lo conduce, le guía y se funde con él, transformándolo en árbol, pájaro o piedra; es la tejedora de sus poemas, la artífice del "ritual de la palabra/ palabra olorosa que se expande" por el cosmos. Pero este proceso que posibilita Aniquirona tiene una razón mucho más profunda, un motivo subyacente en todos los cantos: pervivir a través de sus poemas, escapar al sino del olvido; dar respuesta al dilema de perecer para trascender a partir de la poesía:

Yo soy el polvo que no vuelve al polvo...

Yo no pienso y me festejo de ello
Me alegro de ser loco
Y por loco libre
Por libre feliz
Y por feliz
Intensamente
Irremediablemente eterno.

En sus versos aflora una pasión verdadera por la exquisitez del lenguaje. En metáforas deslumbrantes, imágenes sensoriales, personificaciones y vocablos creados por él, converge la palabra llena de significación en un mundo de sonoridad, luz y color:

...quizás desde el otro lado de la noche
luniluz de manto azul...

Aniluz
Voy adherido a tu agua
A tu silencio sonoro que me espera
Soy la voz de tu bosque...

Pero Winston explora otros temas en su obra Memorias de Alexander de Brucco, algunos de ellos publicados en La Lluvia y el ángel. Del mito judeocristiano retoma el amor, la traición y la muerte, esta vez como producto del paroxismo del amor:

Ven amada Betsabé
Si embargo en esta noche
-luego del amor-
ningún castigo cobrará el valor
que tú y yo nos merecemos
en la candidez del abrazo de otra muerte.

Poesía y muerte, amor y poesía. Los dos caminos que le quedan al hombre para trascender su miseria, su condición humana, "cuando silencio, poesía y muerte suelen restituirnos".


María del Pilar Ferro




ANIQUIRONA:
MUJER Y PALABRA ETERNA
Guiomar Cuesta Escobar
Poeta




Nos asomamos ahora a Aniquirona, el libro de poemas del joven Winston Morales Chavarro, en la bella edición de Trilce Editores. Desde el título, nuestro poeta nos lleva por una constante pregunta, develando un sendero misterioso y sorprendente: universo poético tejido y sustentado, a través de todos los poemas, como si se tratara de uno solo, hecho a la amada inmortal, la única, la extranjera, la Penélope de sus sueños: la Poesía. El lenguaje claro y diáfano que utiliza Winston Morales, nos asoma al mito, lo anuda y desanuda, lo recrea, lo reta y enaltece a lo largo y ancho de esta obra.

La creación de un mito es tan antigua como el hombre mismo, está estrechamente ligada con la magia: metamorfosis y transformación constante del texto, cada lectura es distinta, cada recreación nos sugiere otros significados, es la lúcida y penetrante búsqueda del lenguaje imposible y siempre al alcance de la mano y el pensamiento.

La lucha de este poeta por sobrevivir en nuestra Colombia violenta y dura desde hace tantas décadas, inventa una Isla-palabra, país-amante: ANIQUIRONA, que le permite ser inmune a la muerte. Durkheim y sus discípulos establecieron que el mito busca sus modelos no en la naturaleza, sino en la sociedad misma. El mito es la proyección de algún aspecto de nuestra vida, es país: SCHUAIMA: "El reino del gran más allá", como lo describe el poeta, lugar ideal, orilla redentora que le permite la eternidad. En el poema XVI Winston nos dice:

Justo en este espacio
He vuelto a dar contigo
La brisa y la lluvia de los tallos
Te han traído hasta mis días
El miedo al miedo ya no existe
Como tampoco existe
El miedo a Schuaima...

A ti
Mujer de reinos luminosos
Te debo el conocer
La infinidad de orillas que posee la muerte
La orilla amarilla de la muerte
Esa muerte que me seduce y apasiona.

Los griegos, maestros de la mitología, hicieron uso de ella, para poder soportar la dureza y crueldad de la naturaleza en aquellos tiempos, primeros siglos de su deslumbrante historia.

Winston Morales Chavarro, comienza su trabajo poético, en un país iluminado de palabras SCHUAIMA, del que guarda un mapa transparente en su bolsillo. Cito otra parte de este mismo texto:

...tierra de los sueños y las luces
de los ecos y las voces
la tierra que es tuya y es de nadie
que es tuya y es de todos
no me pertenece.

Extraña contradicción, posee sus coordenadas, el mapa por el cual camina, entra y sale de él a su gusto, pero no le pertenece, es comarca de todos y de ninguno.

Cuando el poeta llega a este paraíso nos dice:

Estoy en Schuaima
He llegado con la brisa
Sólo su silencio musical me satisface
Aniquirona
Hablemos de poesía!

Este lugar maravilloso, Schuaima, mítico totalmente, donde se encuentra con Aniquirona para entablar el diálogo con su único y más anhelado tema: La Poesía. El epígrafe de Dostoievski, que abre el libro: "Creo en la vida eterna en este mundo/ hay momentos en que el tiempo se detiene de repente para dar lugar a la eternidad". Este universo eterno, sin limites, en el que no existe ni la bala ni la muerte, en el cual se muere de otra forma solamente cuando la soledad y el dolor desgarrado del poeta lo aniquila.

Al final del III Poema, Winston Morales cifra:

Silencio, silencio!
Voy prendido al viento
Floto
Y me doy cuenta
Que la muerte es música
Y a la muerte hay que escucharla
Con los oídos despiertos.

Esta muerte que ama el poeta, a la que se abraza para escuchar su canto y entregarnos su lenguaje, misterio insondable, asombro de recursos y sugerencias. No busca deslumbrar ni recurre a los juegos poéticos, ni a la estridencia ni al artificio. En la sencillez del lenguaje cotidiano, desnudo y simple, aparece la magia extraída de ese contacto con la otra orilla de la muerte o de la vida.

En el poema I del libro es bien evidente cuando nos dice:

Y estoy buscando las voces del camino
Para traducirlas
Seguro llevarán tu nombre
He aprendido a interpretar la voz del viento
Esa misma que arrulla las hojas entreabiertas de tu árbol.

El paisaje de hojas, ríos y árboles, limpio como su tierra o su región nativa ,es el telón de fondo de SCHUAIMA, campo sagrado para la eternidad de la palabra.

Palabra mágica ANIQUIRONA, con la cual Winston Morales Chavarro, se defiende de la ira de los dioses y de la violencia del mundo que le ha tocado vivir. Es su blasón contra la adversidad y la congoja, rito a través del cual exorciza la obscuridad y los demonios. Como bien dice Ernst Cassirer, desde los egipcios la concepción mágica y mítica del universo, debe interpretarse como una negación constante y obstinada del fenómeno de la muerte. Es según, James Breasted, la rebelión de la humanidad contra la gran obscuridad y el silencio del que nadie vuelve.

ANIQUIRONA, es según nuestro poeta, la mujer eterna, la que desea seducir con sus palabras, pero también es la poesía que lo eterniza para la historia. Por ella, mujer de carne y hueso, a la que le hace el amor cuando le dice:

Con la misma intensidad
Con la que se honran las alturas
Honraré tu sabio cuerpo Aniquirona
Como se honra un muelle,
Una collera
Un océano nocturno
En los plácidos ámbitos del tiempo.

Esta mujer, su amante, es un escudo contra la muerte, ella le entrega sus conocimientos más hondos y sagrados.



Guiomar Cuesta Escobar



VISITA DE SCHUAIMA

Heider Rojas Quesada
Escritor.
Prólogo de Aniquirona, primera edición.



Winston Morales es un poeta nacido después de 1960; lo anima cierta serenidad violenta.

Eso se refleja en su intento, mostrar hábitats posibles en una realidad variable, y en su método, apuntar al despertarse, con paciencia, sueños acumulativos en un Cuaderno del Despertar, o leer la Biblia con unción laica para revelar la hondura puramente humana no dicha.

Sus Memorias de Alexander de Brucco, memorias de Noé, Lázaro, Moisés, Abel, Lot, y todos esos que habitan la Biblia suscitando asombros y lástimas, han aparecido con suerte en publicaciones periódicas y con ellas ganó su primer millón de pesos en un concurso de poesía. Ahora decide presentarnos un libro, su primer libro, con lo menos publicitado de su trabajo: un mundo que viene del Cuaderno del Despertar, el mundo imprevisible de Schuaima, la nación donde todos los que se fueron han llegado, donde está La Tejedora Aniquirona y fluye el río Rogitama

Schuaima es mas que un "mundo onírico". Aunque se le declara procedente de sueños, es una forma real de extrañamiento y la propuesta constante de posibilidades como señales de vida. Y es ajeno-o debe serlo- a cualquier forma de misticismo o trascendentalismo a priori. Su sustento es-debe serlo- lo vario: aquello que encuentra vínculos de unidad en lo diverso.

¿El poeta ha logrado mostrarnos plenamente, de forma tan concreta y viva como lo son en Neiva cierta calle a las tres de la tarde y aquél establecimiento en la noche, pobladores de Schuaima-precisamente Aniquirona-en lugares exactos y en actividad? Si lo ha logrado, el segundo poema debe contener fracciones de vida distantes de las que contenga el primero, y el vigésimo de las del séptimo. Sé severo, lector: porque el proyecto de presentarnos a Aniquirona y de mostrarnos con ella a Schuaima apenas empieza y es singular.



