martes, 2 de octubre de 2007

César Dávila Andrade: El Rosacrucismo como trasiego





(5)


César Dávila Andrade:
El rosacrucismo como trasiego.



El género está en todo:
Todo tiene sus principios masculinos
Y femeninos; el género se manifiesta
En todos los planos.


El Kybalion


El mejor argumento para hablar de un conocimiento a priori en la poesía es, sin lugar a dudas, la obra del poeta ecuatoriano César Dávila Andrade.

Buscar una aproximación a las preferencias davilianas para explicar lo del conocimiento anterior es necesario toda vez que uno suele sorprenderse al encontrarse con una poética madura, sugerente y, ante todo, posmoderna.

¿De qué manera explicar reflexiones de esta naturaleza cuando el poeta no supera los diez y siete años?:

...la vida es vapor. Se ha hecho el vacío en mi cerebro...

Es el conocimiento a priori, la intuición filosófica lo que generara en el creador latinoamericano una literatura de estas características; el disolverse en una fuerza y en una corriente de pensamiento, el anular su yo individual para dialogar desde un yo ecuménico, contemplativo, suprapersonal.

Sus orígenes pueden explicarse desde muchas vertientes y orillas: la memoria universal del espacio y el tiempo, la fuerza ancestral de lo andino, la filosofía trascendental de lo Quéchua. Estas tres corrientes pueden arrojar una respuesta –si acaso la hay- para asimilar ese portento que posee en su maderamen literario el gran Dávila Andrade.



La consecución de La Gran Obra


De la misma manera en que no pueden explicarse los locus enunciativos-figurativos de José Antonio Ramos Sucre en Venezuela y Carlos Obregón en Colombia, así sucede con Dávila Andrade en el Ecuador.

Pese a la proximidad que fundaron otros poetas con la filosofía trascendental –Jorge Carrera Andrade y Alfredo Gangotena, por ejemplo- Dávila Andrade parece ser el discípulo amado, el hijo coronado, el arquitecto único de esa gran Catedral Salvaje, la misma que representa la lucha entre materia y espíritu, la luz y las sombras:


En esta altura, sólo se conservan los diagramas del caos,
en soñolientos reinos, sin calor ni sonido!
Aquí, todo vuelve al corpúsculo o al trueno!
Dios mismo, es sólo una repercusión, cada vez más distante,
En la fuga de los círculos!
Su mansión chorrea en el ojo que ha cesado de arder
Y que empujan las moscas quereseras! (Catedral Salvaje, Pág. 49)



Una Catedral Salvaje que puede emparentarse –simbólicamente hablando- a una Divina Comedia, a un Paraíso perdido, a un Asno de Oro; Dávila Andrade, en muchos de sus poemas, establece una lucha continua, una batalla contra la muerte, o a favor de la muerte, una fricción permanente con la materia, lo físico, el tiempo, lo cotidiano.

Un poema fechado en 1934 (La Vida es vapor) nos advierte - pese a que muchos críticos hablan de un Dávila Andrade habitado o influido por un Jorge Carrera Andrade – de la originalidad sin precedentes del vate ecuatoriano, la elección a voluntad de El Gran Todo en Polvo, la metamorfosis de un poeta tocado por el surrealismo y las vanguardias. Un escritor que se reincorpora de la materia ordinaria para instalarse en una poética atemporal, extrafísica, suprapersonal que va transformando no sólo su palabra sino también su cuerpo físico, su pensamiento racional:


Persona, por favor, de calcio, de líneas
De betún y buril, persona. Los hombros así,
Bajo los hombros, como si colgaran para la carga
O la sombra.
Persona toda tú. En nombre del padre. Persona.
Más cal sobre más piedra... (Persona)


El ejercicio alquímico no es sólo literario. El poeta conoce el tiempo de exposición, sabe de aquellos elementales, de aquellos líquidos en la cucúrbita, de su contacto con el fuego, con el azufre.

Estos poemas lo convierten en un creador excepcional –muy distante a Escudero y a Carrera- sin el dichoso piso de la tradición, sin la lógica y el canon de lo establecido:


Del Gran Todo en polvo, el sol y el ananá
Y el sentido que se oprime
Contra la pared del astro medianero y
La esperanza como un aprendizaje
De la nariz en hilo del infierno,
Nada sabemos. Estamos pintados dentro de la oscuridad
Por manos contrarias a las nuestras
Para reconocernos, más allá.
Y llenos de infinitos granos de roca, dormimos
Sobre las rocas que nos
Vigilan desde el cielo... (El Gran Todo en polvo)




Del hermetismo a la filosofía indostánica


Dávila Andrade, al igual que Hesiodo, Newton, Ronsard y Yeats, asumió su responsabilidad con las ciencias obscuras. Y lo asumió no sólo como una revelación literaria o filosófica sino como una experiencia de vida, conectado con un principio esotérico, filtrado con una practica abstrusa.

