domingo, 2 de junio de 2013

MIENTRAS EL TIEMPO SEA NUESTRO



FORMAS DEL TIEMPO Y LA MEMORIA: MIENTRAS EL TIEMPO SEA NUESTRO

Por Jorge Ladino Gaitán Bayona


Mientras el tiempo sea nuestro (2013) es una antología poética donde se recoge la obra de Lilia Gutiérrez Riveros, Nelson Romero Guzmán, Winston Morales Chavarro, Hernán Vargascarreño y Andrés Berger Kiss. Su bello diseño, adelantado por Ediciones Exilio, está disponible a los lectores tanto en pasta dura como en pasta blanca. Son 339 páginas dando cuenta de diversas relaciones con el tiempo en los cuatro autores colombianos y el escritor húngaro: el tiempo del idilio en Lilia Gutiérrez; el tiempo de la creación pictórica y poética en Nelson Romero; el tiempo del mito en Winston Morales, el tiempo de las digresiones –sobre el viaje, los trenes y la palabra- en Hernán Vargascarreno; y el tiempo de la memoria en Andrés Berger Kiss.


La sección antológica de Lilia Gutiérrez Riveros se titula “Inventario 1985-2012” (p.p. 21-81). Esta poeta, nacida en Macaravita-Santander en 1956, ha publicado los libros Con las alas del tiempo (1985), Carta para Nora Böring (1994), La cuarta hoja del trébol (1997), Intervalos (2005) y Pasos alquilados (2011). El hilo conductor es la experiencia del tiempo como un idilio que lleva a la poeta a ser una con la naturaleza y la divinidad. Hay una visión panteísta en sus versos que le permite vivenciar misterios en cada forma circundante. Al respecto, la poeta -ganadora de varias distinciones literarias cuyo tema es la ecología- dice en su poema “Planeta de bolsillo”: “Recorro la elongación de un suspiro/ y protejo entre el bolsillo/ mi planeta de bosques y manglares/ sin ruidos en el aire/ y calma en las ciudades” (p. 58). Enaltece en sus textos lo sagrado de la libertad y la existencia: “la vida es un hilo/ en este paréntesis de eternidad” (p. 55). Esa eternidad la experimenta, sobre todo, cuando se abraza al mar, el gran útero inmortal.


La sección de Nelson Romero Guzmán se titula “Canción para un final” (p.p. 83-143). Este poeta y ensayista, nacido en Ataco-Tolima en 1952, es una de las voces más destacadas no sólo de su departamento, sino también de la lírica colombiana, no en vano su inclusión en varias antologías y sus premios recibidos, donde sobresalen el Premio Nacional de Poesía “Fernando Mejía Mejía” (1992), Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia (1999) y Premio Nacional de Literatura –modalidad poesía- del Instituto Distrital de Cultura y Turismo de la Alcaldía de Bogotá (2007). A nivel poético ha publicado Días sonámbulos (1988), Rumbos (1993), Surgidos de la luz (2000), Grafías del insecto (2005), La quinta del sordo (2006), Obras de mampostería (2007) y Apuntes para un cuaderno secreto (con la mexicana Kenia Cano, 2011). Desde Surgidos de la luz hasta el último de sus libros el poeta crea su belleza morando en otras bellezas: la de la propia poesía y la de la pintura. El arte es su casa y la fuente de sus versos, de ahí, por ejemplo, el recurso de la écfrasis (intertextualidad donde los poemas nacen como inspiración, recreación o resignificación de obras existentes en las artes visuales). La écfrasis le deja ponerse la máscara de Vincent Van Gogh en Surgidos de la luz, la de Goya en La quinta del sordo y la de otros pintores en textos líricos posteriores. Sus poemas no sólo son ricos en metáforas y figuras retóricas, sino también en propuestas estéticas donde los géneros literarios parecieran diluir sus fronteras cuando se cuentan historias desde el verso o la prosa poética. Su lírica imagina con intensidad los tiempos de la creación estética de artistas geniales y malditos a los que rodearon fantasmas, delirios, penurias y reproches. Las otras máscaras de la voz poética son las de Antonin Artaud, el Conde de Lautréamont, Jean Genet, entre otros. El poeta se desdobla, es otro, atormentado y visionario en la creación, tal como pareciera advertirse en el poema en prosa “Carta devuelta”: “En mi íntimo ser batalla otro ser, de negros apetitos” (p. 97).


La sección de Winston Morales Chavarro se titula “Selección de poemas” (p.p. 145-206). Este escritor, nacido en Neiva-Huila en 1969, es ganador de varios galardones, entre los que vale resaltar el Concurso Nacional de Poesía “Euclides Jaramillo Arango” (2000), Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia (2001) y Premio Nacional de Poesía Universidad Tecnológica de Bolívar (2005). En su obra poética se encuentran los libros Aniquirona (1998), De regreso a Schuaima (2001), Memorias de Alexander de Brucco (2002), Camino a Rogitama (2010) y La ciudad de las piedras que cantan (2011). Su poesía, abundante en metáforas sugestivas, se funda en los tiempos del mito. Hechos y personajes de la Biblia son astutamente recreados en Memorias de Alexander de Brucco. En otros libros el poeta busca músicas milenarias en pájaros, volcanes y aguas de lluvias, ríos y mares; músicas que lo llevan a Schuaima, “el reino del gran más allá”, donde el hombre es capaz de vivir plácido, incluso al saberse cercado por la muerte “como el rumor de un río” (159). El tiempo del mito griego se evidencia en Camino a Rogitama, donde los mismos títulos de los poemas anuncian los dioses y héroes: “Hércules”, “Orfeo”, “Apolo”, “Ícaro”, entre otros.