Heider Rojas Quesada



ANIQUIRONA
Y LA INVENCIÓN DE UN MUNDO

Adriana Herrera
Periodista
Revista Puesto de Combate No 57



Con sus Memorias de Alexander de Brucco, Winston Morales, joven poeta huilense, obtuvo el primer premio en el Concurso Premios Departamentales del Ministerio de Cultura-Huila 1998. El libro, sonoro como el Cantar de los Cantares fustiga la mirada de Lázaro, de Moisés, de Lot, de David y Sansón, para descubrir desde lo profano la antigua historia sagrada y volverla material sobre el que cifra lo terrible y doloroso, pero sobre todo lo humano, signado por una intensidad a la que le basta ser, sin juicios ni calificativos. Así, no obstante cuanto pesa la muerte, Sansón vuelve a entregar su secreto a Dalila, porque nada podía ser "más devorador que ella y al mismo tiempo más dulce que ella?"; Adán dice a Eva que es bella la serpiente que le rodea, Judas cumple el destino del mundo haciendo la tarea más difícil de todos los Apóstoles y la palabra exacta asciende para volver poesía la reivindicación de los culpables.

Pero quizás más que esta recreación bíblica premiada por la crítica, para Winston Morales ha sido fructífero el trabajo del ensueño, la persecución de Aniquirona, habitante de Schuaima-un pueblo rescatado de la noche por arte de la letra, que es fiel aún cuando inventa-, y guía femenina en esos parajes poblados de innumerables ríos, de gentes desconocidas y lugares oníricos que él describe minuciosamente en el libro que lleva por título el nombre de esa mujer. Con ella solía soñar mientras oía versos dictados que a veces recobraba al amanecer, como una presencia que exigía la trascripción de su mundo en formación. Tal vez sus casas antiguas, sus ángeles de piedra, sus pájaros y muertes, son menos confeccionados que el trazo de sus poemas bíblicos; sin embargo, se leen con la emoción pura de la travesía, se asiste a su trazado, cuando a veces, perdido, deambula sin el rictus del verbo preciso enunciando, nombrando, como quien da vueltas en torno a un mismo lugar, hasta que de pronto, iluminado, halla la flecha para acertar el blanco y el sustantivo simple toca la frente de los pobladores de este lugar del sueño. Así, sus poemas no finalizan en rigor, dejan una puerta abierta, nos asoman a un estado semejante al que sigue al despertar, a ese breve interregno en el que afirmamos que hay otras realidades posibles, que el viento barre lentamente las quietas orillas del mundo real.

Leyendo la obra de Winston Morales se asiste en fin, a la invención de un mundo, hermosa, incluso si a veces roza la irracionalidad de los comienzos, como cuando aún no se ha ganado la sabia pericia de los cuerpos que se conocen en el amor, pero hay la alquimia poderosa que es gratuita, que sencillamente ocurre o no. En sus versos ocurre, está latente la sabia viva de la autentica poesía. Poco importa sino alcanza siempre el esplendor de la forma. ¿Cómo podría esperarse si es largo el camino de la creación? Salvo en la inexplicable aparición de un Rimbaud, se afila la espada, ningún acierto es definitivo, el lenguaje se aprende; pero lo irremplazable, ese algo impreciso que conmueve la sangre, que anticipa la visión, y que sólo mucho después, y de modo menos importante, se hace oficio de poeta, está presente en su palabra. Cuando ésta se escribe con pericia y sin alma es puro espejismo, saco de piel templada y horrorosamente vacío. De esa tentación hay que precaver sobre todo a quien emprende el viaje por la invención de mundos que cantan nuestras más profundas realidades. En ellas no tendrá nunca cabida la mentira.

Adriana Herrera



ANIQUIRONA
CLAVE DE SUEÑOS Y MILAGROS

Pedro Licona
Narrador y Poeta
La Nación, abril de 1998.




Al unirse las imágenes, recuerdos, vivencias y evidencias, sorprenden la magia de la vida al borde de un poema; simulando el paso inocente del poeta Winston Morales por los caminos de la llamada Tierra de Promisión.

"¿Cuál es el país al que me invitas?"

Winston Morales (Neiva, 1969), poeta y escritor dedicado al mundo de las comunicaciones. Ha sido Primer puesto en el Concurso de Poesía Organización Casa de Poesía 1996, Primer Puesto en el Concurso de Poesía José Eustasio Rivera 1997 y 1999, Primer puesto Concursos Departamentales del Ministerio de Cultura 1998, Primer puesto Concurso Nacional de Poesía "Euclides Jaramillo Arango" en el 2000 y Segundo Premio en el Concurso Nacional de Poesía "Ciudad de Chiquinquirá". Entusiasmado por la cosecha inicial de honores merecidos a su obra, contiene la respiración y luego estalla en carcajadas o se sumerge en el centro de una nostalgia. Le preocupa que los habitantes de Schuaima respondan muy pocos a los llamados cifrados en palabras. Entonces calla, se esconde en el rincón de otro poema e invita a conocer el país del sueño.

"Abordar el tren, barajar los días,
en este regresar a la vida"

la sed de conocimientos lo llevó a la Universidad Surcolombiana a estudiar Comunicación Social y Periodismo. Allí tiene aún asiento. Allí lucha contra la desazón, en medio de tanta incertidumbre. Mientras transforma al humano en nombres se hace llamar Alexander de Brucco y en uno de tantos trances ha sido Noé, Caín, Lázaro, Moisés, Abel, Lot, y todo un pueblo. Desde ese momento sabe de la concentración de los tiempos, elementos, historias, verdades y fe, en el filo de los días. De vez en cuando regresa, busca alimento al lado de la mujer que soporta alianzas y sobresaltos, alcanza a deletrear la palabra amor; y mantiene el ritmo, merodeando el aliento esquivo de las redes que llevan al exilio.

"Sólo así puedo acercarme,
sólo así sé que existo"

una vez se considera a salvo de tanta impertinencia, el poeta se baña una y otra vez en la fuente de todas las palabras. Seca su piel. De pronto se encuentra recubierto de humildad, felicidad, visiones nuevas y razones para otras luchas. Condensa una, dos y varias inquietudes y es retratado en el libro de nombre

"Aniquirona". Mas su corta experiencia no agota la sed incrustada en el fondo de cada palabra. Sigue buscando más voces en el camino, señales del río de los sueños, Rogitama. Sólo así sabe que existe, sólo así sabe que es obligatorio regresar.

"Schuaima"

una ciudad abandonada atrae al poeta de Neiva. Decanta la variabilidad de su destino. Le incita a pasear por calles y caminos indescifrables: Es el Reino del Sueño. Es la parcela que se asoma entre una y otra sombra de la realidad que lo asiste. Él, el hombre de las mil túnicas marcha sonriente en busca de su verdad, en procura de la clave de la existencia; porque Schuaima es la esencia de todas las propuestas, de todas las respuestas. Allí el poeta se sabe unido a la luz primera, al nacimiento, donde se validan tesis, se sugieren otras, donde se envuelve al hombre con caricias capaces de abrirle los ojos antes de conducirle por el cordón invisible que merodea el antes y el después.

William Blake, la forma,
Lo esencial.

Una de las voces sueltas, que todo lo permean, lo llevan a Sir William Blake, en claroscuros , soportando el aroma de ríos, nubes y poemas, recubriendo el misterio y el milagro imposible de apartar. El asombro del místico alrededor de la magia primera llenan el espacio de cada verso.

El incienso que aromatiza verdades y falencias llama a la realidad vestida con harapos o con el sarí de la mujer que lleva a todos los caminos. Si el poeta puede ya rasgar los siete velos a la hora de la danza de los cuerpos desnudos, sábelo Dios!

Pedro Licona



VIAJE POR SCHUAIMA

Matilde Espinosa
Poeta



Si referirse a una obra distinta a la poética infunde cierto temor o riesgo de no acertar, de no saber llegar a las valoraciones humanas y estéticas que tuvo en cuenta el autor al escribirla, la obra poética hace estremecer al prologuista o crítico. El mundo poético o universo es muchas veces inabordable; tiene tanto de extraño, de revelador, de insospechado, por no repetir la palabra "mágico", que precisa identificarse, transplantarse al hecho fugaz de la iluminación. Por eso las traducciones de poemas son tan esquivas; no siempre se logra darle el aire o ambiente originales; se escapa ese estupor, ese prodigio de traducir el instante.

El poeta Winston Morales Chavarro me concede la gracia de habitar -por un tiempo- las regiones misteriosas de su creación poética. En De Regreso a Schuaima, se cumple el retorno en cada nueva visión que el autor puebla de creaturas extrañamente maravillosas, en donde la imaginación enriquece y recrea logrando imágenes tan leves, tan furtivas como el soplo del viento, tan rumorosas como la canción de los árboles o el cansancio de los ríos o el vuelo de los pájaros.

Este libro singular parece cobrar o recobrar ciertos valores, no sólo por su oleaje, sino por la trascendencia del estro profundo que va marcando un itinerario desconocido en las obras poéticas del momento que también son más pobreza sobre el mundo.