Su contacto con el hermetismo, con la alquimia, con el rosacrucismo fue tan radical y directo como el mismo hecho de crear arte y filosofía, desde esa orilla, desde ese costado de la realidad y el símbolo.

Su matrimonio con la filosofía trascendental - matrimonio que rara vez acepta rupturas- pudo haber sido inspirado al través de otros noviazgos felices (Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, Mallarmé, Coleridge, Nerval, Holderlin, Novalis), noviazgos que no necesariamente terminan bien (desde la percepción racional de las cosas), pues vale la pena recordar la locura de Nerval, Nietszche, Holderlin y Novalis, o la muerte prematura de Baudelaire y Rimbaud.

Esa cercanía a las Ciencias Obscuras habría de marcar de manera determinante la obra del poeta ecuatoriano al punto que sus poemas –desde mi inopia y mis caprichos literarios–, cuando están revestidos de ese carácter oscuro, poseen un valor estético incalculable:


A veces Uno (nótese la mayúscula) quisiera hacerse un nudo
A lo largo del esqueleto único
En la parte más larga, más muda, más blanca,
Aquella que se enredó trágicamente
En los cuernos de las Obras!
Y, no puede. ¡No alcanza!
Hacerse un nudo.
Uno solo. (El nudo)

Dávila Andrade aborda el esoterismo y la alquimia desde un laboratorio literario. Su conocimiento del abecedario metafísico es evidente y puede asegurarse que el poeta –a través de la literatura- da el salto que muchas veces no puede hacerse desde lo material.

Pese a que Juan Liscano1 en un bello texto aproximativo a la vida y obra del poeta afirme que Dávila Andrade buscó el suicidio como escapatoria a un “estado depresivo incompatible con las enseñanzas que buscaba...” considero que el poeta andino, como muchos otros vates de occidente, cifró la Gran Obra en el arte de la expiración y el fallecimiento.



Es muy posible que el poeta –al igual que David Ledesma y Ángel Medardo Silva, en el Ecuador- situara en el suicidio y en la muerte el acceso a esas realidades que buscaba a través de su literatura.

Podemos afirmar que Dávila Andrade no halló en la muerte un pretexto, una fuga, un intersticio por donde escapar. Esa degustación, esa delectación, esa preocupación de siempre –la misma de Jaime Sáenz- significaba tocar, bordear, sumergirse en las aguas inquietantes de un absoluto, de un río metafísico por el que se accede a todos los ángulos del mundo extraterreno:

Si uno bebe, si bebe
Nuevamente, si bebe hasta caer por tierra, debe levantarse y continuar bebiendo hasta completar el dragón.

El creador pensaba desde la muerte, se situaba en ella, poetizaba desde ese lugar. Su conocimiento “abstruso” pudo haberle brindado una salida o una entrada al reino custodiado por Aqueronte. Ese DRAGÓN del que hace alusión representa la fuerza interior que nos habita, pero que de igual modo puede salir del cuerpo, de nuestro propio cuerpo, para establecer un diálogo con la oscuridad y el mundo de lo “silencioso”. De seguro que el poeta pagó muchas veces su viaje al Gran Más Allá –así sea de manera figurada o simbólica- y en uno de esos periplos prefirió el no-regreso, el no–retorno, la desaparición definitiva.


Además, el DRAGÓN representa el fuego, la sabiduría, la fuerza interior. Ese DRAGÓN sólo es posible a través del desdoblamiento alquímico, de la transformación materia - espíritu, de la resurrección después de la muerte y la exhumación. Una vez que el hombre es enterrado –como lo cuenta también Carlos Castaneda- resucita de su carne, de sus cenizas para reincorporarse en un aspecto “otro” – ¿no es la historia de Jesús?- y purificarse en la muerte y en el viaje metafísico:


...Ahora voy hacia ti, sin mi cadáver.
Llevo mi origen de profunda altura
Bajo el que, extraño, padeció mi cuerpo.
Dejo en el fondo de los bellos días
Mis sienes con sus rosas de delirio,
Mi lengua de escorpiones sumergidos,
Mis ojos hechos para ver la nada... (Espacio me has vencido, Pág. 29)


Al igual que en Carlos Obregón, hallamos en Dávila Andrade la preocupación por destruir y derribar los espacios, las distancias. Con la destrucción de lo físico los ojos del poeta son capaces de contemplar la nada, la oquedad, el vacío. Pero esto sólo es posible con la crucifixión del cuerpo, con el acabose de la materia, de allí que el poeta hable de emprender ese viaje sin su cadáver, sin su concha de crustáceo, sin la escafandra del argonauta.