La sección de Hernán Vargascarreño tiene como título “Palabra varia” (p.p. 207-268). Este escritor, nacido en Zapatoca-Santander en 1960 y conocido como traductor, tiene publicados dos atractivos libros de poesía: País íntimo (2003) y Piedra a piedra (2010). En el primero la dedicatoria al cuento “El guardagujas” de Juan José Arreola indica una de las obsesiones temáticas: el tren, no como símbolo del progreso, sino en su condición fantástica. La brevedad de sus textos líricos, eclosivos en sentidos y en miradas filosóficas, juega con el tema del viaje y el retorno, a partir de imágenes sobre el tren de los dioses, el tren del sueño, el tren del deseo, también trenes silenciosos, invisibles, locos y cuerdos. Hay un tren para cada ser y de eso dan cuenta los versos. El tiempo de las digresiones frente a la vida, sus viajes y despedidas, es también parte de Piedra a piedra, libro donde también se da la autoconciencia sobre el poder de las palabras, su condición mágica, su relación con la divinidad y la forma en que “guardan lumbre/ para otros tiempos más aciagos” (p. 239).


Cierra el libro la sección del escritor húngaro Andrés Berger Kiss, bajo el título “Mientras el tiempo sea nuestro”, justamente el nombre que asume la antología total. Este autor, nacido en Szombathely en 1927, ha nutrido su sensibilidad estética a partir de sus viajes (los primeros forzosos por la condición judaica de su línea paterna). Transitó por Colombia, Estados Unidos y otras geografías. Aparte de su labor como cuentista y novelista ha publicado los libros de poesía Voces de la tierra (1995, bilingüe, Voices from the Earth) y Mis tres patrias (2004). Esa condición judaica -donde son fundamentales la memoria, el exilio y el libro como morada- hace que su creación estética juegue con lo autobiográfico. El tiempo de la memoria no es sólo el de la evocación de la geografía colombiana y su infancia placentera en Medellín, sino también el de la rememoración dolorosa de la locura de su hermano internado en Sibaté-Colombia (“Un poema para Piter”) y el de los miedos y mutilaciones -de tierra, familia y afectos- a que se vieron sometidos sus padres, abuelos y allegados que abandonaron sus hogares por las cualidades de su sangre (a diferencia de los 17 miembros de su familia que sucumbieron ante los nazis durante el Holocausto). Esos poemas signados por la rememoración dolorosa son de buena factura poética por la mesura y poder sugestivo del verso al abordar realidades crudas sin caer en tonos quejumbrosos, así como se descubre en sus poemas “En el tren del exilio” y “El día que comenzó nuestro exilio”, donde se refiere que “el pueblo sin brújula ya iba por caminos inciertos” (p. 276).
Libro reseñado

Mientras el tiempo sea nuestro, antología poética. Lilia Gutiérrez Riveros, Nelson Romero Guzmán, Winston Morales Chavarro y Andrés Berger Kiss. Bogotá-Santa Marta, Colombia: Ediciones Exilio, 339 páginas.


POÉTICAS DEL OCULTISMO



Poéticas del ocultismo-Winston Morales Chavarro

Por Javier Morantes

La tradición enseña cómo en sus orígenes,  cuando no había una línea divisoria tan marcada entre las formas de conocimiento,  la poesía y la filosofía se vertían en un cauce común, siendo el Poema del Ser de Parménides uno de los ejemplos más claros de esta conjunción; se evidencia con ello el carácter inquiridor de la poesía,  el ser una creación mediante la cual el hombre aborda diversos saberes e intuiciones sobre el mundo, tanto de lo que puede palpar como de aquello que escapa a las posibilidades de su experiencia. 

El libro que nos ofrece Winston Morales Chavarro, Poéticas del Ocultismo, aborda una esfera particular de esa relación entre la poesía y el conocer, en la cual, más que nunca, se acentúa el carácter místico del Vate, del iniciado que tiene acceso al lenguaje cifrado que subyace a las grandes creaciones del espíritu, y al que recurre igualmente cuando se aboca a la realización de su propia obra. 

Llama la atención el autor sobre estas grandes creaciones, e indica que son susceptibles de otro tipo de lectura, de una sublectura,  en el sentido de ser una lectura subterránea, hermética, pero en la cual es posible identificar las marcas que la unen a una vasta tradición del conocimiento de lo oculto.  

Tal es la labor que se emprende en el presente ensayo, donde el autor aborda la obra de cuatro eminentes creadores de la América Andina: el venezolano José Antonio Ramos Sucre, el colombiano Carlos Obregón, el ecuatoriano César Dávila Andrade y el boliviano Jaime Sáenz Guzmán, quienes, a la manera de vasos comunicantes, son receptores de un mismo conocimiento vital, al cual dan forma y expresión de acuerdo a las características únicas e irrepetibles de su vivencia del mismo.   

Cuatro creadores que en su trasiego entre vida y obra, -aunque resulte osado separar una de otra, se vieron poderosamente atraídos por la concepción y la posibilidad de la muerte, a tal punto que tres de ellos consumaron en sí mismos este último destino por ellos elegido, dejando tras de sí un legado que día tras día empieza a reconocerse en todo su valor.

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