La incursión por De Regreso a Schuaima, significa ir conquistando territorios en compañía del personaje más encantador y encantado: Aniquirona, la amada de todos los soñadores de la tierra; la idealizada que nos pone en comunicación con los seres que moran más allá del discurrir cotidiano. Este ensimismamiento, el llegar de "Pobladoras" con su despliegue de hermosura cautivando casi hasta el delirio. El espacio que invade al que le sigue con su aroma singular de bosques y jardines, de mares secretos o rocas agresivas, o el desafío subversivo de presencias que se ignoran a pesar de sus deslumbramientos, sostienen el embrujo, la gran orquestación de todos los elementos.

En Schuaima los ríos tienen nombre de varón -Calixto-, y los perros son filósofos, consejeros y sabios. El fluir constante de las fuerzas secretas que elaboran el milagro de todas las supervivencias, aún las más remotas, las que ignoran las gentes, los habitantes de Schuaima las disfrutan y entregan a la armonía universal que se sustenta con las aspiraciones y concepciones imaginativas y enigmáticas del poeta.

Cuando se escribe el poema sólo se piensa en él; por eso sorprende la asistencia multitudinaria de imágenes que maneja Winston en la justa perspectiva que va descorriendo el futuro o el inmediato pasado; el momento puede ser hoy o el hoy de los siglos ya idos.

Los olores, los viajes, los caminos, la muerte, la vida plena, la clarividencia en el espejo o el viento que pasa en la voz de los niños, en las divagaciones del más empedernido soñador, hacen EL GRAN POEMA.

Las experiencias oníricas confunden los limites de tiempo y espacio, entonces crece el interés y la curiosidad por saber quiénes son "Oáma", "Yhoma", nombres legítimamente soñados por el poeta para que discurran por los senderos de luz o de sombra.

En De Regreso a Schuaima, se unen los inimaginables contrastes de resurrección y muerte; las más audaces formas de pintar lo inverosímil: el ocaso o el amanecer pueden centrarse en un rayo de sol perdido, o en la agonía de un fulgor lunar, vertidos en la gama infinita de colores hasta fundirse en una ola sin horizontes. Se piensa en el éxtasis poético con la nostalgia de las reminiscencias vividas por otros cuyos nombres y sombras siguen vagando por el mundo.

Toda despedida duele y no es fácil dejar De Regreso a Schuaima en donde la belleza y la libertad son para el visionario su estación preferida.

Matilde Espinosa



De regreso a Schuaima

Emilio Ballesteros
Escritor y Docente Universitario
Granada - España
Revista Alhucema



Con su anterior poemario: Aniquirona, Winston Morales abrió un universo tan personal como sugerente. En él ya aparecía Schuaima. Ahora, en este De regreso a Schuaima, Winston Morales continúa la exploración de su peculiar mundo poético. Si Aniquirona era La Mujer, Schuaima es El Lugar, La Terra..., o como muchos podríamos decir: La Utopía. Pero Schuaima existe. Existe en una dimensión en la que el tiempo tiene como una más de sus calidades el sueño (Que el pasado, futuro, presente y sueño/ Son las campanadas invariables de lo perpetuo). Porque la realidad es algo más que lo que vemos (Y el hombre entenderá/ Que el mundo consta de otras realidades, (...) Y que será capaz de implicarse con las estrellas/ Sin olvidar su esencia de cíclope celeste). De regreso a Schuaima parece beber de Los pergaminos místicos del cosmos y escuchar voces (De algunas fuerzas extranjeras/ Que vienen de otros planos/ Paralelos a los nuestros). No es, pues, una voz racionalista la que nos invita a sumergirnos en el universo de Schuaima; pero, en un tiempo en que la ciencia más actual y la astrofísica más racionalista nos habla de materia oscura, antimateria, agujeros negros de gravedad infinita que absorben hasta la luz e incluso de universos paralelos, ¿podemos hablar de irracionalismo? En puridad, tampoco. De hecho, los versos de Winston tienen poco que ver con irracionalismos al uso: no son hiperrealistas, no son surrealistas... Winston nos habla de un lugar en el que (las palabras huelen a viento/ Y el silencio tiene forma de roca), en el que (Los pájaros (...) conocen (...) Mundos posibles en el crepitar de sus alas lluviosas), en el que hay ríos que se llaman Calixto, un lugar a donde (van los hombres moribundos/ a dejar sus recuerdos y sus rostros./ Éste es el arca del olvido/ el río en donde la memoria desciende/ por entre colinas de sueños/ y el hombre se va quedando dormido/ mientras el agua le baja los párpados).

Porque en Schuaima la vida es fértil y exuberante, en ella (el agua canta un blues sobre las piedras) los perros son sagrarios con fauces dionisíacas que parecen cuevas misteriosas; son a la vez místicos, ciclónicos y orgiásticos, los árboles son hombres petrificados que han adoptado el lenguaje de las viejas torres de trigo y la lluvia ( Siempre llueve en Schuaima/ Y uno puede aprender a querer esta lluvia estrepitosa) tiene (pezones grises,/ De donde mana un agua inescrutable/ Que moja y contagia de pureza/ Hasta los precipicios de la muerte). Pero también hay muerte. Las mujeres de Schuaima dan la bienvenida a este ancho río de la muerte que es la Isla de Aniquirona. ( Sé que la muerte es un océano de fuego/ En el mutable piélago del cosmos./ (...) La muerte no es otra cosa/ Que exceso de luz). Por eso: (¿Por qué temer a la muerte?/ (...) A su viaje infinito por sombras delgadas?/ La muerte es el bautizo de las otras orillas). Y es que ya se nos abre el poemario con una invitación al misterio, a lo ominoso, pero a la vez mayestáticamente oscuro, pues nos dice (Cuando el viento de esta Terra canta/ Se levantan sombras/ (...) y también, en otro lugar: (¿Qué es lo que gravita en las otras orillas?)

Para explorar un mundo tan sugerente como terrible, nos propone el sueño (Shakespeare lo dijo/ Y también Calderón, Holberg y Zhuangzi; / La vida es sueño). El sueño como vida y la vida como sueño (Mi vida está sujeta/ Al hilo claro-oscuro de las mágicas visiones) (La visión es una sombra/ De lo que somos y seremos en el viaje.) (Espejo que cobra su esplendor/ En la dimensión de las noches portentosas; (...) Eso es la visión,/ Quien no ve, duerme todavía!)

En (Schuaima:/ No busco en este laberinto/ Los espejos que ya poseo./ Busco tu mundo,/ El impenetrable, inteligible e innombrable) y para ello le valen las palabras antiguas (Hombres sabios que me contemplan por el espejo/ Que asoman sus manos fantasmales/ Por boca de los cuadros). Palabras viejas y renovadas que (tomaron conciencia de no-ser/ Ante la presencia invisible/ De tantos espectros).

En De regreso a Schuaima podemos aprender el arte de embriagarnos con el cosmos, (avizorar/ En su crepúsculo de lunas ciegas/ Las monedas de las visiones y el oscurantismo) (Arrojarse sobre las colinas de la noche (...) Avizorar en los principios de la nada/ Los instantes en que la realidad se multiplica).



Emilio Ballesteros



De regreso a Schuaima

Nelson Romero Guzmán
Poeta
EL NUEVO DÌA - IBAGUÈ
Enero de 2002




Schuaima, un nombre que puede evocar lo maravilloso, lo mágico o lo ancestral; un lugar de la memoria, un regreso al país de los aromas, de los ríos, de cielos volcánicos y de la luz, donde el cuerpo o la materia lucen como espejos.

En los paisajes de Schuaima "las cosas se ven mejor con el olfato". El poeta en este libro, contempla desde la emoción el efecto purificativo de lo vegetal, la visión de parvadas que atraviesan los cielos de ese país y los llamados de la luz; así dice: "El olor de los yarumos/ me resucita y me reencarna", "el olor de la araucaria me ilumina".

Así, el poeta nos hace ver un mundo recién creado, donde el hombre es apenas el proyecto de una vegetación o de la roca dormida entre un "bosque polifónico". Allí, los sentidos están dispuestos a absorber los efluvios de una naturaleza virgen: "He aprendido en Schuaima/ el arte de respirar,/ el arte de oler,/ los aleteos de la lluvia o de la música ".

Es, precisamente, lo que nos queda después de haber leído este libro del poeta Winston Morales, ese arrebato de la naturaleza, tan celebrado por el romanticismo, no deja de desbordarnos en cada uno de estos poemas.

El libro fue publicado en España en el 2001 y a su autor se le ha venido reconociendo en distintos premios, entre ellos el Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia.



Nelson Romero Guzmán




VIAJE POR SCHUAIMA

Esmir Garcés Quiacha
Poeta y periodista



La Poesía es arte que se manifiesta por la palabra, como la música es arte que se manifiesta por los sonidos, y la pintura es arte que se manifiesta por los colores y las líneas. (Jonhanne Pfeiffer). En este aspecto analizar y conceptuar la obra poética de Winston Morales, significa el preámbulo del lenguaje como creación de lo estético.

Para hablar de su libro De Regreso a Schuaima, el poeta ha gestado un mundo mítico anterior, iniciado con "La dulce Aniquirona", mujer de cuya referencia se tiene como extranjera, diosa de los laberintos de la vida y la muerte; en sus múltiples invocaciones, el poeta le pide que le permita entrar a su reino:

Déjame partir amada forastera
El tren de Schuaima sale a las nueve
Y yo aún conservo tres tiquetes de regreso.