Su conocimiento pasa y trasciende las escuelas y las lecturas convencionales; Dávila Andrade conocía el hermetismo, la filosofía indostánica, el zen, el tao, la cábala, la numerología, la magia, la astrología. Todo eso está cifrado en su escritura, se levanta como un recurso estético, como una propuesta literaria, como una resistencia contra las poéticas en boga en América latina, las mismas que después nos arrojan lo real maravilloso y el realismo mágico, cuando poetas como Ramos Sucre y Dávila Andrade, desde mucho antes, habían trasegado por estos territorios.

La magia y el misterio de los Prerrománticos y Románticos alemanes pueden detectarse en la obra de estos genios locales, poetas malditos –a su manera- que rompieron con todas las estructuras hasta ese tiempo impuestas, ¿no es Ramos Sucre un antecedente de todas las vanguardias? ¿Cómo explicar a Carlos Obregón en la poética almibarada de Colombia?

El poeta ecuatoriano está atravesado por ese saber teosófico, por esa pansofía. Su literatura pasa por todas esas corrientes de pensamiento, por esas estructuras mentales, lo que se da no sólo de manera literaria, sino también de manera mental, física, filosófica, corporal. El poeta se iba, se diluía en un tiempo al margen, de un tiempo sub, de un reloj sin manecillas, sin curvas. El creador inventaba un reino, habitaba otro reino, se situaba en ese reino, territorio al que tenía acceso gracias a la magia, la numerología, el tarot, la lectura oscura, el rosacrucismo:



Vengo desde mi propio centro, oh errantes días.
Desde la infinita soledad de un dios perdido.
Desde mi última noche entre la sangre.
Circundante demencia buscó mi alma en la carne
Y una imposible fuga hasta caer cautivo.
Tú eres la sal de mis tejidos: ¡fuego!
Llama dorada y negra del sol en el pantano. (Origen, Pág. 38)

No hay ninguna bibliografía que nos demuestre –sólo se sabe que estuvo en un movimiento rosacruz- si César Dávila Andrade practicó la alquimia, la magia o el esoterismo. Sin embargo, y de acuerdo a mis lecturas, me atrevo a aseverar que el poeta tenía pleno conocimiento de un universo esotérico, conocimiento que lo llevaba a crear con propiedad universos referenciales y obscuros. No sé si ahondó en ese saber. De lo que sí estoy convencido es que su poesía está “ataviada”, por un saber trascendental y que quizás pasarán muchos años antes de que alguien logre develarla al margen de la mirada simple de la crítica. La poesía, y ese es uno de sus misterios y de sus atributos, puede abordarse desde muchas lógicas, múltiples lecturas. En esa línea se sostiene la lectura del poeta ecuatoriano: desde la lectura plana, normal, y desde la lectura con lupa, con microscopio, sin el magnetófono de la poesía cotidiana y conversacional.

Es una poesía para pocos, escasísimos lectores, una poética para hombres de un saber diferente, de un razonar diferente, de un actuar diferente. Y de eso tenía pleno convencimiento el poeta. Dávila se pensaba un hombre “raro”, un hombre “desigual”, un individuo condenado a la exclusión, a la desaparición, a lo invisible:


...Dime sinceramente qué piensas de este hijo.
Te salió tan extraño.
Renunció todo aquello que los otros ansiaban,
Y se hundió en sí, tanto, que quizás no es el mismo...

...Tú dirás: “Esas cosas que tienen...”
No sé qué me ha pasado, tal vez esté enfermo.
Tal vez los libros raros...




El contacto con los elementales



Tú eres la sal de mis tejidos: ¡fuego!
Llama dorada y negra del sol en el pantano
.

César Dávila Andrade nos habla desde un abecedario propio de la destreza alquímica. Las palabras sal, fuego, llama dorada, tierra negra, sol, tienen una connotación muy especial para los adeptos de las ciencias obscuras.

