sábado, 21 de enero de 2012

CÉLIBE (O DE LAS ÚLTIMAS TENTACIONES DE CRISTO)



Me gusta el Jesús de Nikos Kazantzakis, aquel célebre escritor griego que en su obra La última tentación de Cristo, nos lo ofrece más humano, tentado por la carne, la belleza, los goces de los días. Martin Scorsese, director de cine neoyorquino de origen italiano, nos entregó su versión cinematográfica en 1988, hecho que produjo gran polémica en el mundo católico por dibujarnos a Cristo de carne y hueso, enamorado de María de Magdala, y padre de unos cuantos hijos.

Ese Jesucristo de Kazantzakis, cercano al Cristo de José Saramago (El Evangelio según Jesucristo; un Cristo capaz de lavar el corazón de sus discípulos, con la capacidad liberadora de quien armoniza los opuestos, desposeído de las medias unidades y los extremos) es el Cristo que a diario niega Pedro (la iglesia), el Cristo anulado por los Papas, el Jesús omitido por los tetrarcas del Vaticano desde el comienzo de la historia judeo- cristiana.

La Iglesia reniega de ese Jesús, de la pobreza de ese Jesús, de la otra mejilla de ese Jesús. El Jesús inventado por la Iglesia es excluyente (odia a los homosexuales y a las prostitutas), elitista (está diseñado para las clases dominantes), ávido de poder (entre más cerca estén de los gobiernos, mucho mejor). El Jesús de Saramago y Kazantzakis es humilde, poético, sabio, hombre ante todo, goza con la belleza, se enamora de las cosas, los objetos, el mundo, lo femenino como máxima representación de lo divino (algo que también nos recuerdan Norman Mailer (El evangelio según el hijo) y  Giovanni Papini (Historia de Cristo).

Ese Jesús es mi preferido. Aquel hombre de huesos y nervios, pulsaciones y ritmos, capaz de congraciarse con la belleza de Magdalena (nunca la perdonó porque para perdonar primero hay que condenar y Jesús nunca la condenó: «el que esté libre de pecado que tire la primera piedra»), poseedor de un discurso coherente (fue un hombre de izquierdas y de derechas), habitado por el acto creativo, por un estro poético-político; fue un transgresor, un revolucionario sin revolución, un hombre de espíritu.

Ese mismo Jesús es percibido por Dan Brown (El Código Da Vinci), donde se plantea la hipótesis de un Jesús enlazado con María Magdalena -ella representaría el Santo Grial-, donde se dice, entre líneas, que la descendencia sanguínea recae en lo femenino, lo sagrado, el vaso multiplicador.

El Jesús de Nikos Kazantzakis, José Saramago y Dan Brown se avergonzaría de aquellos sacerdotes que condenan y anulan. La persecución a aquellos presbíteros que han confesado ser padres y han aceptado su debilidad ante la carne, carece de toda lógica y presentación. Estoy más que convencido que el 90% de los representantes de Dios ante los hombres han tenido la tentación, han sucumbido ante la belleza -llámese masculina o femenina-. Lo que pasa es que sólo el 10 o 5% lo reconocen públicamente. Eso del celibato es un acto inhumano, va en contra de la naturaleza humana -que se sepa, no hay un solo animal célibe-, cohíbe el Acto Liberador, va en contravía de la máxima virtud universal: el amor.

Un sacerdote no puede hablamos del amor si se sustrae de él; no puede hablarnos del mundo si se margina de él. ¿De qué manera creerle a una monja cuando ha pasado la mitad de su vida sumida en el encierro, la negación de las emociones, la omisión de las pasiones y el goce exterior? Sólo es verdaderamente sabio quien se enfrenta al mundo, como lo hizo el Jesús de Mailer, Papini, Kazantzakis, Saramago y Dan Brown. Lo demás es pura teoría, falsa retórica, miedo a caer.


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