El aeda sabe que ha sido elegido y será visitante de sus mundos, como lo hiciesen los dioses griegos con Odiseo. La mujer que tanto ha evocado, ahora se ha vestido de música blanca y lo ha tomado de las manos, a la espera de que se abran los laberintos de la oniris y las puertas de los espejos del cosmos, que lo han de conducir al lugar que tanto ha deseado el poeta; pero antes, el invitado será bañado y purificado en la luz de las aguas del río Rogitama.

El visitante ha llegado a Schuaima, mundo desconocido y misterioso, un extranjero salido de las aguas de Calixto, el río más grande y sagrado que tiene ese sitio; un río que baja por los llanos y montañas como muchachas desnudas con trenzas de agua en sus bocas, donde los hombres moribundos van a dejar sus recuerdos y sus rostros. Es la exigencia que le piden al visitante, salir de las aguas del olvido y reencarnar en espíritu purificado y despojado de todo pasado. Lo primero que hace el extranjero es percibir los elementos atmosféricos de Schuaima:

Esta tierra tiene un viento esmeralda(...)

Siempre llueve en Schuaima
Siempre ese precipitarse de los cielos a la tierra(...)

Yo del mar de Schuaima
De sus alas subcelestes
De su música salada(...)

Nubes que gravitan por los mares...
Saboras, oloras, espesas
Salutíferas como la leche de la lluvia(...)

El forastero perfecciona su olfato y va tras la leyenda de las piedras de Schuaima, que son como perlas o montañas desnudas, petrificadas por las leyes alquimistas, puntos de equilibrio entre la sabiduría y la historia. En sus largas caminatas toma contacto con los pájaros y los describe como los habitantes de la memoria el bosque:

Pájaros ataviados de luz...
Mundos posibles en el crepitar de sus alas lluviosas;
Pájaros que parecen nubes de Yarumo y trigo
Remontando su vuelo
Por bosques de arrayanes y dindes balsámicos.

Como en toda génesis, y después de algún descanso, el visitante va tras el encuentro de sus habitantes, pobladores de Schuaima muy distintos a los congéneres humanos, poderosos hombres y mujeres, afroditas de la luz y la sombra:

Hombres que antes de madera fueron barro
Antes de ceniza fuego...
Son hidalgos,
Guerreros besados por el sol(...)

Sus mujeres son mariposas y danzarinas de fuego, que habitan los obscuros espacios del bosque, son muchachitas hechiceras, tal vez las hermanas menores de la Dulce Aniquirona.

Como en todo mundo complejo, revela la existencia de Oáma, la maga como es considerada en Schuaima, diosa suprema de las leyes del cosmos; esta deidad puede ser comparada con la energía del sol, es la que imparte el orden y el equilibrio de la vida. También se encuentra el mago Yhoma, que connota la luz sobre la noche, al parecer es el enviado de la luna y el encargado de reinar en el valle de las sombras. Por último, al extranjero le es revelado el secreto de la alquimia y la muerte para la cadencia y el retorno de los otros mundos, los hilos claro-oscuros tejidos por el manto de los sueños:

Uno puede pensar que ella es nuestra sombra o nuestro sueño,
Quizás una hermana mayor
Que hace mucho abandonó la casa(...)

Para conceptuar todo este mundo mitológico, el poeta ha tenido que trasegar por los caminos del misticismo, como herramienta para dar respuesta a sus interrogantes personales con respecto a la vida, la muerte y el universo. Muchos de los escritores y poetas también han trasegado por el mundo de los espíritus, fue el caso particular de Novalis, Blake y Yeats, este último argumentaba: "Yo tengo fe en la práctica y en la filosofía de lo que hemos convenido en llamar magia, y en lo que yo tengo que llamar evocación de los espíritus, aunque desconozco lo que estos son; en la capacidad de crear ilusiones mágicas, en la visión de la verdad, en las profundidades de la mente cuando nuestros ojos están cerrados".

El poeta Winston Morales nos ha hecho regresar al mundo de lo extrasensorial para crear un mito o un punto de partida que pueda revalidar la experiencia humana en este siglo, contradictorio y caracterizado por la mecanización de los sentidos. De esta manera, la obra poética toma el camino místico. Por un lado desde lo alquímico como experimentación y transmutación del pensamiento para alcanzar el estado absoluto de las cosas y de la vida y, por el otro, el poeta se acerca a la magia y toma los elementos esotéricos, oníricos y visionarios para penetrar el mundo cifrado. El poeta sabe que la combinación de todos estos elementos serán fundamentales para construir el conocimiento humano, de un tema que ha sido relegado y excluido de los pensamientos materialistas y religiosos. Sin embargo, la obra poética De Regreso a Schuaima está contemplada desde la clarividencia, las imágenes hechas visión por intermedio de la oniris, algo sorprendente para la literatura, es posible que estemos ante una revelación o una profecía:

Soy la nada y lo absolutamente negro
El águila de oro de los antiguos iniciados,
El mensaje sugerente de los astros(...)

Soy el extranjero que remonta el Rogitama en barco:
Los países se abren a mis ojos
Como gigantescas puertas de luz
En donde me someto a una visión total,
A una magna sabiduría
En donde el tiempo deja de fluir
Como círculos en un presente eterno
Para ser observado
Con los ojos de la eternidad
Con las alas esféricas y adyacentes de la alquimia.

El poeta no ha escrito su obra por azar, sino que obedece a un mandato de las fuerzas sobrenaturales:

Hombres sabios que me contemplan por el espejo
que asoman sus manos fantasmales
por la boca de los cuadros.
Hombres que reposan con su imagen de iniciados,
De videntes,
Transeúntes de las noches olorosas
Antiquísimos poetas, pasajeros de los astros;

Ojos de agua, manos de fuego
Dulces voces del viento
Llegan a mi casa
Como un soplo
Como un silbo bordeando el bosque e los sueños(...)

El poeta Eluard ya nos había advertido de la presencia de otros mundos en éste. El escritor Winston Morales ha tomado los hilos de la poesía, la metáfora hecha imagen y concepto para indicarnos que complejo es construir un mundo, un mito, un sueño.



Esmir Garcés Quiacha




EL REGRESO DE WINSTON

Miguel de León
Poeta y Periodista



Tengo en mis manos un libro, se llama De regreso a Schuaima y su autor es Winston Morales, escritor huilense. Página a página el placer de leerlo aumenta y la alegría es mayor. Un libro bien hecho; decorosamente editado, del tamaño adecuado, sólo encuentro un detalle que no encaja, está impreso en España por ediciones Dauro. Pero no hay otra, en el Huila ni siquiera las instituciones creadas para ello colaboran con los artistas de verdad con apoyos de verdad. Por eso, a nuestro joven poeta (32 años) le tocó "saltar el charco" para poder imprimir su poemario. El resultado está en mis manos y seguro que valió la pena.

Son treinta poemas que enriquecen ese mundo soñado y soñador de Winston, un universo tal personal como sugerente que comenzó a madurar con su anterior poemario Aniquirona. "Si Aniquirona era la mujer, Schuaima es el lugar, la Terra..., o como muchos podríamos decir: la Utopía", nos aclara el poeta español Emilio Ballesteros y que en gran parte justifica la edición española. Un universo cantado con palabras oníricas y que nos lleva por un camino en donde "Las palabras huelen a viento/ y el silencio tiene forma de roca" y que a la larga, no sólo es el camino vital del poeta sino de todos los soñadores.

Este sendero es recorrido en compañía de todas sus sombras; "Me acompañan desde niño/ desde la noche de los tiempos/ cuando pervivía la palabra". Y con ellas llega a la "La Terra de la imaginación y el sueño", un espacio tan sugerente como terrible, que puede ser igualmente "la región misteriosa de su creación poética" (Matilde Espinosa). Porque sólo la imaginación del poeta logra re-crear ese espacio maravilloso lleno de imágenes tan ricas y fértiles, pero a su vez tan únicas y propias. Un mundo construido a partir del sueño; "Mi vida está sujeta/ al hilo claro-oscuro de las mágicas visiones". Sueños construidos en un espacio vivo, por ello al final encontramos las sombras, la muerte acechante; "la muerte no es otra osa/ que exceso de luz".

Entonces llegar a Schuaima, el aparente final de nuestro recorrido, constituye un simple pretexto para describir un mundo vital. Un mundo que es el mismo, un mundo que son todos los hombres con sus razones y sus voces. Por eso el recorrido se realiza en compañía de una guía especial; Aniquirona, la amada de todos los soñadores de la tierra. Pero no olvida otros guías, sus amigos y al mago, Guillermo Martínez, poeta mayor, "el pajarero de los bosques". Nada es olvidado en este viaje, los olores, los caminos, el paisaje, la muerte, la vida plena, los espejos o el viento, y sobre todo, la lluvia: "siempre llueve / y uno sumerge la cabeza contra el viento / y la lluvia llega como un tumulto de palomas".