A su vez, notamos en la casi totalidad de sus poemas una proximidad estrecha con los elementos de la naturaleza. Es más, podríamos agregar al éter (además del aire, el fuego, el agua y la tierra) como una presencia espiritual, más que poética, como una visita viva, más que figurativa, como un cuerpo habitante, antes que un inquilino. Los elementales (como presencias vivas) lo persiguen, lo coadyuvan.

Éstos, como seres espirituales que son, hacen mella en la obra y en la vida del poeta ecuatoriano. Uno puede sentir la voz de ellos en su poesía, uno puede ver sus formas, palpar su fisonomía, oler sus esencias, sus perfumes. La poesía, la buena poesía, está delineada por unas fuerzas no siempre visibles, por unos ecos no siempre audibles, por unas formas muy pocas veces tangibles. El poeta, como olfateador de esas presencias, las atrapa, las moldea, las diseña, les da forma.

Es eso lo que da vida a la poesía y lo que permite una atmósfera especial en ella. La poesía está constituida por dos cuerpos: el visible y el invisible. El cuerpo que nace de la escritura física, la del poeta, y de la escritura metafísica, la de los elementales. Son esos elementales la materia viva, el sello, la impronta del poema y del poeta. De allí que podamos encontrar en unos la fuerza del fuego, por encima de todo, y en otros, la fuerza del aire, del agua o la tierra:



...Aquí, el relámpago tirado contra las rocas,
tiene una vértebra confusa que llega hasta las vestiduras más aisladas!
La CUCÚRBITA (las mayúsculas son mías) duerme su séptimo semen!
Los árboles suspiran en un lecho que vuela! (Catedral Salvaje, Pág. 50)


Además de la presencia del fuego hallamos en este fragmento del poema el ejercicio de la combustión, práctica que permite el cocimiento de la materia, la búsqueda de la Gran Obra, la obtención de la Piedra Filosofal. ¿De qué semen nos habla el poeta? ¿Acaso se refiere al semen del padre, al semen cósmico, a la esencia universal? Sin lugar a dudas esto tiene una gran significación –cubierta con un polvillo amarillo- que puede constituirse en un código secreto próximo a ser develado. ¿Quién conoce la cucúrbita? ¿No es a través de ella que se cocinan los ingredientes para la consecución de la Gran Obra?

A mi modo de ver la Catedral Salvaje sugiere el viaje metafísico. Puede que aparentemente represente la gran afición que el poeta sentía por su tierra, por su naturaleza, por su origen mestizo, por lo quechua. Sin embargo, ¿cómo desconocer lo que se cifra en él, cómo negar la presencia de un saber trascendental y el contacto de una lógica “otra?”:


Oh cuerpo transmutado por la asfixia,
Ante ti se presenta la CUARTA comarca de las cosas!
El mundo meteórico recibe las almas en su velo
Convertido en palacio por el huracán y el acertijo. (Pág. 50)


El cuerpo se transmuta, ¿de qué manera, a través de qué prácticas? La poesía puede representar la cucúrbita, puede ser ese laboratorio donde tiene origen el cocimiento del alma. Luego de ese sueño metafísico, de esa revelación, de esa audiencia el poeta puede acceder a la CUARTA comarca de la que habla, la misma que fue visitada por Pitágoras, Platón, Blake o Apuleyo.

Puede que la poesía se haya convertido en su único instrumento –¿quién niega que desde el movimiento Rosacruz haya experimentado este tipo de destrezas?-, y es a través de la escritura que el poeta cuencano accede a ese mundo de figuraciones y de revelaciones. ¿No es el sueño otro camino?

A su vez, es muy factible que en medio de su ostracismo el poeta haya formado parte de una sociedad secreta –además de lo rosacruz- y que en su estadía en Caracas haya entrado en contacto con otro tipo de literatura y otro tipo de revelación. De otra parte, la revelación suele darse de manera no pública, y no siempre de manera despierta, lo que nos sugiere el contacto de los elementales en un estado de vigilia o reposo onírico:


...Hoy atravieso el entusiasmo acústico de los torbellinos
Que ruedan como embudos de cuarzo, entre las cumbres!
En los humeantes conos de azufre,
Oigo el puntiagudo galope de los machos cabríos... (Pág. 52)


Tengo la impresión, la sesgada impresión, de que ese entusiasmo acústico de los torbellinos hace alusión a la figura que toman en la cucúrbita los elementales una vez están allí mezclados, pegados, adheridos, y el adepto revuelve con inusitado afán las sustancias, los olores, las esencias. Luego, esa sola sustancia universal pasa por el embudo, revuelto con el azufre, lo que provoca el galope de ciertos elementos, el macho cabrío que puede representar al adepto, al iniciado, al poeta.