El libro llega en un momento de terrible desencanto del poeta. Hemos visto a Winston Morales vendiendo hojas sueltas de poesía a doscientos pesos y abriendo suscripciones con sus amigos por veinte mil pesos para poder publicar su libro. Lo hemos visto escuchando políticos que le prometen este cielo y el otro, pero sólo concretan infiernos. Lo vimos desarrollar un proyecto comunitario con su periódico Neiva, para que luego cayeran paracaidistas expertos en este tipo de salto. Mientras tanto, los premios y las menciones llegan. La envidia se manifiesta en algún insulto escuchado: Caza premios!, como si el artista no pudiera vivir de su trabajo. Ahora, el 14 de este mes, se lanza su nuevo libro De regreso a Schuaima.

Libro que mis manos dejan caer y lo toma mi pequeño niño de 16 meses. Mi esposa corre a quitárselo, le digo que lo deje. El niño toma el libro con devoción y respeto, mira sus palabras, toca su portada, huele su contenido. Pero no lo daña, ni lo arruga, sólo lo toca, lo acaricia, me lo devuelve, lo señala; míee..." un libro que se gana el respeto de un niño, debe ser un libro digno de leer.



Miguel de León



MEMORIAS DE
ALEXANDER DE BRUCCO

Enrique Serrano




La mejor poesía abunda en desencuentros; nace en medio de contradicciones y, en no pocas ocasiones, las hace más hondas, produciendo estupor y consuelo a la vez: venir a este mundo valía la pena, después de todo, si puede embellecerse tanto!. La obra de Winston Morales no huye de tal designio paradójico, pues quiere reflejar, pase lo que pase, una dulzura extrema, en medio de la implacable dureza de la vida. Sus poemas poseen un tono delicadamente sereno, pleno de luz, rarísimo en nuestros días, tan pródigos en el derroche de un escepticismo vulgar. Abordan con valentía la lucidez de entender lo vano y cándido del esfuerzo humano, pero no claudican ante la esperanzadora tozudez de un universo que sigue dándonos las mismas satisfacciones originarias, eternas, perfectas.

Este solo hecho ya es extraordinario, porque nos trae a este mismo mundo, que creíamos tan lúgubre, sorprendidos de verlo tan distinto, tan plácido, tan digno de ser gozado: un paraíso presuntamente invisible localizado aquí, en la tierra de nuestros padres, en la misma que dejaremos a los que nos sucedan. El tono festivo de Winston es suave, acompasado, colorido, como lo son los objetos que lo inspiran, incluso en medio de la desazón y de la incertidumbre. No niega la horrible mezquindad de las cosas, pero afirma su hermosura escamoteada, y se deleita en exhibirla, en destacarla, en recomponerla.

El bello relato de Alexander de Brucco irrumpe en el marco de nuestra poesía nacional con un acento tan íntimo, una dulce cantinela de buenos tiempos, y la certidumbre de que el poeta recorre confiado los laberintos de lo universal y vuelve a pisar en el terreno firme de la esperanza, aun a pesar de haber enfrentado mares de tormentas y desalientos. La incursión en el mundo sagrado de las formas elementales y los personajes arquetípicos, profetas y jefes de pueblos, patriarcas de vieja estirpe, hace que el lector oiga acompasadamente los ecos de la historia sagrada que oyó en la infancia y que los tiempos que corren no le habían permitido volver a oír.

Hay aquí muchas tenues y profundas metáforas de antaño que humanizan a Moisés y a Abraham a nuestro ojos y le dan a Ruth y a Job las condiciones palpables que se requieren para comprenderlos y acercarlos a nuestras rutinarias vidas. La experiencias de lo sublime no es ajena a este conjunto de poemas luminosos y precisos, en los que cantan también los ecos de Schuaima y Aniquirona, sin dejar de vibrar emocionadamente también con algunos de los elementos esenciales de la poesía más clásica y cantarina del Siglo de oro.

También estos poemas se apropian de una personalidad poética avasallante que, como en los demás libros del autor, crea un mundo y defiende los rasgos de ese mundo, pasando por todos los matices del negro y del gris, hasta lograr la textura blanquísima, los giros sublimes, religiosos, místicos, que distinguen a los grandes poetas. En Colombia, un país sin duda difícil, hay poesía de gran altura, y esta es la prueba.

Enrique Serrano



MEMORIAS DE
ALEXANDER DE BRUCCO

Hubert Pöppel




Enigmático es este personaje Alexander de Brucco. No se da a conocer. No se presenta. Se esconde detrás de las palabras. Su creador, Winston Morales Chavarro, le ha encomendado la labor de regresar a los tiempos bíblicos, de releer las historias de Eva, Abraham, Moisés, Ruth y Jesús, y de darles a esas figuras ya petrificadas y mitificadas nueva vida.

En sus Memorias, Brucco-Morales Chavarro logra recrear -y eso le mereció el Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia-, en el mundo poético, personas de sangre y hueso que aman, sufren, luchan y tienen esperanzas; logra arrancarle al mito vida y un nuevo lenguaje.

Hubert Pöppel



Tamtamistas y tamborileros

Ignacio Ramírez
Cronopios - Agencia de prensa
El Tiempo



Los poetas se reunieron para escuchar un concierto de música macondiana en las paredes, con partitura de colores botafuegos a la vez bailarines y estruendosos cuanto mudos y fantásticos, porque todo es posible en los reinos que salen de las manos creadoras de demiurgos y demiurgas, como Claudia Ruiz y Winston Morales, dos poetas que no se conocen pero que sí se identifican en la capacidad de vuelo que les permite llegar al límite donde la nada es todo, para desde allí crear aquellos universos con los que soñamos los hombres y mujeres que pensamos que lo único capaz de desarmar y desalmar a los violentos es la poesía.

Allí, en medio del silencio frenesí, otro poeta, Guillermo Martínez González; confeso declarante de amor a las ventanas y artífice de Trilce, el rincón de los bellos libros viejos; dio la otra excelente noticia: Winston Morales Chavarro fue ganador del Premio de Poesía Universidad de Antioquia, el primero del siglo XXI y el más importante de cuantos en su género se otorgan en el país y que, aunque la gente que no se interesa por la poesía no lo sepa, hace mucho más por la esperanza y la alegría de los hombres y las mujeres de Colombia, que los bastonazos de ciego y los insulsos diálogos que desdibujan y prostituyen la palabra paz.

El libro que le valió este Premio, Memorias de Alexander de Brucco, es ave exótica y resplandeciente en un momento de oscuridad y oscurantismo en la Poesía, y por eso, junto a otras pocas voces completamente nuevas como la de Juan Felipe Robledo, constituye a la vez luz y esperanza en la campaña por el rescate del valor de la palabra. Allí, con vuelos de alta maravilla y humanización de seres que vienen de lo sacro y de lo mítico a trasegar destinos contemporáneos, Winston tiene la iluminación de la humildad al dedicarlo "a Amparo Chavarro Chavarro, por sus oraciones y rogativas". Y claves como esta son las que ya no utilizan, quizás porque no lo sean tanto. Y por partida doble abre el camino: De Regreso a Schuaima es otra pequeña joya que circula al tiempo.

Winston Morales es un opita universal, creador de un país donde todos, empezando por los cargadores de toallas y fusiles al hombro, deberíamos irnos a vivir, porque allí, igual que en el mundo musical de Macondo, dan ganas de cantar "cuando las palabras toman conciencia de no-ser ante la presencia invisible de tantos espectros". Allí en Schuaima, el planeta país del poeta neivano, se puede sorber con la nariz rizada por el viento el olor de "las faldas invadidas de geranios" de las muchachas que lo habitan y que, como todos sus pobladores, tienen "el corazón muy cerca de la nariz" y cuyo lenguaje hace posible "conversar con las alturas, con las bellotas, con el viento en su estado de pureza, con el cosmos en su armonía milenaria".

En Schuaima vive Aniquirona, una mujer de humo que tiene ebrio de amor y de pasión al poeta que trepa en las altas copas de los yarumos y los algarrobos y las ceibas para cantar en ella a todas las mujeres y contemplar "la desnudez de su sabiduría y lo pequeña que es la tierra frente a la magnitud inconmensurable de otros universos".

Como si fuera poco, el bellísimo pequeño libro editado en Granada (su Granada, la de Lorca, la de todos los poetas), sale al tiempo con el muy merecido premio y tiene puerta fulgurante abierta por un poema prólogo de Matilde Espinosa ("maga perenne de los cantos"). Macondo y Schuaima, países desde donde nos llaman "tamtamistas y tamborileros" para hacernos escuchar la música de los colores "Como un volcán en su canción de fuego/ como una colina de nieve roja".

Ignacio Ramírez




Memorias de Alexander de Brucco
XV Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia

Emilio Ballesteros
Albolote (Granada, España)
Febrero de 2002



Es difícil definir lo que es ser poeta; pero desde luego, no basta con escribir versos para serlo. Aunque sólo fuera por las obligaciones que me contrae el asumir la dirección de una revista literaria (Alhucema), son cientos los poemas que leo cada año. Y puedo concluir con cierta seguridad que ni todo lo que está escrito en verso es poesía, ni todos los que utilizan esos renglones incompletos de los versos son poetas. Sólo cuando se da con un universo particular en el que un paisaje personalísimo y singular resuma emociones y dispara preguntas sin respuestas y respuestas sin preguntas, siente uno en lo más hondo de su corazón que ahí está la sangre de un verdadero poeta hecha palabra y hecha jirones de misterio. Y viene todo esto a cuento de que eso es lo que sentí desde la primera vez que cayeron en mis manos poemas de Winston Morales. Primero Aniquirona, después Schuaima y ahora Memorias de Alexander de Brucco. Y uno sabe, nada más comienza a leer un poema de Winston, que es suyo; incluso si su nombre no aparece por ninguna parte. Es extraño y difícil que ocurra esto con un poeta tan joven y -por ello mismo- con tan poca obra publicada. Mucho más en un tiempo en que lo que impera es la imitación; bien hecha, limada por los cánones académicos de la nueva grey que sigue la preceptiva de la moda actual, en general, por otra parte, bastante prosaica, aunque bien construida; pero imitación al cabo.

No es éste el caso de Winston. En sus versos corre el aire del misterio genuino, vuelan pájaros de alas singulares que dibujan un aire cargado de esencias únicas y cantos por bosques y ríos de una sensualidad y una exuberancia tan intensas como humanas. Pero de una humanidad que ya pisa los umbrales de un tiempo por llegar.

Vuelven a aparecer en este poemario nombres y lugares tan peculiares en el mundo poético de Winston: Schuaima, Rogitama, las anchas hojas del yarumo..., paisaje de nuevo edénico, como de paraíso perdido y vuelto a rescatar; sólo que esta vez el tono es completamente bíblico. El poemario parece seguir un paralelismo con la Biblia. Los títulos de los poemas y las innumerables referencias entre sus versos así lo testifican (Eva, Adán, Caín, Abel, Noé, Abraham, Lot, Jacob, José, Moisés...). Pero es una Biblia pagana la de Winston. No es una Biblia escrita desde el ayer y con el sello del patriarcado como fondo. Es más bien una Biblia de futuro (y en todo caso de un pasado tan remoto que sabe a mañana), en donde es la Gran Madre, la Naturaleza libre y desbordante, la que respira por los poros de sus poemas. Por eso Abel dice que (Un mar de luces opalinas gravita en los guáimaros de la ciénaga/ Y se aglutina en mi espejo/ Como un prisma que nos dice:/ La muerte es una puerta/ Y el tiempo una ventana/ Por donde nuestros pasos presurosos/ Perciben otras cosas, otros mundos). Vuelve a hablar de otros mundos Winston en sus versos, con ese misterioso halo que parece irracional sin serlo del todo. Como si estuviera en el buen camino hacia la superación de algunas contradicciones que nos vienen machacando como especie. Por eso Abel es capaz de decir (Amado Caín/ Por tu golpe y tu palabra/ he conocido el paraíso). ¿Ha hecho falta este periplo de violencia para poder conocer la verdadera paz del espíritu? (He navegado todos los ríos/ Todas las aguas/ En busca del puente inteligible/ Que me conduzca a Schuaima/ Y al manantial sereno de todas las esencias). Eran necesarios esos viajes, esas experiencias tan contrarias, ¿verdad Alexander? Sólo así podemos entender que Abraham, en lugar de pensar en pasar a sangre y fuego pueblos inocentes por el bien del pueblo elegido, nos diga que (Mi nación es infinita y libre/ No colinda con nada/ No está demarcada por idiomas o banderas./ Ni siquiera por el lenguaje de las hojas./ Desde el lugar de donde esté/ Toda la tierra me pertenece) y por eso el libro de José es capaz de entender la angustia en que se encuentra una muchacha loca como el aire contada por El centeno ondulado por las alegres ruecas. ¿Nos ha de extrañar entonces que David nos cante (Quiero homenajear tus labios/ Tus rodillas de sinagoga/ Tus pechos balsámicos/ En donde convergen/ Los vivos y los muertos/ Para levantar en medio de tantas religiones/ Las teorías sobre los orígenes de la tierra.)? No debería. Como no debe extrañarnos empezar a comprender que (En dirección ascendente hacia el abismo/ -de donde proviene-/ El hombre desaparece como una ola,/ Se doblega como una rama sobre la última esquina) porque Elías irrumpe con su música secreta Donde mora un ser nebuloso llamado Dios. Es el hombre creando a Dios, no al contrario, porque Elías -el hombre- (Posee el poder de llegar a los lejanos velos/ Y sacar del flujo magnético del cosmos/ El oro, el cinabrio, la sangre, las palabras) (Así Elías emprenderá su viaje/ (...)/ Hacia un paradigma eterno/ -Sin duración o calidad-/ para despertar a través de la sustancia/ en los recovecos de otra blanquísima colina). Ecos arcanos y alquímicos, que también parecen llevar pinceladas del Superhombre nietzscheano, pero que no han de servir de excusa a ningún psicópata de bigote recortado para sus sueños megalómanos porque (Vio Ezequiel a través de las órbitas del cielo/ Las huestes de los pueblos levantándose,/ Desmoronándose como castillos de naipes,/ Como una soldadesca de plomo/ En la orilla de las llamas) y porque Ezequiel en sus viajes sintió (Otro sol, otra sombra/ Otro Ezequiel observándose a sí mismo) y porque no hay un anticristo. Los propios fariseos escriben a Jesús: (Sólo una nada absoluta/ Que sólo conocen los hombres de las estrellas/ Y que tú,/ Niño de las premoniciones más remotas/ De las verdades inverosímiles más lejanas/ Has escrito con tu sangre de ciprés) y al propio Galileo nada le consuele tanto (Que la absoluta belleza; / el ronroneo de la noche, /el canto de los ríos,/ La polifonía de la lluvia/ Bajo el rumor soterrado de las piedras./ Yo no escribo para complacer a los hombres de la tierra,/ -Y no creo que todo esté perdido-:/ Aún escucho la oración de las cebollas/ Y sé que el universo es joven todavía;). Es hermoso que nos digan eso desde un país como Colombia, desde una sociedad como la sudamericana que, aunque aplastada por el peso asfixiante del cercano Moloch, aún tiene tantas posibilidades de futuro pues no está contaminada del todo por el tufo decadente y estúpidamente soberbio de sociedades ancianas que empiezan a oler a cadáver y se piensan dueñas del mundo. Sólo desde un lugar y una posición como la de Winston, que sueña y ve posible la existencia de Schuaima, un papiro escrito a orillas del mar de Galilea puede decir que (Haré de este lugar/ Un paraíso para todos) y Lázaro complete un poco más adelante (En donde todas las voces clamen,/ Todos los músicos canten,/ Todas las lluvias digan:/ "Lázaro, levántate!"), en el que hasta Judas pueda decir: (Lejos estoy de ser la traición,/ (...)/ ¿Quién hubiese hecho lo que yo llevé a cabo?/ (...)/ Los ecos de las antigüedades/ Saben una historia que las piedras desconocen;/ (...)/ Historia que comparto con los desdichados,/ Con los desposeídos, con los señalados). Pues si pasó lo que tenía que pasar, alguien tenía que ser el que diera el beso que señalaba, arrojara lejos de sí los treinta denarios y acabara ahorcándose (los apóstoles no toman cicuta). Así pues (¡Viva el más digno de los doce!/ Si había una misión que cumplir/ La mía se cumplió con entereza,/ Como ninguno de los doce la cumpliría). Si todavía hay futuro, cantemos con Pedro: (Guarda tu repicar en los anaqueles del olvido/ Y cántale ahora a la resurrección de la palabra,/ Al presente perpetuo/ Porque el eterno retorno palidece ahora/ Sobre la bifurcación de los espejos). Y hagámoslo sin miedo. Ni siquiera a la muerte que (Vi la muerte/ Y creo que era insoportablemente ciega/ (...)/ Pero tarde he comprendido/ Que así la bella adolescente sea ciega/ Nosotros somos lazarillos/ Que conducimos sus espejos/ Por los caminos bifurcados de la vida). ¿Se puede ser más revolucionario desde la libertad y la belleza? ¿Se puede ser más ético por estético y tener una estética que lleve en su ética su mayor hermosura?

No es de extrañar que hayan concedido a este poemario el XV Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia. Tendría que felicitar al poeta; pero creo que antes felicitaré a los miembros de jurado por haber sabido darse cuenta de lo que tenían en sus manos, que no siempre es fácil. Testigo he sido de reputados miembros de jurados dejándose llevar por intereses ocultos o por la voz del patrón (sobre todo si después tenía que ser él quien los editara) y votando dudosas unanimidades. Abramos paso al poeta. (Ahí viene el hombre distante de la horda/ Buscando a Betsabé para cerrar con ella/ El pacto del último Apocalipsis,/ Buscando cerrar con ella/ La última oportunidad del Hommo Sapiens/ Sobre la tierra).



Emilio Ballesteros




Memorias de Alexander de Brucco

Rymel Serrano
Mario Jursich Durán
Por los verdes, por los bellos países
Antología de Poesía
Ministerio de Cultura



El poemario de Winston Morales Chavarro lleva un título escueto pero significativo: Memorias de Alexander de Brucco. Su sentido no alude, propiamente, a que en él se rememoren episodios o situaciones correspondientes a una "autobiografía" real o imaginaria, sino a que en sus versos hablan voces provenientes de épocas pretéritas, notables personajes de la "mitología" o hagiografía judeo-cristiana como Abel, Moisés, Judas Iscariote, o incógnitos testigos de episodios poéticos de carácter bíblico.