La Catedral Salvaje puede emparentarse –de hecho son hermanas- con los nueve círculos de la Divina Comedia o con el descenso de Eneas a los infiernos. La Catedral Salvaje es la renunciación, la anulación de un sujeto individual, la supresión de un espacio y un tiempo, la conversión de un ser y un individuo a una lógica suprahumana.

En ese poema –todo un maderamen de creación- Dávila Andrade entra en contacto con todos los elementos del mundo. Allí confluyen el agua, la tierra, el fuego, el aire y el éter. No obstante, hay que admitir que el poeta ecuatoriano guarda una fuerte relación con uno de ellos (¿el fuego?) y que esa relación conserva una absoluta conexión con su muerte, con la manera de acercarse a ella, con la manera de abordarla.

De allí que no esté de acuerdo con lo que afirma el poeta Juan Liscano en el texto arriba señalado; no es la muerte el desmoronamiento físico, no es la muerte el anulamiento físico, no es la muerte la desaparición definitiva de un tiempo humano, racional, objetivo, fijo. La muerte –que está conectada con un elemental- es también el embudo, la cucúrbita, la olla, el laboratorio:


...Mira: (Las mayúsculas son mías)
esa es la COMARCA que dí a su invencible necesidad
de MUERTE y de firmeza!
Cuando oigas sonar los NEGROS cañaverales de mi furia,
Ésa es su tierra!
Cuando veas manar de la CUMBRE miel furiosa de LAVA y lámparas de piedra,
Esa es su tierra!
Cuando el caballo toque tres noches, a la puerta del HERRERO hechizado,
Esa es la tierra!
Cuando las campanas caigan en el pasto y se pudran sin que nadie las alce,
Esa es la tierra!
Aquí la LEY, los DIÁMETROS, los ELEMENTOS, se CONTAMINAN de perversidad!
El aceite penetra en sombríos laberintos para cuidar al MONSTRUO venidero! (Pág. 53)



Abecedario Alquímico


Es fácil hallar en la poética de César Dávila Andrade un saber extraterreno. Es fácil encontrarse uno con un referente esotérico, con un vocabulario no lógico – no necesariamente surreal -. Su poesía, además de estar poblada de elementales, está revestida con la piel de un oficiante, con la capa del mago. Es factible, muy factible, que el poeta haya entablado una comunicación con sus mayores y que en ese diálogo haya encontrado la palabra precisa, elaborada, obscura.

¿Hasta qué punto no reconocer un vínculo entre Dávila Andrade y Cristian Rosenkrautz? ¿Hasta qué punto negar una conversación entre el poeta cuencano y Giordano Bruno o Cornelio Agrippa? Su poesía, su búsqueda, sus teorías así lo constatan:



Sobre la piedra ardiente, transmútalos. ¡Horno Salvaje!
En tu infinita borrachera seca, que mata y glorifica.


Siempre la transmutación, el cambio, el efecto de larva a mariposa, de huevo a pollo, de feto a hombre. No todo está acabado, parece recordarnos el poeta, no todo tiene su última línea, su curva definitiva. La materia debe transmutarse. El Mercurio – el Cuerpo -, debe pasar a convertirse en Oro – la Luz -.

¿Qué fue la muerte para el poeta ecuatoriano? ¿Qué significado tiene el viaje metafísico? Dávila siempre persiguió eso: la conversión, la metempsicosis, el florecimiento. Y ese florecimiento sólo es posible cuando la carne se expone, cuando la materia se ve tocada por la candela, por el fuego que todo lo transforma, lo purifica:



Yo, que juzgué a la juventud del Hombre, (la mayúscula es de él) alzo esta noche mi cadáver hacia los dioses!
Y, mientras cae el rocío sobre el mundo,
Atravieso la hoguera de la resurrección. (Pág. 57)