Lo característico de estos poemas, y que los diferencia de la lírica histórica o religiosa convencional, de índole épica o narrativa, es el punto de vista asumido, que se ubica en la interioridad psíquica de un sujeto poemático, testigo o protagonista, y desde allí hace oír su voz. Es un procedimiento, elevado casi al rango de género poético, frecuente en la lírica del siglo XX, sobre todo en los poetas griegos, debido a la tradición clásica antigua, de orden mitológico, en la cual era corriente asumir poéticamente las diversas personalidades divinas y legendarias que habitaban, como arquetípicos huéspedes, la memoria colectiva. Muchos poemas de la época presocrática, como los llamados homéricos o los órficos, son debidos a raptos de inspiración o delirios divinos, como los llamaba Platón, consistentes en que algún dios poseía al desventurado elegido para manifestarse a través suyo. De esta índole son, a propósito, todos los pasajes bíblicos atribuidos al dios innombrable e invisible, quien hablaba a través de la conciencia de Abraham, Moisés, los reyes o profetas. Y de esta índole fue la posesión dionisíaca del gran Nietzsche, que lo abocó a la locura absoluta, y cuyo letal testimonio fueron sus Ditirambos a Dionisos.

Constantino Cavafis es probablemente el poeta precursor, dentro de la cultura contemporánea, de este tipo de poesía en la que su conciencia asume la personalidad de un sujeto histórico o apócrifo para desde ella expresarse. No es el autor quien se expresa a través del yo o narrador poemático, sino otro yo, ficticio o arquetípico, creado o invocado mediante la escritura. En muchos poemas de Cavafis, el también griego Giorgos Seferis, y otros poetas como Saint John Perse, T. S. Eliot o Jorge Luis Borges, se recrean acontecimientos pretéritos recurriendo a ese desplazamiento de la subjetividad, que en algunos casos excepcionales no se realiza como un fingimiento o figuración consciente sino que el desplazamiento opera en sentido contrario. Es un complejo inconsciente dotado de "personalidad" propia, y en cierto sentido autónomo con respecto al yo consciente, el que se personifica y encarna en la conciencia de ese médium que es el autor durante la experiencia poética. De ahí el ostensible tono sibilino, onírico o profético de su lenguaje.

Los personajes y episodios bíblicos encarnan actitudes, valores, tendencias o realidades que anidan en el psiquismo de cualquiera que se haya formado y vivido en la cultura judeo-cristiana. En nuestra alma hay un Adán y una Eva, un Caín y un Abel, un Salomón, una Sulamita, una Judith y un Holofermes...: unas entidades que nos habitan y actúan en nosotros inevitable, inconscientemente, pero que pueden manifestarse cuando se les invoca, como lo hace Winston Morales Chavarro en sus poemas.

De entre las composiciones que presentó a la consideración del jurado, éstos y los editores han seleccionado para su publicación aquellas donde el discurso poético brota con mayor espontaneidad y cuyas imágenes o visiones surgen más de pálpitos o profundas y reveladoras intuiciones, que de premeditaciones o elaboraciones racionales que es lo que tiende a ocurrir en los poemas que abordan personajes monumentales y demasiado conocidos cuya aura o energía inconsciente es muy baja. En lugar de la escritura meditada, pensada, que predomina en poemas personificados por Eva, Abraham, Moisés o David - y de la cual la "Epístola a la traición" , incluida en la selección, puede ofrecer una idea - se prefirió la escritura intuitiva, dotada de mayor poder sugestivo y asaltada por profundas revelaciones, como la del poema titulado "Abel", quien agradece sinceramente al hermano que lo ha asesinado por haberlo salvado de la vida:

La Muerte es una puerta
Y el tiempo una ventana
Por donde nuestros pasos presurosos
Perciben otras cosas, otros mundos...

Amado Caín
Por tu golpe y tu palabra
He conocido el paraíso.

Lo revelador aquí, más que el gesto de gratitud de la víctima, es algo que no se dice, pero se deduce: se comprende la terrible condena impuesta a Caín, de no morir, y la prohibición impuesta a quien se atreviera a matarlo a él o a su descendencia. El designio divino es paradójico, ilógico. No condena al asesino a muerte para compensar y castigar su falta: lo sentencia a vivir para siempre. De esta manera el culpable no podrá ingresar jamás al paraíso. Deberá permanecer, tal vez eternamente, en este infierno, por haber salvado de él a su hermano.

Los otros dos poemas presentados tienen como sujetos poemáticos a dos amantes apócrifos que lamentan la vocación espiritual de aquellas que no podrán pertenecerles, como cuerpos que anhelan lo que no es de este mundo. Desarrollan un bello tema: la intuición de que lo bello no pertenece a la vida sino a que está destinado a abismarse en el reino nocturno del espíritu.



Rymel Serrano
Mario Jursich Durán
Por los verdes, por los bellos países
Antología de Poesía
Ministerio de Cultura




Memorias de Alexander de Brucco
De viaje por el libro mayor

Juan Carlos Acevedo
Escritor
Papel Salmón
La Patria — Manizales



El conocimiento de la historia es una pasión que ha edificado grandes obras poéticas de maestros como Álvaro Mutis o William Ospina.

Con su libro Memorias de Alexander de Brucco (Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia 2001) el poeta y periodista Winston Morales Chavarro (Neiva, 1969) agrega a nuestra cartografía literaria, un mapa más para la re-lectura de míticos personajes que conocemos a través de la conquista de América por parte de los Reyes Católicos de España.

El libro es un recorrido por los temas bíblicos —antes que temas nombres— apoyado en la memoria de un viajero, (quien lee descubre, conquista, funda y coloniza nuevos territorios) cuyo nombre: Alexander de Brucco, es apenas lo que deja entrever de tan misterioso personaje el poeta huilense y cuya labor —a la usanza de los cronistas— es la de contarnos una versión ¿la otra? de hombres y mujeres entronizados en nuestra cultura sin mayor información que la profesada desde los púlpitos y hoy desde la televisión.

Abraham o Noé como íconos patriarcales y Eva, Caín y Judas como necesarios eslabones en la cadena de grandeza de sus ¨víctimas¨, son recreados en poemas que lindan con un relato lírico escrito con ¨la otra mejilla¨ que Morales Chavarro imprime a sus trabajos. En Aniquirona (Trilce, 1998) su primer poemario señaló la ruta que hoy transita.

Ahora en Memorias de Alexander de Brucco la palabra del poeta, con claridad e imágenes sutiles, abre a los lectores una nueva interpretación de las historias que por su presencia milenaria en nuestra sociedad no cuestionamos. La versión de ¨Abel¨ que escribe Alexander de Brucco (alter ego de Morales Chavarro) es una sub-versión apropiada para comprender a un Caín ultrajado por la historia a causa de la necesidad de otro y no por la envidia.

Sin sorpresa registramos el nombre de Winston Morales Chavarro y su obra como el último ganador de tan prestigioso concurso, en hora buena los nuevos poetas y narradores de Colombia ocupan el lugar que merecen en nuestra Babel literaria .



Juan Carlos Acevedo
Escritor




ALEXANDER DE BRUCCO EN MÉXICO

Fernando Romero Bernabé
IV Encuentro Internacional de Escritores
México, 2002



El poema es un símbolo y el poeta su vehículo, así pues gracias al otro, al símbolo, ese que es insustituible puede el poeta alcanzar por un breve instante a ser él mismo o nadie.

Escribimos para ser lo que somos o para ser aquello que no somos. En uno y otro caso, nos buscamos a nosotros mismos.. y si tenemos la suerte de encontrarnos -señal de creación- descubrimos que somos un desconocido. Siempre el otro, siempre él, inseparable, ajeno, con tu cara y la mía, tú siempre conmigo y siempre solo.

Así pues Memorias de Alexander de Winston Morales Chavarro proporciona una nueva posibilidad, una búsqueda para lograr una coexistencia sana y luminosa y establecer un encuentro fecundo y vital dentro de la poesía, que nos permita ser plenos. sin un tú, el yo no es nadie parece decirnos Winston Morales y ésta no es más que la necesidad de experimentar el encuentro con el otro, un encuentro que como se lee en sus poesías es un encuentro luminoso y que plantea como una experiencia vital que conlleva a la posibilidad de la realización , en dónde sea de esta relación.

En todo esto se puede ver que la poesía y en general toda la literatura, sigue siendo una forma de permanecer más allá del tiempo y posibilita volver una y otra vez sobre los textos y siempre existirá la posibilidad de recrear de una manera más amplia y de descubrir nuevas clases, nuevos significados y sentidos.

¿Qué es la literatura sino la voluntad y más radicalmente la necesidad de transmisión de una experiencia vivida por alguien? En ese sentido todo escritor y todo lector saben algo que es fundamental: que tanto el escritor como el lector ponen en juego mecanismos de la memoria que son la ayuda necesaria para la decodificación de los símbolos inmersos en el arte.

Hay que admitir que algunos seres humanos, los poetas, los artistas, esos rebeldes irredentos, aún conservan su capacidad de asombro y al hacerlo poetizan, divinizan, idealizan y hasta profetizan.

Esto es así gracias a seres humanos que no se conforman con el mundo en el que viven, no se resignan a tener la vida que tienen y se revelan ante ella creando, dando vida a un mundo distinto, aunque sea sólo en el espacio de su creación.