Creo que Dávila Andrade pagó en vida –su sufrimiento así lo constata- la entrada al mundo de sus mayores. Lo imagino recostado sobre la hierba, riéndose de todas las tonterías que de él sospechamos, codeándose con Ramos Sucre, Carlos Obregón, Roger Bacon, Pico della Mirándola. Lo imagino en su altura, en su mirada mayestática, en su ojo de pescado, en su olfato gran angular. Y fue ese sufrimiento – ¿no es el sufrimiento una manera de crecer y madurar?- lo que lo condujo a su camino de estrellas, a su laberinto de ovellones, a las piedras crepusculares del conocimiento órfico:



Pero, jamás logró tranquilidad, porque, o bien el INDIO OSCURO (Él mismo)
Subía y miraba la ventana; o bien, el asesino BLANCO (Su Otro) le gritaba:
-ANATEMA! (La mayúscula es mía)
Y tenía que abrir la casa (¿el cuerpo?) y presentar las secretas ropas
Arrugadas por aquella parte atada al cerdo (¿La razón, el conocimiento visto desde occidente?) de la tierra:
Y esos dientes sin fondo, que sudan al ser vistos! (El habitante, Pág. 58)

Aquí se evidencia la permanente fricción entre los hombres que componen al poeta, sus múltiples yo, sus identidades espirituales y filosóficas. ¿Por qué el Indio oscuro se enfrenta con el asesino blanco? ¿Es el saber intuitivo el que lucha con la lógica? ¿Lo irracional y lo racional se repelen, se anulan? La ventana se abre, muestra el mundo, la Comarca “otra”. El poeta expone su ropaje verdadero, pero reconoce que hay un cerdo que lo condena a lo terrestre y que la única manera de liberarse de él es a través del viaje suprafísico:



Estaba poblado de visiones y, en su afán, repetía manualmente
Los ademanes de los forasteros. (¿Sus mayores?)
Así, sus manos de ardilla religiosa labraron millares de estatuillas
Para las viejas vírgenes de los claustros,
Devoradas por sus blancas fermentaciones.


El saber órfico, la metafísica, el esoterismo son los caminos que proponen otras realidades, otros racionamientos, otros imaginarios. La partícula que es el hombre debe integrarse a su todo, a su primer número, a la primera nota del pentagrama formado por las esferas y su música desigual.

El poeta sabe que al igual que en el símbolo evocado por Goethe - La Serpiente Verde - el hombre es un ser que muere y nace, muere y vuelve a nacer, nace para crecer y madura al margen de los océanos físicos. Esa es la “realidad” del adepto, la meta del iniciado, el símbolo de los magos: la serpiente engullendo infinitamente su cola. La muerte, la resurrección, la muerte, el florecimiento, la resurrección, el fallecimiento:



Ouroboros

Sólo el instante delata al tiempo puro
Y luego se aniquila en la deglución de la clepsidra.
Multitudes de bocas, gritan altísimas palabras:
“¡Madre, Muerte, Coño!”.
Esas almas se desarrollan siempre idénticas a sí mismas,
A pesar de sus reverberantes borracheras.

Yo sé de alguien que te ama con sus dos pechos, Ouroboros.
Los coros de la Noche, redondos, se miran en ti,
BOCA CON COLA. (Las mayúsculas son mías)

Circundo por el eterno de Amor y de Nieve,
Yaces, medido por la incesante rueda.
Hembra y varón en un lecho redondo,
Se muerden, por turno, la entrada del corazón.

Día fijo, siempre fuera del Tiempo,
¿En dónde gira tu Ángel de rapiña?
Hemos rodado ya mucho, por tu átomo oscuro,
Pero nuestra alma ha relampagueado.
A tu pequeño Lunes, a tu sórdido Martes de cera,
Les hemos revestido de estaciones y aniversario,
Pero, han recibido, fríos, la dádiva de los Angeles.
Por un solo poro de la Eternidad hemos mirado tus Domingos,
Y aún quedaba espacio para un día roto.

Oh, Tiempo,
Recuérdanos el derrumbamiento de nuestros vestidos
A los pies de esa lámpara llamada Amor,
Cuando sólo nuestro espíritu quedaba en la Gran Afuera
Y veía correr nuestras chinches,
Como a nuestras hermanas bajo sus quitasoles.
Estivales muchachas yacentes más allá del sueño.

Sólo tú, movimiento, duermes para poder mirar el Tiempo.
Allá en el día eterno, no sucede nada (Pág. 84)
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1 Juan Liscano, El Solitario de la Gran Obra. Revista Zona Franca, Caracas - Año III - Número 45 – Mayo de 1967, Pág. 6

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