Es decir, Winston Morales Chavarro es poeta-artista en cuanto que crea nuevos mundos, cuando imagina y desea mundos diferentes y al hacerlo traspasa sus propias circunstancias y limitaciones y descubre que la vida más que una sustancia es primero que nada una experiencia compleja y maravillosa.

Demos la bienvenida al mundo poético del escritor colombiano Winston Morales Chavarro y a sus Memorias de Alexander de Brucco.

Fernando Romero Bernabé
IV Encuentro Internacional de Escritores
México, 2002




Un Tono que reconcilia la historia con la vida

Santiago Tobón



Los premios de poesía en Colombia han venido cumpliendo, casi por obligatoriedad, con la misión de editar libros de poemas, y especialmente, de dar a conocer autores con propuestas de escrituras novedosas. En vista del abandono total en que las editoriales comerciales han dejado a la poesía, con arreglo a la premisa clara —y cierta— de que la poesía no se vende, cada vez se hace más difícil encontrar en el mercado, dentro de la oferta editorial, libros de poemas para leer y comprar.

Gabriel Zaid, en su ensayo titulado Los demasiados libros, dedica unas pocas páginas para hablar del problema editorial de la poesía y llega a una conclusión bastante interesante: Hay más interés por parte de los lectores en escribir poesía y ser leídos que en leer libros de poemas. No estoy seguro de que el caso colombiano sea exactamente el mismo —aunque no sería difícil conseguir argumentos de peso que estén de acuerdo con esa opinión— pero sí es cierto que parte de este problema se ha trasladado al plano de la escritura, donde la preocupación del poeta está más dedicada a poder ver su libro que a elaborar verdaderamente una estética y un tono que den cuenta de los asuntos de siempre con nuevas luces, que se acerque a las experiencias vitales del hombre de hoy y a nuestras realidades.

Por eso mismo vale la pena celebrar la aparición de este libro que ha sido, además, reconocido con el premio nacional de poesía de la Universidad de Antioquia. Winston Morales Chavarro (Neiva, 1969) explora el mundo de la historia sagrada, con sus personajes emblemáticos, a través de una visión completamente optimista y mediante un tono festivo que canta la humanización de estos personajes y que redescubre un sentido nuevo de cada leyenda. La tradición católica, y cristiana en general, que se poetiza deja ver sentidos más próximos al hombre mismo, con lecturas luminosas sobre el hecho histórico mismo.

Los datos de la tradición se sincretizan con la belleza de la poesía. Los versos no "pecan" de profundos en su conocimiento de la historia sino que son pretexto para el acto poético, son virtud para redescubrir la humanidad de la historia, para acercar a la experiencia vital de cada cual el dato histórico, a través de un tono y un ritmo bien logrados.

Se nota además una arquitectura del lenguaje, una elaboración con la palabra. El discurso poético transcurre de manera brillante, a través de imágenes bien elaboradas y sutiles, que nos pasean por la historia y la mitología de manera agradable, sin juicio moralista, y nos permite encontrar belleza por todas partes, iluminando incluso los sinsentidos de lo anecdótico y de lo histórico.


CAÍN

Mi quinto nombre es Caín
Soy la reencarnación del polvo
El hermano mayor de los caballos marinos
El barro que echó raíces
Hasta volverse un hombre...

No creo en los señalamientos
En las culpas
Tampoco en el azar
Las cosas están escritas,
Prefijadas,
Soy agricultor
Y aunque a mi padre azul no le gusten mis cosechas
Hoy,
Después de tanto tiempo,
Vengo a ofrendarle mis poemas.

Un libro escrito en un tono que reconcilia la historia con la vida, que recrea en el universo poético de la palabra los personajes míticos de la historia sagrada: Eva cantando la belleza de su amante, Lázaro reivindicando el milagro el milagro de la resurrección y de la vida, Judas asumiendo su sentido de contrapeso de la historia. O Abel justificando su muerte a manos de su hermano:


ABEL

Caín
Hermano de vientos, nubes, diluvios y ríos
Un mar de luces opalinas gravita
En los guáimaros de la ciénaga...
Bello Caín
La quijada de burro con la cual me mataste
Tenía el olor de las encinas y los pisos,
De tus labios venían hasta mi norte
Unos chopos amarillos
Que enhilaban mis pétalos melancólicos
En el hilo de la muerte...
Ante el golpe subceleste
Que yo he encontrado sutil y generoso
Y que tú asestaste con sabiduría infinita
Yazgo en la orilla de tu río, pensativo...
Caín
Hermano de mis antepasados
Hay en ti un pretexto para silenciar la historia
Como si la memoria de las dagas
No aceptara la muerte de Goliat
Como una templanza de David,
Mi muerte es una templanza tuya.
Amado Caín
Por tu golpe y tu palabra
He conocido el paraíso.

Como vemos con estos dos fragmentos de poemas, el libro conversa consigo mismo. Un poema lleva al otro, y el otro al siguiente, desde el origen mismo de todo —A Eva en el destierro— pasando por historias fundacionales y patriarcas, hasta el último poema que conduce al hombre como tal, sin divinidad —El hombre—.

Hay en todo el libro un sentido cronológico que es mecanismo de coherencia para la lectura pero además, como dije, un componente conversacional. Primero Adán canta a Eva y luego Eva a Adán, Caín habla con Abel. Hay cartas que parecen ser respuestas a temas en poemas anteriores, y así va haciéndose el libro, que no sólo es suma de poemas sino sentido que se alcanza con su lectura total, como visión de conjunto. Exploración de un universo poético es el libro.

Llama la atención también el nombre mismo del libro: Memorias de Alexander de Brucco. Brucco está detrás de los poemas, se esconde en cada verso pero nada nos lo deja ver. No hay datos ni introducción al personaje, no hay cifra que nos permita encontrarlo en el tiempo, en la cronología misma del libro y su lectura. Pareciera mejor un personaje no nombrado que resguarda al poeta, que es también Morales Chavarro, con una tarea de volver a pasar sobre la historia sagrada, de desmitificar al personaje y recalar en el hombre —Eva, Abraham, Moisés, Job, Jesús, Lázaro, Judas, Lucifer, entre otros —, de resignificar las acciones en el campo de lo terrenal. Son todos ellos ahora protagonistas del poema, que sufren y se angustian pero que a la vez están cargados de esperanzas y de luz, que ya no es la sagrada, sino la que emana de la placidez de sus acciones humanas, de la lucidez de entender lo vano, del esfuerzo mismo que implica vivir:


LÁZARO

...Soy Lázaro
tengo setenta nombres
música, viento, pájaro, Buey, lluvia,
son algunos de ellos
creo en la resurrección
en la pervivencia,
en el soplo cálido que trasciende
más allá de estas tribus.
Me he levantado del barro nueve veces
Y ahora
Soy el polvo que no vuelve al polvo...
Soy Lázaro
Y en este viaje al final de la vida
Me sentaré sobre otra roca
A hilar el cordón sagrado
El pedazo de río
Que me devuelva a otra corriente
En donde todas las voces clamen,
Todos los músicos canten,
Todas las lluvias digan:
"Lázaro, ¡levántate!"

Con la lectura de estas Memorias de Alexander de Brucco, asistimos a la creación de un mundo que se apoya indiscutiblemente en la mencionada historia sagrada pero que no se define allí. Se precisa ahora a través del poema mismo y de la escritura del verso, la define y defiende el autor mismo a través de sus imágenes, de sus metáforas, a través del lenguaje poético y del tono que alcanza, a través de su mundo propio y de su particular concepción de la historia y el mito.

Un libro de poemas que ilumina, que está lleno de luz y de colores y de los matices que se producen cuando la palabra pasa a través del prisma que es el verso.



Santiago Tobón
Revista Universidad de Antioquia.




Winston Morales Chavarro

Yezid Morales Ramírez
Poeta y pintor




Es bien dicho que el lenguaje escrito lo malgasta menos el olvido. Advertido por la naturaleza humana, tan propicia y vulnerable al recuerdo como a la amnesia , tan expuesta a expresar el reconocimiento como a esconder los más nobles afectos, he querido sobreponiendo el exceso y el énfasis, propios de nuestra condición de habitantes del trópico, y tal vez el de mi propia naturaleza, ofrecer unas palabras para congratular al amigo y al cómplice, al hermano menor en edad, pero ahora maestro en la seducción no sólo de las palabras, también de los afectos.

Winston Morales es sin duda nuestro poeta, no nuestro poeta regional, nuestro poeta nacional. En los mejores términos bien puede ser visto como ejemplo para jóvenes y consagrados. Su obra se ha cimentado con el valor de su lenguaje, con la fuerza de su voz, con la consistencia de unos temas, lejanos y trascendentes, que él ha sabido recrear y ahora actualiza con la magia y el talento de su imaginación asombrada y sensible.

Festejemos esta voz que nos llama a reflexionar amando, a exaltar nuestra vocación se seres inteligentes y sensitivos, solidarios, menos esquivos a la condición particular que nos ofreció el destino en su lúcida participación creativa .

Gracias Winston por sus libros, gracias por obsequiarnos este manjar olímpico, bíblico, onírico, sugestivo, amoroso y vital, preparado con suficiente gusto para contrastar el sabor de unos días que deberían ser mejores, así como lo propone su poesía hecha de amables tormentas divinas e ilusiones y sueños profundamente humanos.



Yezid Morales Ramírez

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